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El estado como ente innecesario

 

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Desde el punto de vista científico, sólo desde el equivocado paradigma del equilibrio puede llegar a pensarse que exista una categoría de “bienes públicos” en los que, por darse los requisitos de oferta conjunta y no rivalidad en el consumo, se justificaría prima facie la existencia de una agencia monopolista de la coacción institucional (Estado) que obligara a todos a financiarlos.

 

Sin embargo, la concepción dinámica del orden espontáneo impulsado por la función empresarial que ha desarrollado la Escuela Austriaca de Economía ha echado por tierra toda esta teoría justificativa del Estado: siempre que surge una situación (aparente o real) de “bien público” —i. e. de oferta conjunta y no rivalidad en el consumo—, surgen los incentivos necesarios para que el ímpetu de la creatividad empresarial la supere, mediante las innovaciones tecnológicas, jurídicas, y los descubrimientos empresariales que hacen posible la solución de cualesquiera problemas que pudieran plantearse (siempre y cuando el recurso no sea declarado “público” y se permita el libre ejercicio de la función empresarial y la concomitante apropiación privada de los resultados de cada acto de creatividad empresarial). Así, por ejemplo, el sistema de faros marítimos fue durante mucho tiempo de titularidad y financiación privada en el Reino Unido, lográndose por procedimientos privados (asociaciones de navegantes, precios portuarios, control social espontáneo, etc.) solventar el “problema” de lo que se considera en los libros de texto de economía “estatistas” el caso más típico de “bien público”. Igualmente, en el lejano oeste norteamericano se planteó el problema de la definición y defensa del derecho de propiedad de, por ejemplo, las reses de ganado en amplísimas extensiones de tierra, introduciéndose paulatinamente diversas innovaciones empresariales (“marcaje” de las reses, vigilancia continua por cowboys a caballo armados, y, finalmente, el descubrimiento e introducción del alambre de espino que, por primera vez, permitió la separación efectiva de grandes extensiones de tierra a un precio muy asequible) que solucionaron los problemas conforme se iban planteando. Todo este flujo creativo de innovaciones empresariales se habría bloqueado por completo si los recursos hubieran sido declarados “públicos”, excluidos de la propiedad privada y gestionados burocráticamente por una agencia estatal. (Y así, hoy en día, por ejemplo, la mayoría de calles y carreteras están cerradas a la introducción de innumerables innovaciones empresariales —como el cobro de precio por vehículo y hora, la gestión privada de la seguridad, de la polución acústica, etc.— y ello a pesar de que la mayoría ya no plantean problema tecnológico alguno, pues dichos bienes han sido declarados “públicos”, imposibilitándose así su privatización y gestión creativa empresarial).

 

Además, a nivel popular se piensa que el Estado es necesario, porque se confunde la existencia del mismo (innecesaria) con el carácter imprescindible de muchos de los servicios y recursos que hoy (malamente) oferta (casi siempre so pretexto de su carácter público) con carácter exclusivo. Los seres humanos observan que hoy en día las carreteras, los hospitales, las escuelas, el orden público, etc. etc., son proporcionados en gran (sino en exclusiva) medida por el Estado y, como son muy necesarios, concluyen sin más análisis que el Estado es también imprescindible. No se dan cuenta de que los recursos citados pueden producirse con mucha más calidad y de forma más eficiente, barata, y conforme con las cambiantes y variadas necesidades de cada persona, a través del orden espontáneo del mercado, la creatividad empresarial y la propiedad privada. Además, caen en la trampa de creer que el Estado es también necesario para proteger a los indefensos, pobres y desvalidos (sean “pequeños” accionistas, consumidores de a pie, trabajadores, etc.), sin entender que las supuestas medidas de protección sistemáticamente tienen el efecto, como demuestra la teoría económica, de perjudicar en cada caso precisamente a aquellos a los que se dice proteger, por lo que desaparece también una de las más burdas y manidas justificaciones de la existencia del Estado.

 

Decía Rothbard que el conjunto de los bienes y servicios que actualmente proporciona el Estado se dividen, a su vez, en dos subconjuntos: el de aquellos que hay que eliminar y el de aquellos que es preciso privatizar. Es claro que los bienes citados en el párrafo anterior pertenecen al segundo grupo y que la desaparición del Estado, lejos de significar la desaparición de carreteras, hospitales, escuelas, orden público, etc., implicaría su provisión, con más abundancia, calidad y a un precio más asequible (siempre en comparación con el coste real, que vía los impuestos, pagan actualmente los ciudadanos). Además, hay que señalar que los casos históricos de caos institucional y desorden público que puedan señalarse (por ejemplo, en muchas ocasiones durante los años previos y durante la Guerra Civil en la Segunda República española, u hoy en día en amplias zonas de Colombia o en Irak) se deben al vacío de provisión de estos bienes, creado por los propios Estados que ni hacen con un mínimo de eficiencia lo que en teoría deberían hacer según sus propios seguidores, ni dejan hacer al sector privado y empresarial, pues el Estado prefiere el desorden (que, además, parece legitimar su presencia coactiva con más intensidad) a su desmantelamiento y privatización a todos los niveles.

 

Es especialmente importante entender que la definición, adquisición, transmisión, intercambio y defensa de los derechos de propiedad, que articulan e impulsan el proceso social, no requieren una agencia monopolista de la violencia (Estado). Y no sólo no la requieren, sino que, por el contrario, el Estado siempre actúa pisoteando múltiples títulos legítimos de propiedad, defendiéndolos de forma muy deficiente y corrompiendo el comportamiento individual (moral y jurídico) de respeto a los derechos de propiedad privada ajena.

 

El sistema jurídico es la plasmación evolutiva que integra los principios generales del derecho (especialmente de propiedad), compatibles con la naturaleza del ser humano. El derecho, por tanto, no es lo que el Estado decide (democráticamente o no), sino que está ahí, inserto en la naturaleza del ser humano, aunque se descubra y consolide jurisprudencial y, sobre todo, doctrinalmente de forma evolutiva. (En este sentido consideramos que el sistema jurídico de tradición romana y continental, por su carácter más abstracto y doctrinal, es muy superior al sistema anglosajón del common law, que surge de un desproporcionado respaldo del Estado a las decisiones o fallos judiciales que, a través del binding case, introducen en el sistema legal todo tipo de disfunciones, provenientes de las circunstancias e intereses particulares que preponderan en cada proceso). El derecho es evolutivo y consuetudinario y, por tanto, previo al Estado e independiente del mismo, y no requiere para su definición y descubrimiento de ninguna agencia monopolista de la coacción.

 

Y el Estado no sólo no es preciso para definir el derecho; tampoco lo es para hacerlo valer y defenderlo. Esto debe resultar especialmente obvio en los tiempos actuales, en los que el uso —incluso, paradójicamente, por muchos organismos gubernamentales— de empresas de seguridad privadas está a la orden del día.

 

No puede pretenderse que expongamos aquí con detalle cómo funcionaría la provisión privada de los que hoy se consideran como “bienes públicos” (aunque el no saber a priori cómo solucionaría el mercado infinidad de problemas concretos es la objeción ingenua y fácil de aquellos que prefieren el statu quo actual, so pretexto de que “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”). De hecho, no pueden conocerse hoy las soluciones empresariales que un ejército de emprendedores daría a los problemas planteados —si se les dejase hacerlo—. Pero lo que hasta los más escépticos han de reconocer es que “lo que hoy ya se sabe” es que el mercado, impulsado por la empresarialidad creativa, funciona, y precisamente lo hace en la medida en que el Estado no interviene coactivamente en su proceso social; y que las dificultades y conflictos siempre surgen precisamente allí donde no se deja que se desarrolle libremente el orden espontáneo del mercado. Por eso, los teóricos de la libertad (y con independencia del esfuerzo realizado desde Gustav de Molinari hasta hoy, imaginando cómo funcionaría la red anarcocapitalista de agencias privadas de seguridad y defensa, patrocinadoras cada una de ellas de sistemas jurídicos más o menos marginalmente alternativos) nunca deben olvidar que precisamente lo que nos impide conocer cómo sería un futuro sin Estado (el carácter creativo de la función empresarial) es lo que nos da la tranquilidad de saber que cualquier problema tenderá a ser superado, al dedicarse a su solución todo el esfuerzo y la creatividad de los seres humanos implicados. Ahora bien, gracias a la ciencia económica no sólo sabemos que el mercado funciona, sino también que el estatismo es teóricamente imposible.

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100 años de intrusiones – Jeffrey Tucker

Privacidad

Imagina un tiempo en que el gobierno no sabía nada sobre el dinero que tenías en el banco. No le importaba la cantidad de dinero que habías hecho, dónde lo hiciste, y qué hacías con el. Podías convertir tus ganancias en oro, plata, papel, o cualquier otra cosa, y nunca presentar una hoja al gobierno.

Cómo te ganabas la vida no era asunto de la clase política. Por lo demás, tu cuenta bancaria podía estar bajo un nombre falso y absolutamente a nadie le importaba.

Este era el mundo de hace tan sólo 100 años en los Estados Unidos. Es por eso que se llamaba la “tierra de la libertad”.

En ese entonces, todos los ingresos federales -pequeños para los estándares de hoy en día- provenían de un impuesto sobre los bienes importados. Ese impuesto hizo mucho daño, como todos los impuestos hacen. Sin embargo, el sistema era superior porque tomaba sólo una pequeña parte de la riqueza privada y, lo más importante, no tenía consecuencias para la privacidad de los ciudadanos comunes.

La razón para este cambio dramático es bastante simple. Ahora tenemos un impuesto sobre la renta. El gobierno determina cómo se te paga y lo que puedes hacer con tu dinero, y gasta enormes recursos haciendo este seguimiento. El gobierno quiere su parte. Por lo tanto, no tienes derecho a ganar dinero sin “apoquinar” antes.

La intrusión en nuestras cuentas bancarias fue sólo el comienzo. A lo largo de estos 100 años, todo cambió. El gobierno puede espiar nuestros correos electrónicos y llamadas de teléfonos móviles, confiscar casas y automóviles sin procedimientos legales, e incluso enviar aviones-drones sobre nuestras casas y matarnos legalmente. Estamos totalmente poseídos. Es un mundo que nadie de finales del siglo 19 en América podría reconocer.

Esta situación ha alarmado y confundido a muchas personas. Seguro que hay maneras en que podemos proteger nuestra privacidad. Seguro que hay maneras de proteger nuestras libertades de estas intrusiones. Para ello, las personas que no entienden completamente la tecnología digital a menudo reaccionan de manera que son contraproducentes. Ellos deciden mantenerse alejados de todas las redes sociales. Ellos no tienen una cuenta de Facebook, no envían Tweets, no tienen LinkedIn, y algunas personas ni siquiera utilizan una tarjeta de crédito.

Estas mismas personas van en contra de las empresas privadas digitales que recopilan datos sobre nosotros. No utilizan las tarjetas de compra en los supermercados. Denuncian a Amazon por rastrear las compras. Se asustan cuando Gmail le muestra anuncios en función de los temas tratados en el mensaje del email. Se imaginan que todo esto son síntomas de una época en que la privacidad ha sido vencida por el régimen.

Puedo entender esta reacción, pero esta es la verdad del asunto. Todos estos comportamientos son el equivalente digital a excavar un gran agujero en el suelo y saltar en él. Esto no te protegerá contra las intrusiones por parte del Estado. De hecho, este enfoque de protección de ti mismo, incluso puede tener el efecto contrario y hacerte más vulnerable que nunca.

Hay un mundo de diferencia entre un gobierno que está espiando en tu cuenta bancaria y una tienda online que realiza un seguimiento de tus hábitos de compra con la esperanza de venderte más cosas que te gustan. Las acciones del gobierno son una amenaza a tus derechos humanos. Las acciones de la empresa privada, en última instancia, están diseñadas para brindarle un mejor servicio.

Tomo lo que parece ser una visión contraria a la intuición de cómo protegerse en una época donde el espionaje por parte del gobierno está en todas partes. La solución no consiste en ocultarse sino todo lo contrario: ser una persona pública. Abraza los medios sociales. No tengas miedo de tener tu nombre en Internet. De hecho, cuanto más conocido en el mundo digital eres, más protección realmente tendrás y más probabilidades de que te salgan defensores si te encuentras mezclado con algún asunto del Estado policial.

Llegará un momento en que esta red puede salvarte la vida. Acabas sin trabajo y necesitas esa cuenta de LinkedIn de inmediato. Podría encontrarte que te llevan a la cárcel y sólo tienes unos minutos para publicar ese Tweet o actualización de estado. Puedes encontrarte atrapado en una zona de alta criminalidad y necesitas ayuda; entonces es cuando esa actualización de Foursquare puede significar la vida o la muerte.

