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El FMI y el Banco Mundial deberían ser liquidados. Alberto Benegas Lynch.

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Keynes, el hombre – Murray Rothbard

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John Maynard Keynes, el hombre (su carácter, sus escritos y sus acciones a lo largo de su vida) estaba compuesto por tres elementos principales entrelazados. El primero era su arrogante egoísmo, que le aseguraba que podía resolver todos los problemas intelectuales rápida y adecuadamente y le llevó a desdeñar cualquier principio general que pudiera limitar su desbocado ego. El segundo era su fuerte sentimiento de que hacía nacido y estaba destinado a ser un líder de la élite gobernante de Gran Bretaña.

Estas dos características llevaban a Keynes a ocuparse de la gente y de las naciones desde una posición autopercibida como de poder y dominación. El tercer elemento era su profundo desprecio y desdén por los valores y virtudes de la burguesía, de la moral convencional, del ahorro y la economía y de las instituciones básicas de la vida familiar.

Nacido para la púrpura

Keynes nació bajo circunstancias especiales, heredero de los círculos gobernantes no solo británicos sino asimismo de la profesión económica británica. Su padre, John Neville Keynes, era un íntimo amigo y antiguo alumno de Alfred Marshall, profesor en Cambridge e indiscutible león de la economía británica durante medio siglo. Neville Keynes había decepcionado a Marshall al incumplir su promesa investigadora inicial y producir solo un tratado genérico sobre metodología de la economía, una materia desdeñada como profundamente “no inglesa” (J. N. Keynes [1891] 1955).

El clásico refugio para una académico fallido ha sido desde siempre la administración de la universidad, así que Neville se enterró encantado en la contaduría y otras posiciones poderosas en la administración de la Universidad de Cambridge. La psique de Marshall le obligaba a sentir una obligación moral hacia Neville que fue más allá de la pura lealtad de la amistad y ese sentido de la obligación se traasladó hacia el querido hijo de Neville, Maynard. Consecuenctemente, cuando Maynard acabó decidiendo seguir la carrera de economista en Cambridge, dos figuras extremadamente poderosas en esa universidad (su padre y Alfred Marshall) estaban más que dispuestas a tenderle una mano amiga.

El apóstol de Cambridge

El padre que tanto le quería aseguró la educación más favorecida disponible para la élite inglesa. Primero fue estudiante investigador en el “College” en Eton, la subdivisión intelectual de la escuela pública más influyente de Inglaterra. De ahí Maynard fue al King’s College, que, junto con Trinity, era una de las dos escuelas dominantes en la Universidad de Cambridge.

En King’s, pronto se designo a Keynes para tener la codiciada membresía de la sociedad secreta de los Apóstoles, una organización que rápidamente moldeó sus valores y su vida. Keynes creció hasta la madurez social e intelectual dentro de los confines de este pequeño e incestuoso mundo de secreto y superioridad. Los Apóstoles no eran simplemente un club social a la manera de las fraternidades secretas de la Ivy League. Era asimismo una élite intelectual consciente de sí misma, especialmente interesada en la filosofía y sus aplicaciones a la estética y la vida.

Los miembros de los Apóstoles eran elegidos casi exclusivamente de King’s y Trinity y se reunían cada sábado por la tarde tras puertas cerradas para presentar y discutir escritos.# Durante el resto de la semana, los miembros vivían virtualmente en las habitaciones de los demás. Además, el Apostolado no era simplemente un asunto de estudiantes: era ser miembro de por vida y querido como tal. Durante le resto de sus vidas, los Apóstoles adultos (conocidos como “Ángeles”), incluyendo a Keynes, volverían a menudo a Cambridge para reuniones y participarían activamente en el reclutamiento de nuevos estudiantes.

En febrero de 1903, a la edad de 20 años, John Maynard Keynes ocupó su lugar como Apóstol 243 en una cadena que se remontaba a la fundación de la sociedad en 1820. Durante los siguientes cinco o seis años formativos, Maynard dedicó casi toda su vida privada a los Apóstoles y sus valores y actitudes se moldearon de acuerdo con ello. Además, la mayoría de su vida adulta se produjo entre Apóstoles viejos y nuevos, sus amigos o sus relaciones.

Una razón importante para el potente efecto de la Sociedad de lso Apóstoles sobre sus miembros era si embriagadora atmósfera de secreto. Como escribe el biógrafo de Keynes, Robert Skidelsky:

Uno nunca debería infravalorar el efecto del secretismo. Mucho de lo que hace que el resto del mundo parezca extraño deriva de este sencillo combustible. El secreto era un bonus que amplificaba grandemente la vida de la Sociedad respecto de los otros intereses de sus miembros. Después de todo, es mucho más fácil emplear el tiempo con gente con la que uno no tiene que mantener grandes secretos y dedicar mucho tiempo a ellos refuerza lo que les haya hecho unirse en principio. (Skidelsky 1983: p. 118; ver también Deacon 1986).