Por otro lado, la oscuridad es algo que el gobierno ama. Si te quedas atrapado en el sistema de justicia penal, no existe una red allí fuera que te anime, reúna en tu nombre, y te proporcione ayuda legal. Si la detención o el problema al que te enfrentas, se basa en papeles, no existe un perfil público que contradiga las afirmaciones del gobierno.

Fue muy interesante que después de la masacre de Sandy Hook, la misma oscuridad en Internet del asesino ayudó a condenarlo. La gente hoy en día imagina que una persona que está en la clandestinidad digital es una persona muy sospechosa y que probablemente haya hecho algo malo. Esta es la peor manera de comenzar un enredo con el gobierno.

Por otro lado, puedes utilizar los medios sociales como una manera de dar forma a tu personalidad profesional y social para tu propio beneficio. Es una manera de tomar el control. Y en cuanto a las cookies de seguimiento que los sitios comerciales en Internet ponen en tu navegador, esta es una distracción del problema real. Amazon y Google no quieren enviarte aviones-drones a tu casa. Quieren participar en el comportamiento, totalmente libre de amenaza, de tratar de venderte cosas. No hay nada en este deseo que represente una amenaza para tu bienestar.

Sin duda, se necesita un cierto grado de sofisticación para usar Internet de una manera que ayude, más que haga daño, a tu reputación profesional y perspectivas de vida. En general, la regla se aplica siempre y en todo: no publiques nada que no quieras que todo el mundo lea ahora y para siempre. Lo mismo es válido para el correo electrónico. Probablemente no hay ningún lugar de la comunicación menos seguro que el correo electrónico.

En los primeros años de Internet, pensé que la demanda pública de privacidad condenaría los intentos de crear redes sociales públicas. Nadie quiere que todos sus pensamientos y su paradero actual sea transmitido al mundo. En la teoría, yo estaba completamente equivocado. De hecho, lo contrario es cierto. Un gran número de personas se mueren por tener atención donde quiera que puedan conseguirla. Esto es particularmente cierto para los jóvenes que están acostumbrados a vivir vidas públicas desde una edad temprana.

Algunas personas tienen dificultades para comprender este hecho crucial. En su mayor parte, las intrusiones de privacidad aparentes de las empresas privadas en Internet son para mantener los deseos de los consumidores. Y esto no es algo que la mayoría de la gente tenga que preocuparse por ello. La empresa privada no es la amenaza. El gobierno es la amenaza.

Sin duda, las empresas privadas han demostrado estar dispuestas a cooperar con las agencias gubernamentales cuando se les pide que lo hagan o se les fuerza a hacerlo. Esto es verdaderamente horrible. En el balance, sin embargo, mantenerse alejado de los medios digitales no ayuda a mantener ninguna libertad o intimidad. El mejor enfoque consiste en navegar mediante la configuración de privacidad de tu navegador. Si entras a sitios web sospechosos, utiliza un dispositivo que oculte tu IP como Tor (que puedes descargar fácilmente).

El problema de la privacidad es un problema del gobierno. Se trata de un problema de política. Así que mientras tengamos un monopolio del dinero por parte del gobierno y un impuesto sobre la renta, nuestros derechos están siendo violados. El espionaje, las confiscaciones y los aviones-drones son sólo la operación de barrido. Son los políticos y los burócratas, no las puntocom ni los CEOs, los que son el verdadero enemigo.

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¿El fin de la izquierda latinoamericana? – Alvaro Vargas Llosa

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La condición exacta de Hugo Chávez sigue siendo el acertijo churchilliano envuelto en un misterio dentro de un enigma. El presidente venezolano, que ganó su tercera reelección en octubre pasado y ha estado hospitalizado en Cuba durante varias semanas con cáncer, se perdió su propia ceremonia de investidura en enero. En su ausencia, el vicepresidente Nicolás Maduro, el sucesor de Chávez designado a dedo, ha quedado a cargo del gobierno por tiempo indefinido. Pero Maduro no es Chávez; carece tanto del carisma como de la base de poder del combustible gobernante de Venezuela. Y esto no entraña sólo un problema académico en Caracas: el interrogante que atormenta a la extrema izquierda latinoamericana, a la que Chávez ha dominado en la última década, es quién tomará su lugar.

En el ascenso de la izquierda política en América Latina durante la última década, Chávez ha ocupado un lugar preponderante. Políticos como Evo Morales, Rafael Correa y Cristina Fernández de Kirchner tienen una enorme deuda de gratitud con Chávez por haber impulsado la nueva oleada populismo, la versión latinoamericana del socialismo. La enfermedad de Chávez ha servido para poner de relieve esa deuda. “El tema de salud del hermano Chávez no sólo es una preocupación del pueblo venezolano, sino también de todos los pueblos antiimperialistas del mundo”, expresó Morales en enero hablando detrás de un podio: “Todos somos Chávez”. Pero el carisma y el malévolo genio político de Chávez no explican por qué ha sido capaz de lograr tanta influencia regional. A través de un astuto uso de los petrodólares, los subsidios a los aliados políticos e inversiones políticas oportunas, Chávez ha asegurado su revolución bolivariana con dinero en efectivo…y a montones. Pero esa eficaz constelación de dinero y demagogia ha quedado ahora desalineada, dejando un vacío de poder que será difícil de llenar para los herederos políticos de Chávez en el hemisferio.

Varios líderes latinoamericanos desearían sucederlo, pero nadie reúne las condiciones necesarias: la bendición de Cuba, una faltriquera abultada, un país con peso demográfico, político y económico suficiente, un carisma potente, una disposición a asumir riesgos casi ilimitados y suficiente control autocrático como para que él o ella pueda dedicar un tiempo importante a la revolución permanente fuera de casa.

Lo que vaya a ocurrir está en parte en manos de Cuba. En tanto que Cuba ha convertido a Venezuela en su agente de política exterior, los hermanos Castro necesitan que Caracas siga siendo la capital del movimiento para conservar alguna vitalidad. Al tiempo que Cuba depende de los cerca de 100.000 barriles de petróleo fuertemente subsidiados que el régimen de Chávez le suministra todos los días, la nación isleña tiene un control sobre el aparato de inteligencia y los programas sociales de Venezuela. El propio Chávez reconoció el año pasado que hay cerca de 45.000 “trabajadores” cubanos manejando muchos de sus programas, aunque otras fuentes hablan de un número bastante mayor. Esta fuerte conexión permite a Cuba ejercer una influencia indirecta sobre varios países de la región. La influencia de Caracas en América Latina proviene de Petrocaribe, un mecanismo para ayudar a los países del Caribe y Centroamérica a comprar petróleo barato, y el ALBA, una alianza ideológica que promueve el “socialismo del siglo 21”. La combinación de los dos da Caracas, y por lo tanto a La Habana, cierta autoridad sobre las políticas de otros 17 países.

¿Qué significa esto para el futuro de la izquierda? Básicamente que Cuba hará todo lo posible para apuntalar a Maduro. El elegido de Chávez nunca será una figura venerada —sus talentos como político son deslucidos— pero con el apoyo de La Habana y el control del dinero canalizado a los líderes de la región conservará algo del manejo de Chávez. En los últimos meses, él y lo que podríamos llamar el núcleo civil del gobierno venezolano han tenido una presencia constante en La Habana, donde han dependido umbilicalmente de la información proporcionada por Cuba acerca del estado real de Chávez. Este cogollo se compone principalmente de Rosa Virginia, la hija mayor de Chávez, su esposo Jorge Arreaza, quien también es ministro, Cilia Flores, esposa de Maduro y procuradora general de la república y, por último, Rafael Ramírez, el director del gigante petrolero PDVSA.

Maduro ha efectuado la mayor parte de sus anuncios políticos clave desde La Habana, a menudo flanqueado por algunas de estas personas para consolidar su legitimidad dentro de las fuerzas armadas venezolanas, donde tiene rivales, y por supuesto, de la izquierda latinoamericana a gran escala. Por el momento, parece haber funcionado: la izquierda de la región le prestó diligente apoyo a través de diversos organismos regionales cuando la oposición denunció los arreglos que lo han convertido en un presidente en funciones por tiempo indefinido. En una declaración publicada por el Secretario General José Miguel Insulza, la Organización de los Estados Americanos apoyó los arreglos constitucionales en Venezuela a raíz de la ausencia de Chávez, provocando la ira de los MUD, la oposición unida.

En todo esto la clave está en el dinero a disposición de Maduro. Las ventas de la petrolera PDVSA, la vaca lechera estatal que proporciona dinero al régimen,sumaron 124,7 mil millones de dólares en 2011, de los cuales una quinta parte fue al Estado en forma de impuestos y regalías, y otra cuarta parte se destinó directamente a una panoplia de programas sociales. Este tipo de gestión produce pésimas finanzas, razón por la cual la empresa precisa recurrir al endeudamiento para financiar sus gastos básicos de capital, y hiere la productividad, pero sigue siendo crucial para el régimen y la izquierda latinoamericana. El financiamiento de los programas sociales en el país y los envíos de petróleo subsidiado al extranjero, así como la entrega de dinero a varias entidades foráneas, son en buena parte lo que hace de Caracas el epicentro de la izquierda. En consecuencia, el apoyo que Maduro disfruta de Cuba y el dinero con que cuenta compensan su falta de liderazgo.

Aunque la debacle económica de Venezuela ha tenido un efecto debilitante sobre el sistema antes descrito, al igual que la mala salud de Chávez, China ha ayudado a mitigar el impacto. El Banco de Desarrollo de China y el Banco Industrial y Comercial de China han prestado a Caracas 38 mil millones de dólares para financiar algunos programas sociales, un poco de gasto en infraestructura, y compras de productos y servicios chinos. Otros 40 mil millones han sido prometidos para financiar parte de los gastos de capital necesarios para mantener el flujo de petróleo comprometido con Beijing. El oxígeno proporcionado por Beijing otorga a Caracas cierta capacidad para engrasar la maquinaria regional a pesar de la crisis interna.

No obstante el apoyo de Cuba a Maduro y el dinero del petróleo, seguirá habiendo una especie de vacío en la cima de la izquierda latinoamericana después que el vicepresidente le tome la posta a Chávez de manera permanente (suponiendo que sea capaz de consolidar su propio poder internamente y defenderse de sus rivales militares). Otros líderes latinoamericanos verán claramente un vacío por lo menos para ampliar su papel si no pueden liderar del todo a la izquierda.

Kirchner, en la Argentina, ya está tratando. A medida que se ha radicalizado aún más en respuesta a una aguda crisis económica en su país y el surgimiento de una oposición tanto dentro de las filas de su partido como entre la vasta clase media, se ha apartado del peronismo tradicional en la búsqueda de un rol latinoamericano importante. En el último año, ha hecho del reclamo de su país sobre las Islas Malvinas, actualmente bajo control británico, un punto central de su política exterior, obteniendo un apoyo explícito en el Mercosur (el mercado común sudamericano) y UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas). Hasta hace poco, limitaba su relación con Caracas a los negocios y los gestos ocasionales, más que a la ideología (Buenos Aires vendió bonos soberanos a Caracas hace unos años y más tarde pudo importar combustible de forma barata y suscribir acuerdos comerciales). Ahora también realiza viajes a La Habana y ha alzado su voz para denunciar a los sospechosos habituales del imperialismo: ciertas democracias liberales, los inversionistas extranjeros, los tribunales internacionales y el FMI. Adoptando este tono, espera aglutinar a la base en un momento difícil. Por ahora está impedida de buscar la reelección en 2015, pero está tratando de modificar la Constitución para que le permita postularse a otro mandato, decisión que llevaría un sello chavista.

Existen, sin embargo, límites a su potencial papel como líder de la izquierda latinoamericana. El más importante es el económico. El modelo estatista y populista argentino está actualmente en bancarrota. El crecimiento económico fue mínimo en 2012, un año que también vio una inflación récord y la ampliación de los controles de capital a fin de evitar una fuga de dólares. Este no sería un obstáculo político insuperable si no fuera por el hecho de que la mayoría de los argentinos actualmente se le opone—su índice de aprobación ha caído al 30 por ciento—y de que su propio partido está fracturado. Una cosa es luchar contra la “derecha fascista” como jefa de un frente peronista unido, pero muy diferente es que Kirchner sea denunciada más estridentemente por su base izquierdista que por la centro-derecha. Aparte del hecho de carecer de los fondos para financiar la revolución regional—no obstante que maneja la mayor economía populista de América Latina—, Kirchner no puede darse el lujo de dedicar su atención a los asuntos extranjeros. Por último, pero no es lo menos importante, la Argentina es un país demasiado grande y demasiado orgulloso para aceptar la casi subordinación a Cuba, una condición clave para liderar a los rebeldes de América Latina.

¿Y por qué no Morales, en Bolivia? Dado el simbolismo de sus raíces indígenas, parece un posible candidato de fuerza. Pero se encuentra geográficamente muy lejos de La Habana: las constantes peregrinaciones de Chávez a Cuba serían difíciles de replicar para Morales. También tiene crecientes problemas en casa, donde su base social y política está ahora amargamente dividida. A diferencia de Chávez, que ha sido capaz de agrupar a sus distintos partidarios bajo un paraguas socialista, el partido de Morales, el MAS, ha quedado aislado de la miríada de movimientos sociales que alguna vez lo apoyaron y ahora afirman que no está cumpliendo con las promesas de justicia social. Sus principales peleas no han sido con la derecha sino con estas organizaciones, las cuales han paralizado el país en varias ocasiones.

Al igual que otros populistas, Morales tiene algo de dinero a su disposición a través de la venta de recursos naturales. Pero la inversión privada es muy pequeña en Bolivia y Morales ha duplicado la proporción de la economía que está directamente bajo el control del gobierno. Como necesita destinar recursos a programas económicos populistas para mantener a sus enemigos a raya, Morales no puede financiar aventuras en el extranjero. De hecho, su necesidad de efectivo está obligándolo a cobrar a Kirchner, una aliada cercana, cerca de cuatro veces más por el gas natural de Bolivia que la tarifa vigente en la propia región productora de gas de Argentina, la cuenca de Neuquén. Por último, la economía de Bolivia es muy pequeña: representa apenas el 8 por ciento de la de Venezuela.

Correa, quien como presidente de Ecuador dirige un país productor de petróleo, es otra posibilidad. Sin duda tiene la ambición y es el macho alfa intelectual de la manada. Su inevitable reelección de este mes le dará un renovado vigor. Pero su país produce cinco veces menos petróleo que Venezuela y, con una economía con menos de una quinta parte del tamaño de la de aquel país, no está en posición de ejercer el liderazgo a nivel regional. Después de triplicar el gasto del gobierno desde que llegó al poder en 2007, las arcas de Correa enfrentanun déficit fiscal del 7,7 por ciento del PIB. Por haber suspendido pagos de la deuda nacional en 2008, el Ecuador no puede acceder a los mercados de capitales. Si no fuera por los más de 7 mil millones de dólares del salvavidas que China ha arrojado a Correa en pagos adelantados por petróleo y créditos, la situación financiera del país sería nefasta. Dado que el 80 por ciento de las exportaciones petroleras de Ecuador han sido prendados como garantía por estos préstamos, Correa no podría en ningún caso subsidiar a otros países.

Eso deja a Brasil, el país latinoamericano más poderoso y un símbolo de la moderación ideológica, como factor potencialmente clave para el destino de la izquierda latinoamericana. Si lo quisiera, claro. Pero hasta ahora Brasil ha cedido a Chávez de manera deliberada el espacio para desempeñar un rol desproporcionado en el vecindario. Dado que el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva tenía raíces marxistas y una base radical a la que agradar, compensó sus políticas internas responsables tolerando y, a veces alentando, el liderazgo de Chávez en la izquierda regional. En política exterior, Lula prefirió dedicar su tiempo a cimentar las relaciones con los otros países del grupo BRIC y recoger aliados en África, en parte con el fin de recabar apoyos para un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. El resto lo empleó haciendo arrumacos a los adversarios de los Estados Unidos, incluyendo Irán, y proponiendo soluciones a la cuestión israelí-palestina (una iniciativa para la cual se asoció con Turquía).

Dilma Rousseff, la actual presidenta brasileña y heredera política de Lula, ha moderado la política exterior de su país pero es consciente del hecho de que su dominante predecesor y la base partidaria desean relaciones estrechas con la izquierda. Esta es una razón importante para haber mantenido a Marco Aurélio García, un hombre conectado umbilicalmente con los populistas regionales, como asesor de política exterior.

Pero Dilma no está personalmente interesada en liderar a la izquierda de América Latina. La principal herramienta económica de su país en América Latina, el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), financia mayormente a empresas nacionales que invierten en la región y no a otros gobiernos, y sus desembolsos en América Latina sumaron tan sólo 1.000 millones de dólares el año pasado. Una iniciativa para integrar la infraestructura en América del Sur liderada por Brasil, conocida como IIRSA, carece de una impronta política o ideológica. Dilma se enfrenta también a un desafío económico del que Lula se libró. El crecimiento se ha estancado (apenas 1 por ciento el año pasado), lo que ha dado pie a una seria introspección acerca de por qué la estrella emergente de la última década se enfrenta ahora a la perspectiva de un futuro mediocre si no se emprenden nuevas reformas.

Todo esto apunta a que la relación Cuba-Venezuela sigue desempeñando un papel fundamental a través de Maduro. Dicho esto, Maduro tendrá una capacidad mucho menor para proyectar influencia que cuando Chávez estaba al timón. Es de suponer que el vacío parcialmente dejado por Chávez dará pie a una puja entre diversas fuerzas por un papel más importante, incluyendo a Kirchner como la peronista radicalizada que maneja la mayor economía populista, mientras Morales y Correa, así como el nicaragüense Daniel Ortega, tratan de llaman la atención sin el peso necesario para mandar de verdad . Brasil arbitrará entre estos izquierdistas y esperará a ver lo que surge antes de jugarse por alguien.

Si ningún líder viable hereda el manto de Chávez, el futuro augura mucho desorden para la izquierda latinoamericana. Temerosa de que esto pueda significar el fin del movimiento, no existe más que un milagro al que la izquierda puede aferrarse: que Chávez encuentre la manera de levantarse de su lecho de muerte en La Habana.

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El origen del impuesto de la renta – Adam Young

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“Las libertades conseguidas por los americanos en 1776 se perdieron en la revolución de 1913”, escribía Frank Chodorov. De hecho, la casa de un hombre solía ser su castillo. Sin embargo, el impuesto de la renta daba al gobierno las llaves de todas las puertas y el derecho único a cambiar las cerraduras.

Hoy el pueblo estadounidense ya no es el amo y el gobierno ha dejado de ser el sirviente. ¿Cómo pudo ser? La Revolución realizada en nombre de los derechos naturales a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad prometían entronizar las ganancias del individualismo. Por el contrario, los impuestos federales sobornan a estados e individuos para servir a los intereses de una sumisión cada vez mayor a la voluntad centralizada.

¿Cómo llegó la esclavitud de los impuestos a la tierra de los libres?

1812

La primera propuesta para fijar un impuesto de la renta en Estados Unidos se produjo durante la Guerra de 1812. Después de dos años de guerra, el gobierno federal había acumulado la entonces fabulosa cifra de 100 millones de dólares de deuda. Para financiar la guerra contra Gran Bretaña, el gobierno dobló los tipos de su mayor fuente de ingresos, los aranceles a las importaciones, que obstaculizaban el comercio y acababan generando menos ingresos que los tipos antes más bajos. En lo más crudo de la guerra, se fijaron impuestos especiales sobre bienes y productos y se gravaron viviendas, esclavos y tierras. Después de que acabara la guerra en 1816, se abolieron estos impuestos y se aprobó en su lugar un alto arancel para eliminar la deuda de guerra acumulada. Afortunadamente se derrotó la idea de un impuesto de la renta.

Sin embargo, el malévolo espíritu del impuesto de la renta reapareció como medida para financiar los ejércitos de la Unión para impedir la secesión de la Confederación. La guerra fue cara, costando de media 1.750.000$ diarios.[1] En su lucha por atender estos gastos, el Congreso Republicano pidió mucho prestado, dobló los tipos de los aranceles (el Arancel Morrill provocó inicialmente la secesión del sur profundo), vendió terrenos públicos, impuso un montón de tasas de licencia, aumentó los viejos impuestos especiales y creó otros nuevos. Pero nada de esto era bastante.

1861

En julio de 1861 el Congreso aprobó un impuesto del 3% a toda renta por encima de los 600$ anuales (unos 10.000$ actuales). Sin embargo, no se recaudó nunca nada porque se aprobó un segundo impuesto antes de aplicar el primero (el 30 de junio de 1862). La demanda de recursos de la guerra hacía ineficaz el primer impuesto y la venta de bonos no podía sostener los gastos de la administración y los ejércitos. En marzo, el Congreso aprobó un impuesto de la renta de un 3% sobre rentas anuales de 600$ a 10.000$ y del 5% en rentas de 10.000$ a 50.000$ y también creaba un pequeño impuesto de sucesiones. Lincoln aprobó la propuesta el 1 de julio de 1862 para aplicarla un mes más tarde. Entonces la deuda de la Unión era de 505 millones de dólares.[2] Este impuesto incluía asimismo la primera aparición de las retenciones y se aplicó a salarios federales y a intereses y dividendos.[3]

El Congreso aprobó en 1863 un impuesto especial del 5% en rentas por encima de 600$ para pagar un programa de reclutamiento que pagara 2$ por recluta y abonando la paga del primer mes por adelantado.[4]

A mediados de 1864, se volvieron a subir los tipos. El impuesto del 3% sobre rentas por encima del 5% aumentó al 5%, se introdujo un nuevo tipo del 7,5% en rentas por encima de los 5.000$ y el viejo tipo de 5% en rentas por encima de los 10.000$ se aumentó al 10%. También se aumentó el impuesto sobre intereses y dividendos del 3% al 5%.

Y por primera vez, con los cambios, los estadounidenses tuvieron que jurar la veracidad de sus declaraciones y los asesores del gobierno pudieron discutir una declaración. La multa por no rellenar una declaración fue igualmente doblada al 10%.[5]

Al principio, el impuesto de la renta recaudaba pocos ingresos comparativamente en relación con la demanda de la guerra. Recaudando solo 2,7 millones de dólares en 1862-63, al año siguiente el impuesto saltó a 20,2 millones. Y creyendo que mucha gente de altas rentas estaba eludiendo al recaudador, el Congreso aumento los tipos sobre rentas por encima de 5.000$ al 10% y dio a los asesores el poder de estimar rentas y aumentar las multas por incumplimiento, desde multas del 25% al doble de ello por hacer declaraciones fraudulentas. En 1866 el 30% de los ingresos federales provenían del impuesto de la renta totalizando 73 millones de dólares y recaudados principalmente en solo tres estados, Nueva York, Pennsylvania y Massachusetts.

Tratando de aumentar el cumplimiento y la veracidad de las declaraciones, el gobierno llegó a ponerlas a disposición de la prensa. Esta práctica se prohibió en 1870.[6]

La Confederación también experimentó con un impuesto progresivo de la renta y acabó fijando un impuesto en especie que destruyó aún más la economía ya rota y bloqueada del sur.[7]

1865

Después de acabar la guerra, se mantuvo el impuesto de la renta para pagar la gigantesca deuda pública, pero se estaba creando resistencia. En 1867, los tipos progresivos fueron reemplazados por un tipo único del 5% a todas las rentas por encima de los 1000$ anuales. Sin embargo, la multa por no declarar aumentó al 50% y la fecha de pago se trasladó del 30 de junio al 30 de abril.[8]

Este impuesto de la renta expiró en 1870 y fue reemplazado con un impuesto del 2,5% a rentas por encima de los 2.000$. Finalmente cuando expiró la ley en 1872, Estados Unidos estaba de nuevo sin impuesto de la renta.

En los años de posguerra, una economía en auge produjo superávits arancelarios durante décadas, pero esto no impidió muchos intentos de reinstaurar un impuesto de la renta, con miembros del Congreso presentando sesenta y ocho propuestas para hacerlo entre 1874 y 1894.

1894

En medio del pánico de 1893, se aprobó una enmienda estableciendo un impuesto del 2% a todas las rentas por encima de los 4.000$ anuales (unos 50.000$ actuales), pero exceptuaba los salarios de cargos estatales y locales, jueces federales y el presidente.

El senador demócrata David Hill, de Nueva York, lamentaba: “Puede ser impracticable que nuestro experimentos distintivamente estadounidense de libertad individual deba continuar”.[9]

El presidente Cleveland se oponía al impuesto de la renta, pero dejó que se convirtiera en ley sin su firma, creyéndolo inconstitucional. En 1895 el Tribunal Supremo sentenció 5-4 contra el impuesto de la renta, diciendo que sus provisiones equivalían a un impuesto directo, que estaba prohibido por la Constitución de EEUU.[10]

El artículo I, secciones 8 y 9 declara que los impuestos directos deben distribuirse entre los estados de acuerdo con el censo. La Decimosexta Enmienda estaba pensada para eludir este problema.