La extraordinaria arrogancia de los Apóstoles se resume de la mejor manera en la medio broma kantiana de la Sociedad: que solo la Sociedad es “real”, mientras que el resto del mundo es solo “fenomenal”. El propio Maynard se referiría a los no Apóstoles como “fenómenos”. Lo que significaba esto es que se consideraba al mundo exterior como menos sustancial, menos digno de atención que la vida colectiva de la propia Sociedad.

Era una broma con un giro serio (Skidelsky 1983: p. 118). “Fue debido a la existencia de la Sociedad” escribía el Apóstol Bertrand Russell en su Autobiografía, “que pronto conocí a la gente que más merecía la pena conocer”. De hecho Russell remarcaba que cuando el Keynes adulto abandonó Cambridge, viajó por el mundo con una sensación de ser el obispo de una secta en lugares extranjeros. “la verdadera salvación para Keynes” remarcaba agudamente Russell, “estaba siempre entre los fieles en Cambridge” (Crabtree and Thirlwall 1980: p. 102). O, como escribió el propio Maynard durante sus años de estudiante en una carta a su amigo y co-líder, Giles Lytton Strachey, “¿Es una monomanía esta colosal superioridad moral que sentimos? Tengo la sensación de que la mayoría del resto [del mundo fuera de los Apóstoles] nunca ve nada en absoluto: demasiado estúpidos o demasiado perversos” (Skidelsky 1983: p. 118).#

Dos actitudes básicas dominaban este grupo bajo la égida de Keynes y Strachey. Las primera era su creencia primordial en la importancia de amor y la amistad personal, al tiempo que se burlaban de cualquier regla o principio general que pudiera limitar sus propios egos y la segunda, su animosidad y desdén hacia los valores y la moralidad de la clase media. La confrontación apostólica con los valores burgueses incluía la alabanza de la estética de la vanguardia, el sostenimiento de la homosexualidad como moralmente superior (con la bisexualidad en un distante segundo lugar#) y el odio a valores familiares tan tradicionales como el ahorro o cualquier énfasis en el futuro a largo plazo en comparación con el presente. (“En el largo plazo”, como entonaría más tarde Keynes en su famosa frase, “todos estamos muertos”.

Bloomsbury

Después de graduarse en Cambridge, Keynes y muchos de sus colegas apóstoles se alojaron en Bloomsbury, un barrio poco elegante del norte de Londres. Allí formaron el hoy famoso Grupo de Bloomsbury, el dentro de vanguardia estética y moral que constituyó la fuerza cultural e intelectual más influyente en Inglaterra durante las décadas de 1910 y 1920.

La formación del Grupo de Bloomsbury se inspiró en la muerte del eminente filósofo y liberal clásico victoriano Sir Leslie Stephen en 1904. Los jóvenes hijos de Stephen, sintiéndose liberados por la desaparición de la severa presencia moral de su padre, rápidamente buscaron casa en Bloomsbury y empezaron a mantener tertulias los jueves por la tarde. Thoby Stephen, aunque no era un apóstol, era un íntimo amigo en Trinity de Lytton Strachey. Strachey y otros apóstoles, así como otro de los buenos amigos de Strachey en Trinity, Clive Bell, se convirtieron en asistentes habituales a la tertulia.

Después de que Thoby muriera en 1906, Vanessa Stephen se casó con Bell y las reuniones de Bloomsbury se dividieron en dos grupos. Como Clive era un crítico de arte en ciernes y Vanessa una pintora, establecieron las tertulias del Club de los Viernes, concentrándose en las artes visuales. Entretanto, Virginia y Adrian Stephen reanudaban los jueves dedicados a la literatura, la filosofía y la cultura. Finalmente, el apóstol de Trinity Leonard Woolf, amigo y contemporáneo de Keynes se casó con Virginia Stephen. A finales de 1909, Keynes se mudó a una casa en Bloomsbury muy cerca de la de los Stephen, compartiendo un piso con el artista de Bloomsbury Duncan Grant, primo de Strachey.