1895-1909

Aparte de un intento de crear un impuesto de la renta para pagar la guerra hispano-estadounidense, el impuesto de la renta desapareció como tema importante. Sin embargo, el Partido Demócrata, dando la espalda a su herencia jeffersoniana, apoyó una enmienda constitucional sobre el impuesto de la renta en sus programas de partido en 1896 y 1908.[11]

En 1908 Theodore Roosevelt apoyó tanto un impuesto de la renta como un impuesto de sucesiones, convirtiéndose en el primer presidente de Estados Unidos en proponer abiertamente que el poder político del gobierno se utilizara para redistribuir riqueza.

Entretanto facciones dentro del Congreso creaban una enmienda de compromiso y en 1909 el presidente Taft, del que se sabía que era favorable a un impuesto de la renta, si no necesariamente de una enmienda, declaraba que aunque la ratificación podría ser difícil, se había “convencido de que una gran mayoría del pueblo de este país está a favor de conceder al Gobierno Nacional el poder de recaudar un impuesto de la renta”.[12]

Ese mismo año se aprobó abrumadoramente en el Congreso la enmienda del impuesto de la renta y fue enviada a los estados. El último estado ratificó la enmienda el 13 de febrero de 1913. ElSpringfield Republican informaba: “La Decimosexta Enmienda debe su existencia principalmente al oeste y el sur, donde las rentas individuales de 5.000$ o más son comparativamente pocas”.[13]

1913

Richard E. Byrd, portavoz de la Cámara de Delegados de Virginia, predijo: “una mano de Washington se estirará y se pondrá por encima de todo negocio de un hombre. (…) Duras multas impuestas por tribunales distantes y poco conocidos amenazarán constantemente al contribuyente. Un ejército de funcionarios federales, espías y detectives descenderá sobre el estado”.[14] Pandora había abierto la caja.

Las elecciones presidenciales de 1912 serían disputadas por tres defensores del impuesto de la renta. El ganador, Woodrow Wilson, después de la ratificación de la Decimosexta Enmienda, convocó una sesión especial del Congreso en abril de 1913, que procedió a aprobar un impuesto de la renta del 1% sobre rentas por encima de 3.000$ y aplicaba recargos entre el 2% y el 7% a rentas de 20.000$ a 500.000$. Pocos años después, el Tribunal Supremo besaba y adoraba la progresividad.

El impuesto de la renta volvió como producto de una poco razonable combinación entre intelectuales estatistas con visiones de utopías patrocinadas por el estado, demagogos envidiosos y el deseo de intereses establecidos de gente rica para impedir cualquier competencia a su posición y trasladar los costes de negocios a un estado regulatorio extendido del bienestar.[15]

Al principio los ingresos recaudados por el nuevo impuesto de la renta fueron desalentadores: solo 28 millones de dólares en 1914. Pero luego se aceleró. 41 millones al año siguiente, cuando el tipo máximo era del 7% y casi 68 millones en 1916, cuando se aumentó al 15%.[16] Se acabaría recaudando más de 1.000 millones mediante el impuesto de la renta durante toda la Primera Guerra Mundial, cuando los tipos se aumentaron al 67% en 1917 y el 77% en 1918 e hicieron del odiado impuesto la característica permanente en que se ha convertido hoy.[17]

Después de la guerra, el tipo máximo caería al 73%. En la década de 1920 cayó a un mínimo del 24% en 1929 pero nunca volvió a estar tan bajo como el tipo prebélico del 7% ¿Qué darían hoy los estadounidenses por un tipo del 7%?, se pregunta uno. Hoover y los republicanos aumentaron los tipos al 25% en 1930, luego al 63% en 1932. Bajo el estatismo corporativo del New Deal, los tipos saltaron al 79% en 1936, al 81% en 1940, agotándose finalmente en el 94% en 1944-45.

Los tipos más bajos mostraron el mismo apetito, partiendo de un tipo del 1% en rentas por debajo de 20.000$ en 1915. En 1917 se convirtió en un 2% hasta los 2.000$, luego el 6% hasta 4.000$. En 1941, el tipo más bajo era del 10% en rentas por debajo de 2.000$. En 1945 había saltado al 23%. Hoy es del 10% sobre rentas anuales hasta 7.000$; el 15% en rentas por debajo de 28.000$. El 10% superior de las mayores rentas paga el 60% de todos los ingresos por impuestos. Y la mitad superior paga por encima del 95% de todos los ingresos recaudados por el impuesto federal de la renta.[18] El estadounidense medio trabaja hoy veinte años para e gobierno simplemente para pagar sus impuestos.[19]

En 1943 el gobierno empezó a retener impuestos bajo el consejo de Milton Friedman.[20] Después de acabar la guerra, continuó este método de robo mediante impuestos (y aumentos fiscales).

Hasta 1964 no se rebajaron los tipos máximos, hasta el 77%. En 1982 el tipo máximo se rebajó al 50% y a finales de los ochenta había bajado al 28%.[21] Pero los tipos aumentaron de nuevo al 31% bajo George H.W. Bush y de nuevo en 1993 al 39,6% bajo Clinton. George W. Bush aparentemente sostiene como principio inmutable que ningún estadounidense debería ver gravado más de un tercio de su renta por el gobierno federal. John Kerry, si llega a ser presidente, parece probablemente sugerir que los tipos han de subir al nivel de Clinton.

El impuesto de la renta llegó a ser lo que es durante la Segunda Guerra Mundial, devorando la riqueza y las libertades estadounidenses como una plaga de langosta, hasta llegar a convertirse en el impuesto casi universal que conocemos hoy. En 1940, se rellenaron menos de quince millones de declaraciones de renta. Solo diez años después, en 1950, la cifra sería de cincuenta y tres millones. En 1939 el impuesto de la renta recaudó 1.000 millones de dólares. 16 años después recaudaría 19.000 millones.[22] El estado ha encontrado sus cosechas más fértiles: los contribuyentes de clase media y trabajadora. Como remarcaba el Magistrado Jefe, John Marshall, en verdad “el poder de fijar impuestos incluye el poder de destruir”.

Ajustándolo a la inflación, en los 81 años que van desde la aprobación del impuesto de la renta en 1913 a 1994, el gasto público aumento ¡un 13.592%![23]

El gran crítico del impuesto de la renta, Frank Chodorov, escribió: “Por dondequiera que mires esta enmienda, llegas al hecho de que da al gobierno un derecho prioritario sobre toda propiedad producida por sus súbditos”.[24] El gobierno de Estados Unidos “proclama sin rodeos la doctrina de la riqueza colectivizada. (…) Lo que no se lleve es una concesión”.[25]

Con gran honradez, Frank Chodorov se lamentaba: “Los Estados Unidos ya no son los Estados Unidos de la Declaración de Independencia”.[26]

[1] Emancipating Slaves, Enslaving Free Men: A History of the Civil War, de Jeffrey Rogers Hummel (Open Court, 1996), p. 222.

[2] The Politics and Development of the Federal Income Tax, de John F. Witte (University of Wisconsin Press, 1985), p. 69.

[3] The United States Federal Income Tax History from 1861 to 1871, de Harry Edwin Smith (Houghton Mifflin Co., 1941), pp. 54, 56.

[4] Ibíd. p. 64.

[5] Ibíd. p. 66.

[6] Ibíd. p. 67-68.

[7] Hummel, p. 227.

[8] Smith, pp. 74-75.

[9] “The Sixteenth Amendment: The Historical Background”, de Arthur A. Ekirch, Jr. Cato Journal 1 (Primavera de 1981), p. 168.

[10] Ibíd. pp. 168-169.

[11] Ibíd. pp. 171-172.

[12] Ibíd., p. 173.

[13] Ibíd., p. 178.

[14] Ibíd., p. 177-178.

[15] “The Political Economy of the Origin and Development of the Federal Income Tax”, de Bennett D. Baack y Edward John Ray, en Emergence of Modern Political Economy, ed. Robert Higgs (AI Press, 1985), pp. 127-131.

[16] Ekirch, p. 182.

[17] Ekirch, p. 182.

[18] The Tax Foundation.

[19] Lost Rights: The Destruction of American Liberty, de James Bovard (St. Martin’s Griffin, 1995), p. 289.

[20] “Best of Both Worlds” (entrevista con Milton Friedman), Reason, junio de 1995, p. 33.

[21] Federal Tax Policy, 5ª Ed. Por Joseph A. Pechman (Brookings Institution, 1967), p. 313.

[22] The Internal Revenue Service, de John C. Chrommie (Praeger Publishers, 1970), pp. 21-22.

[23] “Original Intent and the Income Tax”, de Raymond J. Keating (The Freeman, Febrero de1996), p. 71.

[24]  The Income Tax: Root of All Evil, de Frank Chodorov (Devin-Adair, 1954), p. 12.

[25] One Is a Crowd, de Frank Chodorov (Devin-Adair, 1952), p. 154.

[26] The Income Tax: Root of All Evil, de Frank Chodorov (Devin-Adair, 1954), pp. 6, 8.

 Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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La crisis egipcia y la teoría libertaria del conflicto de clases – David S. D’Amato

CrowdDispersalDurante semanas, los egipcios, desde hace tiempo frustrados por décadas de sofocante gobierno autocrático, han tomado las calles. La unidad de sus manifestaciones se ha centrado más en contra que a favor de algo. Las demandas que han surgido de las masas, los preceptivos mensajes por el cambio, han sido muy generales, pidiendo elecciones libres y un gobierno civil y no militar. Ahora que el antiguo presidente Hosni Mubarak finalmente se ha ido de El Cairo, el futuro inmediato de Egipto no es menos incierto.

El centro del descontento popular en Egipto durante años ha sido el hecho de que un pequeño grupo de élites, disfrutando del apoyo del imperio estadounidense, ha dominado la dirección del país. Tanto económica como políticamente, Mubarak y su séquito cercano han tiranizado a la sociedad civil desde una distancia segura, enclaustrados tras las barricadas de políticas autoritarias. Y aunque el destino de Egipto tras estas manifestaciones sigue estando lejos de quedar claro, las lecciones de la teoría austriaca empiezan a cristalizar alrededor de estos acontecimientos.

Las antiguas personas, simbolizadas por Mubarak y reemplazadas por el extendido rechazo, han abdicado del poder, pero el propio poder puede estar aún intacto. Si la quejas de los egipcios dependen de evitar la ascensión de una peque “élite en el poder”, entonces el mensaje de Rothbard, Hayek y Mises aconseja que sus reproches tendrían que dirigirse a instituciones concretas, no a personas concretas. Es el estado el que inflige las ruinosas presunciones de los dictadores y sus subordinados en lo que sería en otro caso un pueblo libre. Siempre que se permita que los instrumentos de poder coactivo del estado suplanten las asociaciones de libre mercado, el resultado será el dominio de unos pocos favorecidos.

Como ha apuntado Roderick Long, la noción de conflicto de clases se considera generalmente como algo con aroma a un cuerpo de investigación impropio de la tradición libertaria, encumbrado con falacias marxistas que particularmente destrizan la economía. Por culpa de esta desafortunada asociación con el marxismo y las ideologías de la coerción, el análisis de clase ha estado ausente por mucho tiempo de las conversaciones libertarias, abandonado a otras escuelas de pensamiento que se han ocupado de él, pero estando generalmente equivocadas sobre la mayoría de las cuestiones centrales. Pero en lugares como Egipto, sometidas durante tantas generaciones con las agobiantes políticas de élites encastilladas, es indiscutible la necesidad de una visión adecuada del conflicto de clases.

Más que cualquier otra aproximación económica, la Escuela Austriaca genera y ofrece respuestas a las preguntas críticas de la teoría de clases, dibujando la distinción final entre los tipos de interacciones entre individuos. En lugar de aceptar la idea del estado como concretización de un conflicto de clases inmutable que le preexiste, la Escuela Austriaca ve al estado como la fuente de todo ese conflicto. Murray Rothbard, al aseverar la idea de John C. Calhoun sobre las clases, describió esto como la opinión “de que era la intervención del estado la que, por sí misma, crea las ‘clases’ y el conflicto”.

La formulación austriaca por tanto prescinde de la idea sobrenatural incluida en la teoría de clase marxista de que cada clase está imbuida de su propia mente y su propia lógica y que éstas son fundamentalmente irreconciliables. Esa concepción errónea del asunto subyacente (lo que Ludwig von Mises calificó de “polilogismo marxista”) es la tambaleante piedra angular que hace a la teoría de clase de Marx incompleta y errónea, lo que impide que produzca una explicación completa del conflicto de clases. Y una explicación completa es lo que los países económicamente subdesarrollados como Egipto, como oligopolios coactivos controlando todos los recursos, están realmentereclamando.

Como apuntaba Hans-Hermann Hoppe, una vez que se elimina el “falso punto de partida” de método analítico de Marx, “todas las [conclusiones del marxismo sobre las clases] son esencialmente correctas”. La Escuela Austriaca, al reemplazar la capa de vilificación de la clase burguesa implícita en el modelo marxista, desarrolla un sistema más matizado y se pregunta cómo actúa un individuo dentro de la sociedad.

El objetivo de esa cuestión es diferenciar entre quienes adquieren riqueza de interacciones voluntarias y consensuadas dentro de un mercado libre y aquéllos que se aseguran ganancias materiales a través del uso de la coacción. Lo alto de la pirámide en Egipto no está compuesto por villanos solo porque sean ricos, sino como resultado de la forma en que obtuvieron sus riquezas. Luego, el estado, disponiendo del monopolio superpuesto del uso “legítimo” de la fuerza en la sociedad, es claramente el instrumento de la clase de individuos que más bien roban y explotan que trabajan y producen.

Por el contrario, el “libre mercado” es sencillamente una forma de expresar la idea general del agregado de todos los intercambios no obligatorios, es decir, los “medios económicos” que es conocido que Franz Oppenheimerpuso frente a los “medios políticos”. Como solo el estado disfruta de una licencia para emplear violencia, es tentador distinguirlo claramente de esas instituciones societarias que no son parte del estado formal, sino nominalmente participantes en su opuesto: el libre mercado. La suposición es que siempre que exista una organización aparte de las agencias del estado financiadas con el robo, hay que considerarla un rival de las formas económicas de la clase política.

Sin embargo la Escuela Austriaca nunca ha estado dispuesta a aceptar esta reducción del libertarismo a una mera apología de las empresas por sí mismas, es decir, sin considerar las particularidades de unas actividades empresariales concretas dentro del sistema económico. Indudablemente el modelo económico egipcio representa un ejemplo especialmente grave del tipo de colusión entre empresas “privadas” y el estado que el libre mercado excluye.

Preservando las características de la conciencia de clase de su análisis, los austriacos han evitado confundir grandes empresas dentro de programas económicos estatistas con actores reales del libre mercado. Han procesado coherentemente lo que Rothbard llamaba el “gobierno oligárquico” que caracteriza a todo estatismo, la dominación de la actividad económica “por una élite coercitiva que se las ha arreglado para obtener el control de la maquinaria del Estado”. Es esa “maquinaria del Estado” la que será codiciada en Egipto ahora que Mubarak ha abandonado su puesto como tirano principal.

Así que aunque la “intervención binaria de los impuestos sea tal vez la encarnación más visible de los “medios políticos”, hay muchas otras y el análisis libertario de clases de Ludwig von Mises a Joseph Stromberg se ha ocupado de las formas en que las empresas se han dirigido al estado para aislarse de la competencia.

Junto con la cualidad ética del libre mercado (su respeto por los derechos individuales y su pacifismo), las funciones utilitarias de la sociedad libertaria están bien documentadas. Adam Smith y John Stuart Mill, declarados “guerreros de clase” radicales en su momento, son notables no solo por explicar las superioridades prácticas de la libertad, sino por atacar el derroche y la desutilidad del status quo. Los exégetas de los economistas clásicos apuntan a menudo sus explicaciones de cómo funcionan los mercados libres, relacionando las ideas clásicas sobre ventaja competitiva y división del trabajo.

Sin embargo es menos común cualquier mención al hecho de que, aunque Smith (por ejemplo) es retratado hoy como el antecesor de algún tipo de conservadurismo, era principalmente un filósofo moral preocupado por socavar la economía de la clase dirigente de su tiempo. Veía que las élites económicas (tan inextricables y entremezcladas con el estado) se beneficiaban de las ineficiencias que habían creado de una forma similar a la que Rothbard atacaba a las grandes empresas en el siglo XX por beneficiarse de la “ayuda y protección del estado.

Los egipcios se beneficiarían tremendamente de la explicación libertaria de clase de Rothbard, evitando el seductor atractivo de líderes carismáticos que aprovechan oportunidades como esta para apoderarse del estado para una nuevo conciliábulo de élites. Para Mises y Rothbard, como para los economistas políticos clásicos, las ventajas prácticas y económicas que derivan de los mercados libres dividiendo la autoridad o el poder estaban muy ligadas a sus implicaciones políticas y de clase. Especialmente relevante para Egipto es la inclinación dominante a considerar la interferencia del estado en la economía como “someter al monopolio de las grandes empresas en beneficio de la riqueza pública”. Los egipcios deberían, en el curso de su reorganización política, tener en cuenta la apreciación de Rothbard del libre mercado (frente al estado) como la fuerza que siempre ha “menoscabado y disuelto (…) intento” de consolidar el poder dentro de grupos privilegiados.

“El punto de partida para el pensador libertario” argumentaba Laurence S. Moss en 1967, “debe ser la élite del poder”. Suponiendo que la transformación política sustancial y real y la genuina justicia social sean los objetivos de los egipcios, la Escuela Austriaca ha construido un marco para llevar al país del elitismo estatista de Mubarak hasta la libertad completa.

No hay duda de que la salida de Mubarak y el final de sus 30 años de gobierno representan un momento histórico para Egipto, pero el estado, construido como está sobre ideas, es más resistente que cualquier hombre.

Aunque el fin de la era Mubarak presenta una apertura para las ideas libertarias, la confianza de los egipcios en los militares para llevar a cabo elecciones libres, e incluso la fe en las propias elecciones, puede estar fuera de lugar. Las ideas de la Escuela Austriaca acerca de la naturaleza del poder y las élites gobernantes son revolucionarias en el sentido más real del término, subvirtiendo la distribución de la riqueza y el poder del estado por el libre mercado.

Ahora que Egipto ha sido testigo del poder transformador de las interacciones pacíficas, su pueblo debería mirar con recelo a los “líderes” que se preparan para reimplantar la coacción.

 Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Discurso de Francisco D´Anconia sobre el Dinero – Ayn Rand

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El siguiente discurso que constituye la contestación que Francisco d’Anconia, personaje de la novela de Ayn Rand, «La Rebelión de Atlas», da a un grupo de personas en una reunión social, en la que se discutía aspectos de Moral y Economía.

 

¿Es el Dinero Señal de Vicio o de Virtud?

«¿Así es que usted piensa que el dinero es el origen de todo mal? » dijo Francisco d’Anconia.

«¿Alguna vez ha preguntado cuál es la raíz del dinero? El dinero es un instrumento de cambio, que no puede existir a menos que haya bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la forma material del principio según el cual, los hombres que quieran tratar entre sí deben hacerlo a través del intercambio dando valor por valor. El dinero no es instrumento de mendigos que piden regalado a base de lágrimas ni de los saqueadores que arrebatan a la fuerza. El dinero se hace posible sólo por los hombres que producen. ¿Es esto lo que usted considera maligno? Cuando usted acepta dinero en retribución de su propio esfuerzo, lo hace únicamente bajo la convicción de que lo podrá cambiar por el producto del esfuerzo de los demás. No son los mendigantes o los saqueadores, los que dan valor al dinero. Ni un océano de lágrimas, ni todos los cañones del mundo pueden transformar esos pedazos de papel en su cartera, en el pan que usted necesita para sobrevivir mañana. Esos pedazos de papel que debieran ser oro, constituyen una prenda de honor su título que le da derecho a la energía de la gente que produce. Su cartera es la declaración de su esperanza de que en algún lugar del mundo a su alrededor, existen hombres incapaces de quebrantar ese principio moral que es la raíz del dinero. ¿Es eso lo que considera malvado?

¿Se ha preocupado usted por investigar las raíces de la producción? Observe un generador eléctrico y atrévase a decirse así mismo que fue creado por el esfuerzo muscular de bestias irreflexivas. Intente hacer crecer una semilla de trigo sin los conocimientos transmitidos a usted por quienes tuvieron que descubrirlo por vez primera. Trate de obtener su alimento tan sólo a base de movimientos físicos y aprenderá que la mente humana es la raíz de todos los bienes producidos y de toda la riqueza que haya existido jamás sobre la tierra.

Más usted asegura que el dinero lo hacen los fuertes a expensas de los débiles. ¿A que fuerza se refiere? No es la fuerza de las armas o de los músculos. La riqueza es el producto de la capacidad del hombre para pensar. ¿Es por lo tanto el dinero hecho por el hombre quien inventa un motor a expensas de quienes no lo inventaron? ¿Es el dinero hecho por el inteligente a expensas de los tontos? ¿Por el capacitado a expensas del incompetente? ¿Por el ambicioso a expensas del holgazán? El dinero se hace antes de que pueda ser robado o mendigado hecho por el esfuerzo de cada hombre honesto; cada uno hasta el límite de su capacidad. El hombre honrado es el que sabe que no puede consumir más de lo que él mismo ha producido.

Intercambiar por medio del dinero es el código de los hombres de buena voluntad. El dinero se basa en el axioma de que cada cual es dueño de su mente y de su esfuerzo.

El dinero no concede poder para prescribir el valor de su esfuerzo, excepto el juicio voluntario del hombre que está dispuesto a cambiar su esfuerzo con usted en retribución.

El dinero le permite a usted obtener por sus bienes y su trabajo, lo que para los que lo compran vale, pero no más. El dinero no permite otros tratos excepto aquellos que se llevan a cabo en beneficio mutuo por el juicio espontáneo de los que intercambian. El dinero exige de usted el reconocimiento de que los hombres han de trabajar en beneficio propio y no en su propio daño; para ganar y no para perder el reconocimiento de que no son bestias de carga nacidos para transportar el peso de su miseria que usted debe ofrecer valores y no agravios, que el lazo común entre los hombres no es un intercambio de sufrimientos, sino un intercambio de mercancías. El dinero exige que usted venda: no su debilidad a la estupidez de los hombres, sino su talento a cambio de razón; exige que usted compre, no lo peor que ofrecen, sino lo mejor que su dinero pueda encontrar. Y cuando los hombres viven a base del comercio y con la razón y no la fuerza como árbitro decisivo, el mejor producto es el que triunfa; la mejor actuación; el hombre de mejor juicio y más alta maestría. Y el grado de productividad del hombre será también el de su recompensa. Tal es el código de la existencia, cuyo instrumento y símbolo es dinero. ¿Es esto lo que usted considera reprobable?

Pero el dinero es sólo un instrumento. Lo llevará a usted donde usted quiera, pero no lo reemplazará como conductor. Le dará los medios para satisfacer sus deseos, pero no proveerá dichos deseos. El dinero es el azote de quienes intentan revertir la ley de causalidad; de quienes buscan reemplazar la mente, adueñándose de los productos de la mente.

El dinero no comprará la felicidad para quien no tenga un concepto de lo que desea; el dinero no le dará un código de valores si él ha evadido el conocimiento de qué valorizar y no le proveerá con un propósito si él ha eludido la elección de lo que busca. El dinero no comprará inteligencia para el tonto, ni admiración para el cobarde, ni respeto para el incompetente. El hombre que intenta comprar los cerebros de sus superiores para que le sirvan, reemplazando con dinero su capacidad de juicio, termina por convertirse en víctima de sus inferiores. Los hombres de inteligencia lo abandonan, pero los embaucadores y farsantes acuden a él en masa, atraídos por una ley que él desconoce: la de que ningún hombre puede ser inferior a su dinero.

¿Es ésta la razón por la que usted lo designa maligno?

Sólo el hombre que no lo necesita, está capacitado para heredar riqueza: el hombre que labraría su propia fortuna, sin importar donde comience. Si un heredero está a la altura de su dinero, éste le sirve, de lo contrario, lo destruye. Pero ustedes observan esto y claman que el dinero lo ha corrompido. ¿Es eso así? ¿No habrá sido él quien ha corrompido al dinero? No envidiéis a un heredero indigno; su riqueza no es la vuestra y no habríais podido emplearla en mejor forma. No consideréis que debió ser distribuida entre vosotros. El agobiar al mundo con cincuenta parásitos en vez de uno, no habría hecho revivir esa muerta virtud que constituía la fortuna. El dinero es un poder viviente que muere sin su raíz. El dinero no servirá a una mente que no esté a su altura. ¿Es éste el motivo por el que le llamáis perverso?

El dinero es vuestro medio de supervivencia. El veredicto que pronunciéis acerca de la fuente de vuestro sustento, es el mismo que pronunciáis acerca de vuestra vida misma. Si la fuente es corrupta, habréis condenado vuestra propia existencia. ¿Adquiristeis el dinero por fraude?

¿Halagando los vicios o estupideces humanas? ¿Sirviendo a imbéciles con la esperanza de adquirir más de lo que vuestra habilidad merece? ¿Rebajando vuestros principios? ¿Realizando tareas que despreciáis para clientes hacia quienes sentís desdén? En tal caso vuestro dinero no os proporcionará ni un momento, ni el equivalente del valor de un solo centavo de auténtica alegría. Todo cuanto compréis se convertirá, no en un tributo a vuestro favor, sino en un reproche; no en un triunfo, sino en un constante evocador de vergüenza. Entonces gritaréis que el dinero es malo. ¿Malo porque no substituye al respeto que os debéis a vos mismo? ¿Malo porque no os deja disfrutar de vuestra depravación? ¿Es ésta la causa de vuestro odio al dinero?

El dinero siempre seguirá siendo un efecto y rehusará reemplazaros como causa. El dinero es producto de la virtud, pero no os conferirá virtud ni os redimirá de vuestros vicios. El dinero no os dará lo que no hayáis merecido, ni material, ni espiritualmente. ¿Es esa la raíz de vuestro odio hacia él?

¿Acaso habéis dicho que el amor al dinero es el origen de todo mal? Amar una cosa es conocerla y amar su naturaleza. Amar el dinero es conocer y amar el hecho de que el dinero es la creación de lo mejor de vuestros poderes internos y vuestro pasaporte para poder comerciar vuestros esfuerzos por el de los más capaces de nuestros semejantes. La persona que vendería su alma por unos pocos centavos, suele ser la que proclama en voz más alta su odio hacia el dinero; y tiene justa razón en odiarlo. Los amantes del dinero están deseosos de trabajar por él. Saben que son aptos para merecerlo.

Permitidme una indicación acerca de la clave que conduce al conocimiento del carácter humano. El que maldice el dinero, lo ha obtenido de manera deshonrosa. Quien lo respeta, lo ha ganado honradamente. Huid como por vuestra vida de quien os diga que el dinero encarna el mal. Dicha frase es la campanilla que anuncia la proximidad de un saqueador igual que en otros tiempos anunciaba la de un leproso. Mientras los hombres viven en comunidad sobre la tierra y necesitan medios para tratar unos con otros, el único sustituto en caso de abandonar el dinero, sería el cañón de un arma de fuego.

Pero el dinero exige de vosotros las más altas virtudes, si es que queréis hacerlo o conservarlo. Quienes carecen de valor, orgullo, o estimación propia, los que carecen del sentido moral de su derecho a su dinero y no están prestos a defenderlo como si defendieran sus propias vidas, los que se excusan por el hecho de ser ricos, no lo serán por mucho tiempo. Constituyen un cebo natural para las bandadas de saqueadores que desde hace siglos se agazapan bajo rocas, pero que salen al exterior en cuanto huelen a un hombre que ruega ser perdonado por la culpabilidad de poseer riqueza. Se apresurarán a aliviarle de su culpa y de su vida como se merece.

Entonces presenciaréis el alza de los hombres que militan bajo dos banderas; de quienes viven por la fuerza y sin embargo, cuentan con quienes viven del comercio para crearles el valor del dinero robado; hombres que son los polizones de la virtud. En una sociedad moral, ellos son los criminales y los estatutos se establecen para protegerlos contra sus actividades.

Pero cuando una sociedad establece la existencia de criminales por derecho y de saqueadores legales, es decir, de hombres que utilizan la fuerza para apoderarse de la riqueza de víctimas desarmadas, entonces el dinero se convierte en vengador de quien lo creó. Tales maleantes se creen seguros al robar a seres indefensos en cuanto han aprobado una ley que los desarme. Pero su botín se convierte en imán para otros saqueadores que se los arrebatarán en igual forma a la que ellas lo obtuvieron. Entonces el triunfo irá, no al más competente en producción, sino al más despiadado en brutalidad. Cuando la fuerza se convierte en norma, el asesino triunfa sobre el ratero, y entonces la sociedad desaparece entre un despliegue de ruinas y carnicerías.

¿Queréis saber si ese día va a llegar? Observad el dinero. El dinero es barómetro de las virtudes de una sociedad. Cuando veáis que el comercio se efectúa, no por consentimiento de las partes, sino por compulsión, cuando veáis que para poder producir, necesitáis obtener autorización de quienes no producen, cuando observéis que el dinero afluye hacia quienes trafican no en bienes sino en favores, cuando percibáis que los hombres se hacen ricos más por el soborno o por influencia que por el trabajo, y que las leyes no os protegen contra ellos, sino que, al contrario, los protegen a ellos contra vosotros; cuando observéis la corrupción recompensada y la honradez convertida en auto sacrificio, podéis estar seguros, sin temor a equivocaros, que vuestra sociedad está condenada. El dinero es un medio tan noble que no compite con las armas, ni pacta con la brutalidad. Nunca permitirá a un país sobrevivir como propiedad a medias, o como botín compartido. Siempre que aparezcan elementos destructores entre los hombres, empezarán por destruir el dinero, porque éste es la protección del hombre y la base de una existencia moral. Tales elementos se apoderarán del oro, entregando a los dueños en cambio un montón de papel falsificado. Esto destruye las normas objetivas y deja a los hombres a merced caprichosa de un arbitrario promulgador de valores. El oro es un valor objetivo, un equivalente a riqueza producida. El papel es una hipoteca sobre riqueza que no existe, reforzada por un arma apuntada al pecho de quienes se espera han de producirla. El papel es un cheque cursado por saqueadores legales sobre una cuenta ajena: «La virtud de las víctimas». Vigilad el día en que dicho cheque rebote llevando la anotación: «Cuenta sobregirada».

Cuando hayáis convertido al mal en medio de sobrevivencia, no confiéis en que los hombres sigan siendo buenos. No esperéis que conserven la moralidad y pierdan la vida con el fin de convertirse en pasto de los inmorales. No esperéis que produzcan cuando la producción se ve castigada y el robo recompensado. No preguntéis entonces: «¿Quiénes están destruyendo al mundo?» Porque seréis vosotros mismos.

Os encontráis en medio de los mayores logros de la civilización más grandemente productiva y os preguntáis por qué se derrumba a vuestro alrededor, cuando vosotros mismos bloqueáis la fuente sanguínea que la alimenta, que es el dinero. Contempláis el dinero a la manera de los salvajes antes de vosotros, y os preguntáis por qué la selva vuelve a vuestras ciudades. A través de toda la historia de la humanidad, el dinero fue siempre botín de los saqueadores de un tipo u otro, cuyos nombres cambiaron, pero cuyos métodos continuaron siendo los mismos; apoderarse del dinero por la fuerza y mantener a los productores atados, degradados, difamados y despojados de honor. Esa frase acerca de lo pecaminoso del dinero que repetís con ese irresponsable aire de virtuosidad, data de la época en que la riqueza era producida por la labor de esclavos, esclavas repetían los movimientos descubiertos con anterioridad por la mente de alguien y que dejaron sin mejora por siglos. Mientras la producción fue gobernada por la fuerza y la riqueza se obtuvo a través de la conquista, hubo poco que conquistar. Sin embargo, a través de siglos de estancamiento y hambre, los hombres exaltaron a los saqueadores como aristócratas de la espada, aristócratas de la cuna, y más tarde como aristócratas del despecho, despreciando a los productores, primero como esclavos, y luego como comerciantes, tenderos e industriales.

Para gloria de la humanidad, existió por primera y única vez en la historia del mundo un país de dinero y no me es posible rendir más alto y reverente tributo a Estados Unidos de Norte América, porque esto significa: un país donde reinan la razón, la justicia, la libertad, la producción y el logro. Por vez primera la mente y el dinero de los hombres quedaron libres, dejó de existir la fortuna como botín de conquista, siendo suplantada por la fortuna, consecuencia del trabajo, y en vez de guerreros y esclavos, surgió allí el verdadero forjador de fortuna; el más grande trabajador, el tipo más elevado de ser humano: el forjador de sí mismo, el industrial norteamericano. Si me pedís que nombre la distinción más honrosa que caracteriza a los norteamericanos, escogería ya que incluye a todas las demás el hecho de haber sido el pueblo que acuñó la frase: «hacer dinero». Jamás en ninguna otra lengua o nación, había sido usada semejante frase; los hombres pensaron siempre en la riqueza como cantidad estática que podía ser arrebatada, mendigada, heredada, distribuida, saqueada u obtenida como favor. Los norteamericanos fueron los primeros en comprender que la riqueza había de crearse. La frase: «hacer dinero» contiene la esencia de la moralidad humana.

Sin embargo, debido a esas palabras, los norteamericanos se vieron denunciados por las decadentes culturas de los continentes de ladrones. Ahora el credo de los saqueadores os ha llevado a considerar vuestros más dignos logros como motivo de vergüenza, vuestra prosperidad como motivo de culpabilidad, vuestros más eminentes personajes industriales como unos granujas, vuestras magníficas fábricas como producto de la labor muscular, trabajo de esclavos, movidos a fuerza de látigo, como lo fueron las pirámides de Egipto. El malvado que pretende no apreciar la diferencia entre el poder del dólar y el poder del látigo, debería aprender la lección sobre su propio pellejo que pienso le sucederá algún día.

A menos y hasta el momento en que descubráis que el dinero es la raíz de todo lo bueno, estaréis buscando vuestra propia destrucción. Cuando el dinero deje de ser el instrumento utilizado por los hombres para efectuar los tratos entre sí, los hombres mismos se convertirán en herramientas unos de otros. Sangre, látigos, cañones… o dólares. Elegid… No existe otra opción y el tiempo apremia».

«Si podéis refutar una sola frase, me agradaría escucharlo».

Discurso de Francisco D´Anconia sobre el Dinero – Ayn Rand

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Liberalismo y racionalismo

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El liberal tiene conciencia de que la modernidad ha traído consigo fuerzas que operan en sentido opuesto. Todo empieza con Descartes y su enamoramiento de la razón matemática. En el Discours nos dirá que suele haber menos perfección en las piezas salidas de las manos de varios artífices que en las que conocen un solo creador. La idea de una espontaneidad histórica surgida de la acción de millones, así como del designio de nadie, se sitúa en las antípodas del ideal cartesiano de una obra acabada. De ahí, y de la extensión de la influencia de Cartesio, que la teoría política viniese a desarrollar el enfoque contractualista, que parte de una sociedad en “estado de naturaleza”, perfectamente maleable, a la que un pacto social da forma para asegurar la supervivencia y la paz en Hobbes, la propiedad y la libertad en Locke, el autogobierno y la igualdad en Rousseau. Hay en cada uno de esos enfoques un fíat instantáneo de los contratantes, y una constitución de la sociedad según un consenso presidido por la razón.

 

Hayek, que es el gran teórico de los órdenes espontáneos, clasificaría esas concepciones que ven la construcción de la sociedad como un proceso deliberado, precedido del trazado de un plano a partir de primeros principios, dentro de lo que llama racionalismo constructivista. Ortega y Gasset y Michael Oakeshott también usan el término racionalismo en el mismo sentido, que no consiste en querer usar la razón individual, sino en querer usarla more geometrico, para lo que, en la concepción que los tres comparten, no está hecha.

 

¿Es posible un liberalismo igualitario?, a fin de hacerme cuestión del sentido en que la palabra liberalismo está usada. Me parece claro que lo está en el sentido clásico, que es el de Adam Smith, para usar un emblema notorio, y no en el actual norteamericano, porque en esa hipótesis la respuesta afirmativa no ofrece dudas. No sólo porque los liberales de esta estirpe son por definición igualitaristas, sino además porque los hay entre ellos, verbigracia John Rawls, que se han dedicado a demostrar esa posibilidad.

 

La perspectiva de Rawls, me adelanto a aclarar, no es la perspectiva liberal clásica. Es una perspectiva teñida de racionalismo constructivista, si se me permite reiterar la frase de Hayek. ¿Cómo no habría de estarlo, si parte de un enfoque contractualista? Según ella, la libertad y la igualdad sencillamente se ponen en el contrato. Y de ahí se pasa a la realidad.

 

Para el liberal clásico hay en ello una buena medida de ingenuidad. Traduzco de Rawls, del capítulo I de Teoría de la justicia (§ 12, donde da cuenta de las presuposiciones de su discurso): “Presumo [...] que se satisface el principio de igual libertad y que la economía es aproximadamente un sistema de mercados libres”. Pero, de hecho, ¡presume tanto más! Nada menos que esto: que puede dictarle al sistema todo un conjunto de normas, y que la economía de mercados será compatible con él. Siendo así que: a) la economía de mercados presupone la conformación espontánea de las normas jurídica y moral, requeridas para el funcionamiento de los mercados simultánea, si no precedentemente, con la configuración de éstos; y b) que los prerrequisitos culturales de una economía de mercados son tan peculiares que, de la veintena aproximada de civilizaciones que enumera Toynbee, sólo en una, la occidental, la economía de mercados ha podido lograr algo parecido a su plenitud.

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La solución real al problema de la deuda – David S. D’Amato

BenBlackEyeFranklin

En su famosa y lúgubre distopía novelada, 1984, George Orwell describía un mundo cautivado por lo que era funcionalmente una “economía de guerra permanente”, una “existencia económica por y para la guerra continua”.

Hoy, sobre los talones de un aumento en el techo de la deuda calculado para impedir un impago del gobierno federal, estamos a la vez siendo testigos y subyugados por las muchas indisposiciones de lo que podría calificarse como una economía de deuda permanente.

El Sistema de la Reserva Federal, como base y seguramente componente más definidor del paradigma económico estadounidense, está alimentando un azote a la actividad productiva que ha hecho metástasis en toda la sociedad hasta un grado ya catastrófico.

Como un tumor maligno comiéndose los fundamentos de la prosperidad y la libertad, el estado, junto con sus cortesanos parásitos, no podría sobrevivir sin la deuda y la insolvencia que han permitido las últimas acciones del Congreso.

Detrás del falso lenguaje del compromiso y el pragmatismo, la élite del poder de Washington ha condenado a los estadounidenses a lo que calificaba en un discurso el presidente de Instituto Mises, Doug French, como “La cultura de la deuda y la desesperación”. El sistema fraudulento del estado, basado en el paraíso de los locos de una base monetaria en continua expansión, se adapta perfectamente a engendrar una condición indisoluble de dependencia en la gran mayoría de los estadounidenses.

Aunque los comentaristas de los grandes medios casi nunca los reconocen, hay una relación causal crítica entre el sistema bancario que prevalece en Estados Unidos y la hinchada deuda federal: los dos están íntimamente ligados tanto en la teoría como en la práctica, un hecho que han entendido bien los economistas del libre mercado (y particularmente la escuela austriaca) durante degeneraciones y eso se manifiesta ahora.

Como observa el Profesor Jörg Guido Hülsmann en The Ethics of Money Production, dentro de un sistema de moneda fiduciaria, la deuda pública aumenta “a un ritmo mucho más rápido” que incluso la oferta monetaria dilatada. Apuntando a Estados Unidos desde 1971 como ejemplo, el Profesor Hülsmann apunta que mientras que el dinero en circulación “aumentó multiplicándose por 6”, la deuda del gobierno federal aumentó multiplicándose por 20.

Este desequilibrio no es una coincidencia. Los incentivos retorcidos del entorno bancario cartelizado estimulan desequilibrios precarios de la clase bancaria privilegiada por el estado, existiendo completamente fuera de la disciplina del mercado. Los bancos comerciales conspiran con el banco central en una asociación simbiótica, en la que el primer grupo se atiborra de bonos de deuda pública mientras los bonos facilitan dinero fácil sin coste y sin ningún valor de respaldo. Por tanto, no podemos esperar ocuparnos del problema de una deuda federal aumentando como un bola de nieva sin afrontar antes la enfermedad que aqueja a la economía, el marco de banca centralizada.

En 1817, el librecambista inglés y oponente al proteccionismo William Cobbett, reconocía perspicazmente la conexión única entre deuda pública y banca central. En Paper Against Gold, escribía:

Se descubrió en seguida que para pagar el interés de su Deuda, el gobierno necesitaba algo distinto del oro y la plata; lo que, en realidad, cualquiera podía haber previsto, porque la Deuda misma deriva necesariamente del deseo de oro y plata dentro del alcance del gobierno. Por tanto, era una locura suprema suponer que el gobierno, que había pedido prestadas guineas al pueblo a voluntad, tuviera suficientes guineas como para llevar a cabo guerras y pagar también [a sus acreedores].

En un ciclo en el que se crea una ilusión que sigue a la anterior, son anuladas por el estado las protecciones propias del libre mercado ante una quiebra del sistema. En un mercado verdaderamente libre, un los primeros y más importantes diques contra la devaluación inflacionista de la divisa sería la propia competencia entre monedas, es decir, entre certificadores y acuñadores de divisas.

Actualmente, las leyes de curso legal consagran un monopolio del estado, que aísla al papel moneda de la competencia en otro caso capaz de derivar los riesgos asociados a la dilución extendida de, por ejemplo, el dólar de EEUU. Al quedar completamente fuera de discusión (sujeta a un debate continuo) si la sociedad libre demanda una “banca libre” (permitiendo la práctica de la reserva fraccionaria) o una reserva del 100%, una abierta rivalidad entre divisas tiene la ventaja práctica de exponer la mentira que definen las leyes de curso legal.

Esa mentira, imponiéndose a los acuerdos voluntarios de los actores del mercado, insiste en que cualquier dinero que se agrande por medio de la ley de curso legal vale una cantidad determinada arbitrariamente de algún otro producto monetario (por ejemplo, plata). La salvaguardar el tipo de dinero preferido por la leyes, el estado promueve una disrupción de las señales naturales de los precios del libre mercado, un desequilibrio que permite a los “líderes políticos (…) obtener beneficio personal por la exportación del dinero [artificialmente] infravalorado y por la posibilidad de reducir deudas contraídas en [éste]”.#

Lejos de mejorar la verdadera confianza en una divisa en concreto otorgándole el imprimatur del estado, las leyes de curso legal funcionan de forma análoga a las normas de licencia del estado. Quitar funciones como la certificación y la licencia de los juicios pacíficos del mercado y erigir así un monopolio, genera resultados bastante opuestos a la preservación de la calidad o la confianza.

Con las alternativas al papel moneda del estado prohibidas coactivamente, la prevalencia de un medio de intercambio concreto y favorecido es el resultado, no de su confiabilidad o pureza, sino del decreto de la clase burocrática que trata de beneficiarse. Igual que las “corridas bancarias” en un mercado libre impedirían la acumulación de riqueza en instituciones inestables y demasiado agrandadas, igualmente las corrientes de riqueza en una sociedad libre seguirían a las agencias de acuñación y sustitutivos del dinero más fiables.

El que para la mayoría de los estadounidenses no haya escape en la práctica al uso del dólar solo sirve para agravar las peligrosas inestabilidades del modelo de banca central. Los billetes de banco privados, esencialmente, documentos de rescate que dan derecho a su tenedor a cierta cantidad de, por ejemplo, oro, están prohibidos actualmente.

Sin embargo, no hay razón por la que, en un paisaje económico libre y sin estado estos billetes no pudieran cumplir con la necesidad de la sociedad de objetos listos para transferirse de un valor capaz de transportar cantidades precisas. De hecho, no tenemos que suponer que dicho mercado de billetes de banco llevara a la misma inflación que ha definido a la divisa fiduciaria bajo la banca central.

Como argumentaba Ludwig von Mises: “la libertad de emisión de billetes habría limitado considerablemente su uso, si es que no lo hubiera suprimido. Más aún, si se permitiera esa competencia abierta en los instrumentos monetarios, se habría alejado ella misma de generar la creciente marea de deuda “pública”.

La correlación entre banca central y moneda fiduciaria por un lado y deuda del gobierno federal por el otro tal vez sea indirecta a primera vista.

En Wall Street, Banks, and American Foreign Policy, Murray Rothbard observaba que ambas ramas de la clase bancaria (las variantes comercial y de inversión) tienen un “interés propio en promover déficits y en obligar a los contribuyentes a redimir deuda pública”. El primer grupo, protegido de la competencia por regulaciones arbitrarias y el aumento de la oferta monetaria a voluntad mediante su préstamo, está evidentemente deseoso (y en necesidad) de que el gobierno lo subsidie. También los bancos de inversiones están situados especialmente para beneficiarse de la proliferación de deuda pública, financiando el gasto pródigo del estado a través de la compra de bonos del tesoro.

Libre de las restricciones estructurales para pedir préstamos establecidas por las evaluaciones de riesgos en el mercado libre, el estado total puede acumular deuda sin límite mediante apelaciones a dinero recién creado de su banco central. Repito que los nuevos dólares no se transfieren sencillamente al creciente estado en el acto flagrante de añadirlos al tesoro, sino que se trasladan para beneficiar al gobierno mediante la política de “mercado abierto” de la Reserva Federal. Es a través de esta política (en la que la supuestamente “independiente” Fed entra en el mercado financiero como compradora) como se compran (principalmente por bancos de inversión) las obligaciones deudoras del estado con el fin de subvencionar un estado progresivamente omnipresente. Por tanto, no deberíamos considerar como un accidente al “riesgo moral” creado en la estructura de la economía financiera a cualquier nivel.

Los plutócratas de la clase bancaria están bastante contentos de beneficiarse prestando dinero creado de la nada, protegidos como están de la consecuencias de hacerlo en un mercado verdaderamente libre. La competencia abierta entre bancos, frente al sistema cartelizado de la Reserva Federal, desanimaría a los bancos a sobreextenderse, a, como escribió Rothbard, “crear dinero literalmente de la nada”.

Pero como no hay coste para lo bancos para prestar “este dinero mágico”, que no se ha acumulado mediante el ahorro de nadie, los beneficios acumulados mediante sus intereses lo hacen a expensas de quienes Rothbard llamaba los “paganos de la inflción”. En The Organization of Debt into Currency, Charles Holt Carroll se burlaba de forma similar de la expansión del crédito bancario bajo el principio de que creaba “precio sin valor”, una indicación de la clásica teoría del valor trabajo que suscribía Carroll.Por supuesto, uno no tiene que acceder a la teoría del valor de los clásicos para entender y explicar los problemas morales de otorgar a muy pocos el privilegio de ser esencialmente alquimistas, transformando la nada en dinero. El proceso ha permitido una casta gobernante de élites bancarias, entremezclada y revuelta con el estado, no solo para patrocinar una deuda desbocada sino para prosperar mediante la falsifi
cación de moneda, mediante la privación a la gente del valor de sus dólares.

Como consecuencia de la crisis de la deuda alimentada por la inflación en Estados Unidos, somos ahora testigos de un “estado de dependencia financiera desconocido por generaciones anteriores”.# El decreciente poder adquisitivo bajo la inflación elimina cualquier incentivo para ahorrar y por tanto estimula la acumulación de deuda privada, un hecho que solo sirve para fortalecer el estado de bienestar mientras perjudica a la familia y a otras instituciones sociales pacíficas.

Como herramienta para el avance de los intereses de la clase política, la inflación bajo dinero fiduciario y banca central es por tanto claramente politrópica: es capaz de generar un impuesto oculto que centra toda la economía en un pequeño cártel de banqueros estratégicamente posicionados, que no tienen otro interés que patrocinar (repito, con moneda fiduciaria sin valor) la expansión del control público sobre nuestras vidas. Coincidiendo con la centralización del poder dentro de las entrañas del estado, las decisiones de los negocios también se concentran cada vez más, enredadas con la nobleza moderna del sector bancario.

Y la razón es muy sencilla: a medida que el ahorro se desanima por parte del sistema monetario, las empresas se hacen cada vez más dependientes de la deuda, financiando sus trabajos con crédito que fluye de una clase de prestamistas naturalmente entrometidos. Encadenados por el poder condensado de los grandes bancos de Wall Street, el economía se vuelve rígida y esclerotizada, impidiendo la agilidad e innovación que reinarían en un mercado verdaderamente libre. La inflación fiduciaria, argumenta Hülsmann, “crea mayor jerarquía y poder centralizado en la toma de decisiones de la que existiría en el mercado libre”.

Así que no solo las políticas inflacionistas de la Fed hacen inevitable una deuda pública insostenible: también otorgan a los grandes bancos la dirección de todo el marco económico. Aunque su influencia se vería controlada por las mareas de un mercado libre, se convierten, dentro de la economía cartelizada de la Fed, en el eje central de todo el comercio. Ese privilegio acaba costando a contribuyentes y consumidores miles de millones, poniendo perpetuamente a toda la economía en la ruta de la crisis y la ruina. La alternativa es un mercado liberado de las innecesarias regulaciones del estado y de su canceroso banco central, un mercado que no impida por la fuerza respuestas racionales a las señales económicas. Esa alternativa es la única solución real al problema de la deuda.

Dentro del sistema actual, un presupuesto equilibrado solamente podría significar niveles agobiantes y abrumadores de impuestos, que servirían incluso para arruinar aún más la economía. Una remedio real a la situación de la deuda pública es la eliminación de sus incentivos subyacentes y su causa raíz. Es hora de liberar a la vida económica de la carga del Sistema de la Reserva Federal, dejando que los intercambios voluntarios de los individuos decidan las cuestiones del dinero y del crédito.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí.

 
 

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Socialismo: el sueño de eliminar el poder

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El Comunismo es una Utopía. Marx demostró que toda la historia de la humanidad, es una historia de luchas de clases, que todas las luchas políticas giran en torno al poder social y político de unas u otras clases sociales: las viejas para conservar el poder, y las nuevas clases ascendentes, para conquistarlo.

El sueño comunista es la abolición de esta lucha de clases, la cual, como ellos mismos explican, es una característica inherente a la condición humana y su desarrollo histórico. Por lo tanto, Marx y Engels plantean una sociedad que funcione sin su motor: la búsqueda del poder. Pero el ser humano necesita el poder, y la sociedad necesita organizaciones de control y dominación. Esta no solo es una característica del ser humano, es una necesidad del mismo.

El Estado es la institución de poder tradicional que ha existido como organización social en la mayoría de sistemas políticos. Podemos remontarnos al Antiguo Egipto y sus Faraones, el Imperio Romano y sus Césares, las Dinastías Chinas y sus Emperadores, las monarquías de la Edad Media y sus Reyes, la Democracia y sus Presidente. El poder de cada una de estas instancias estaba respaldado por alguna forma de Estado. Esta institución, normalmente amparada en la religión o el misticismo, utiliza la fe como lealtad, mezcla lo divino con lo terrenal, brindando así, amparo en la inseguridad. La función que cumple la religión es la de capturar la imaginación de las masas y servir, por lo tanto, a los propósitos del orden político.

El Estado, consciente de la vulnerabilidad humana, cumple con la función de protección de riesgos, manteniendo así su relación permanente con lo esotérico. La falta de seguridad propia de la realidad y de lo material suele ser reemplazada por la seguridad virtual que puede brindar la divinidad. Esta premisa básica del comportamiento social es usada sabiamente por la política.

Nada promueve más el crecimiento del Estado que una emergencia nacional, la guerra u otra crisis comparable a la guerra en la gravedad de los peligros que ésta impone. El poder conoce la necesidad humana de buscar una protección superior, se alimenta y sobrevive gracias a ella.

Todos los animales sienten miedo, tal vez los seres humanos más que ninguno. [...] Las personas que se llaman a sí mismos nuestros gobernantes, entienden este aspecto básico de la naturaleza humana. El Estado explota y cultiva este miedo. Ya sea que instauren un Estado de Bienestar o un Estado de Guerra, dependen de él para asegurar la aceptación popular. Ningún gobierno duraría más de 24 horas sin el miedo generalizado.

La historia está plagada de gobiernos que ejemplifican el control sobre el miedo generalizado. Durante la Edad Media, la Iglesia dependía de la aprensión al castigo divino y la pena de muerte cuando se contradecía la verdad de la Biblia. La ignorancia generalizada secundaba la mantención del poder y la riqueza de una institución como la Iglesia, que determinaba la mayoría de comportamientos sociales, marcando una línea entre aquello que era correcto y lo que no. En los años veinte, después del Tratado de Versalles, la hiperinflación (gran subida de precios impulsada por la impresión de dinero para indemnizar a Francia e Inglaterra por los daños de la guerra), alcanzó el 1.000.000% en Alemania. Más tarde, con la Gran Depresión encima y la amenaza comunista latente, Hitler declaró un Estado de Emergencia. El miedo generalizado, la crisis económica y el hundimiento moral después de la Primera Guerra Mundial, llevaron a Hitler al poder absoluto, aboliendo la intervención del parlamento. El resto de la historia ya la conocemos.

En Japón, en los años setenta, empieza a configurarse el Estado de Bienestar. El Estado empezó a responsabilizarse de la seguridad laboral, subsidios de desempleo, asistencia social, servicios sanitarios, pensiones, atención a viudas, menores y minusválidos, salud gratuita, seguros contra accidentes personales y materiales, entre otros. Un terremoto descomunal devastó a Tokio. Una nueva idea empezó a emerger en Japón: el Estado debería cubrir los riesgos de la población. La instauración de un Estado de Bienestar en realidad perseguía la promoción de un Estado de guerra imperialista. Fueron los deseos de un ejército sano y fuerte los que promovieron la creación de un sistema de cuidados médicos gratuitos dentro del Estado de Bienestar.

El tratar de ocultar al poder detrás de una máscara de búsqueda de organización social, de organización política, de búsqueda del bienestar, resulta una hipocresía. George Orwell decía “Nosotros sabemos que nunca nadie busca el poder con la intención de cederlo. El poder no es el medio, es el fin”. El Estado es una forma de dominación social: entre mayor sea su intervención en la sociedad, mayor control ejerce sobre nuestras vidas. Sin embargo, la sociedad busca para sí misma este tipo de cánones, le teme a la falta de organización, regulación y dominio.

La sociedad cree ciegamente que en la ausencia del Estado, necesariamente caeríamos en la anarquía. Compartimos el miedo generalizado al comportamiento irracional de los individuos en la ausencia de una ley, el miedo a la revolución en la ausencia del ejército, el miedo a los desastres en la ausencia de los servicios de ayuda de emergencia, el miedo a la explotación en ausencia de la regulación a los salarios mínimos, el miedo al estancamiento económico en ausencia de un plan de desarrollo central, el miedo a la locura en ausencia de la moral, el miedo a la muerte en la ausencia de la vida eterna.

Según Maquiavelo “Todo pueblo tiene el gobierno que se merece. El comportamiento del poder refleja aquello que la sociedad espera de sus gobernantes. Incluso sin democracia, las revoluciones populares lograban matar, desterrar o destituir a los reyes y emperadores que no actuaban de acuerdo a lo esperado. Por lo tanto, la existencia de un Estado controlador y regulador parte de la sociedad que teme comportarse con libertad. El Estado de Bienestar y el Estado de Guerra surgen de la búsqueda de protección del riesgo en todos los aspectos sociales, y ambas búsquedas tienen una sola razón de ser: el miedo generalizado. El Estado no es un ente divino capaz de dispersar el miedo, la religión tampoco, pero son el mejor consuelo para las sociedades.

 

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Introducción al ciclo económico – Llewellyn Rockwell

A veces es doloroso leer la prensa económica y nunca más que durante una recesión económica. Los reporteros dan explicaciones a trompicones. Citan a analistas de bolsa, políticos, operadores, otros periodistas e incluso, de vez en cuando, economistas de la universidad. Pero nunca parecen llegar a algo que se aproxime a una explicación.

¿Y están tratando exactamente de explicar? En cualquier momento concreto en una disposición económica regular, algunos negocios consiguen el éxito y otros fracasan. Los trabajadores pasan de una empresa y sector a otro. Es un retrato de una economía dinámica de mercado en la que los recursos se abren paso hacia sus usos más productivos.

Lo que es inusual es cuando los fracasos empresariales y despidos se producen en bloque, como si muchos empresarios normalmente inteligentes, en el mismo periodo de tiempo, resultan tomar una serie de malas decisiones. Es la coincidencia de estas malas decisiones, estos errores de inversión que vienen juntos para amenazar con la recesión, lo que requiere una explicación.

Y sin duda, si pretendes examinar los méritos de las diversas medidas contra la recesión, indudablemente necesitas una explicación de qué produce las recesiones. Ahora mismo, la propuesta de teoría más común tiene algo que ver con la confianza del consumidor. A la prensa le gusta esto, probablemente porque fue la teoría de la administración Clinton de por qué, día a día, la economía se fue debilitando en los últimos meses de 2000.

La idea es esta. Si los consumidores creen que la economía va hacia abajo, podrían ahorrar en lugar de gastar. El sector empresarial, afligido por los mismos temores, no invierte. Las dos fuerzas se unen para crear un declive en la demanda general de bienes y servicios y lo siguiente que sabes es que estás dentro del desastre económico.

¿Vale entonces algo este “teoría del ánimo” de la recesión? Como ha apuntado Frank Shostak, esta teoría implica que la realidad económica subyacente no tiene ninguna importancia. El que seamos ricos o pobres depende de nuestro estado colectivo de ánimo. Una recesión no es sino un mal humor nacional.

Con la misma teoría, podrías afirmar que el auge económico de la década de 1990 fue el resultado del ánimo alegre de los cargos del gobierno. Y tal vez, basándose en esta idea, la mejor manera de evitar recesiones sea apagar nuestras radios, televisores y computadoras. Deberíamos sentarnos y meditar sobre las notas de prensa del gobierno. Esto mantendría el auge.

Caramba, tal vez podamos usar nuestro ánimo para una prosperidad perpetua. Con que supiéramos las palabras mágicas, podríamos imprimirlas en un libro y enviarlas al mundo en vías de desarrollo donde todos puedan usar su ánimo para prosperar también. Tal vez debería haber condenas de prisión para los negacionistas, que, después de todo, amenazan el bienestar nacional.

¿Suena absurdo? Por supuesto. Pero la prensa económica, desgraciadamente sin formación en teoría económica e inevitablemente tendenciosa, lo cuenta tal cual, como si los que defienden la teoría del ánimo del ciclo económico no pudieran tener un fin político en mente. Y ese fin es evidente: negar la realidad de la situación y promover una ilusión.

Otra teoría que hay por ahí es la de que los ciclos económicos son como la teoría de Clemenza de las guerras de familias en El Padrino I: “Esto va a pasar cada cinco años más o menos, diez años, ayuda a librarse de la sangre mala”. Y  a veces parece haber alguna verdad superficial en la idea. Pero decir que algo ocurre en ciclos no lo explica: es solo observar lo evidente.

La teorías del ciclo económico son legión y van y vienen. Pero la única explicación que ha resistido la prueba del tiempo se expuso por primera vez en 1912, en la obra maestra de Ludwig von Mises, La teoría del dinero y del crédito. Desarrollos de la teoría, por Mises y su alumno Hayek en la década de 1930, culminaron la teoría austriaca del ciclo económico.

La teoría empieza observando el profundo efecto que tienen los tipos de interés en las decisiones de inversión. Dejados al mercado, los tipos de interés están determinados por la oferta de crédito (un espejo de la tasa de ahorro) y la voluntad de tomar riesgos en el mercado (un espejo del retorno de capital). Lo que desencaja esto es la manipulación del banco central.

Cuando la Fed alimenta la economía con crédito artificial rebajando los tipos de interés, estimula las inversiones en proyectos que acaban no dando resultado. En este auge económico, las burbujas high-tech y dot-com aparecieron debido a una década de crecimiento sostenido del dinero mediante tipos de interés más bajos. Cuando la Fed pisó el freno para impedir que los precios aumentaran, generó una liquidación y por tanto una recesión.

Lo que es difícil de entender es lo que no puede verse. Solo porque los precios no suban no significa que esté bajo control la oferta monetaria. Solo porque gente en algunos sectores se esté haciendo rica no significa que la prosperidad pise suelo firme. Solo porque la bolsa esté subiendo no significa que la arquitectura de la inversión (por usar la expresión de Jim Grant) esté funcionando bien.

La teoría está fuertemente respaldada por los datos. La subida de las dot-com coincidió con una subida de la oferta monetaria, empezada en 1995. La oferta monetaria (la MZM de la Fed) se estabilizó ligeramente en 1996 y empezó a dispararse de nuevo en 1997, con un máximo de un 15% de aumento en enero de 1999. La tasa de aumento empezó a caer precipitadamente desde entonces, disparando una muy necesaria liquidación. La oferta monetaria medida en MZM empezó en 3,2 billones de dólares en 1997 y se encuentra hoy en 4,7 billones. Está claro que los juicios de inversores y empresarios se vieron distorsionados por inyecciones masivas de dinero y crédito.

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Ahora mismo, la opinión convencional dice que la Fed debería inundar la economía con dinero y crédito. Pero, como podemos ver, es precisamente esta vía la que creó los problemas. Además, Japón probó este truco en la década de 1990, rebajando los intereses incluso hasta cero, sin producir efectos.

Ningún economista austriaco se sorprendió cuando las drásticas intervenciones de la Fed no produjeron ningún efecto duradero en los mercados. Clemenza tenía razón en esto: hay mala sangre en la economía y tiene que extraerse.

Hay dos maneras de hacer las recesiones más fáciles de soportar. Recortar impuestos es una de ellas. Librarse de regulaciones de obstaculizan a las empresas es otra. El propósito de estos esfuerzos no es estimular la demanda (como parecen pensar los consejeros de Bush) sino librar al empresario y permitir al público consumidor más libertad de elección.

Pero esta teoría es a la vez demasiado compleja y demasiado clara para que la entiendan la mayoría de los periodistas económicos. No les interesa leer un viejo tratado polvoriento sobre teoría monetaria. Me temo que tampoco los consejeros de Bush. Pero al menos las intuiciones de Bush van por buen camino. Un recorte fiscal grande e inmediato no detendrá el descenso, pero ayudará a proporcionar al pueblo estadounidense un colchón sobre el que caer, así como una base para el futuro.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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© Alejandro Muyshondt