Los valores y actitudes de Bloomsbury eran similares a los de los apóstoles de Cambridge, aunque con un giro más artístico. Con un gran énfasis en la rebelión contra los valores victorianos, no sorprende que Maynard Keynes fuera un distinguido miembro de Bloomsbury. Un énfasis en particular era el seguimiento de arte de vanguardia y formalista, promovido por el crítico de arte y apóstol de Cambridge Roger Fry, que luego volvió a Cambridge como Profesor de Arte. Virginia Stephen Woolf se convertiría en una importante exponente de la ficción formalista. Y todos ellos buscaban con energía un estilo de vida de promiscua bisexualidad, como puso al descubierto la biografía de Strachey de Michael Holroyd (1967).

Como miembros del círculo cultural de Cambridge, el Grupo de Bloomsbury disfrutaba de riqueza heredada, aunque modesta. Pero a medida que pasaba el tiempo, la mayoría de la financiación de las distintas exposiciones y proyectos de Bloomsbury vinieron de su leal miembro Maynard Keynes. Como escribe Skidelsky, Keynes “llegó a dar a Bloomsbury músculo financiero, no solo haciendo él mismo mucho dinero [principalmente a través de la inversión y la especulación financiera], que gastaba profusamente en las causas de Bloomsbury, sino por su capacidad de recabar respaldo financiero para sus empresas”. De hecho, desde la Primera Guerra Mundial en adelante, era casi imposible encontrar ninguna empresa, cultural o local, en la que estuvieran implicados miembros de Bloomsbury, que no se beneficiara de alguna forma de su generosidad, su perspectiva financiera o sus contactos (1983: p. 250; ver también pp. 242-251).

El filósofo moorista

El mayor impacto en la vida y valores de Keynes, su gran experiencia de conversión, no vino de la economía sino de la filosofía. Pocos meses después de la iniciación de Keynes en los apóstoles, G.E. Moore, profesor de filosofía en Trinity que se había convertido en apóstol una década antes que Keynes, publicó su obra magna, Principia Ethica (1903). Tanto en ese momento como tres décadas después, Keynes atestiguaba el enorme impacto que habían tenido los Principia en él y en sus colegas apóstoles.

En una carta en el momento de su publicación escribía que el libro “es un trabajo estupendo y fascinante, el más grande sobre el tema” [cursivas de Keynes] y pocos años más tarde escribió a Strachey: “Es imposible exagerar la maravilla y originalidad de Moore (…) Qué asombros pensar que solo nosotros conocemos los rudimentos de una verdadera teoría de la ética”. Y en un escrito de 1938 al Grupo de Bloomsbury, titulado “Mis primeras creencias” Keynes recordaba los “efectos en nosotros [de los Principia] y las conversaciones que los precedieron y siguieron, dominaban y tal vez dominan todo lo demás”. Añadía que el libro “era excitante, estimulante, el principio de un nuevo renacimiento, la apertura de un nuevo cielo en la tierra” (Skidelsky 1983: pp. 133-134; Keynes [1951] 1972: pp. 436-449). ¡Palabras muy fuertes acerca de un libro de filosofía técnica!

¿A qué se debían? Primero estaba el carisma personal que Moore ejercitaba sobre los estudiantes en Cambridge. Pero más allá de su magnetismo personal, Keynes y sus amigos se veían atraídos no tanto por la propia doctrina de Moore como por la interpretación y giro particular que ellos daban a esa doctrina. A pesar de su entusiasmo, Keynes y sus amigos aceptaban solo lo que sostenían que era la ética personal de Moore (es decir, lo que llamaban la “religión” de Moore), mientras que rechazaban su ética social (es decir, lo que llamaban su “moral”).

Keynes y sus colegas apóstoles adoptaban la idea de una “religión” compuesta de momentos de “apasionada contemplación y comunión” de y con los objetos de amor o amistad. Sin embargo, repudiaban toda moral social o regla general de conducta, rechazando totalmente el penúltimo capítulo de Moore sobre “Ética en relación con la conducta”. Como indica Keynes en su escrito de 1938:

En nuestra opinión, una de las mayores ventajas de su religión [de Moore] era que hacía innecesaria la moral. (…) Rechazábamos completamente una obligación personal de obedecer reglas generales. Reclamábamos el derecho a juzgar cada caso individual por sus méritos y la sabiduría para hacerlo con éxito. Er aun parte muy importante de nuestra fe, sostenida violenta y agresivamente y para el mundo exterior era nuestra característica más evidente y peligrosa. Repudiábamos totalmente la moral convencional, las convenciones y la sabiduría tradicional. Éramos, por decirlo así, en el sentido estricto del término, inmorales. (Keynes [1951] 1972: pp. 142-143).

Observadores contemporáneos inteligentes resumían agudamente al actitud de keynes y sus compañeros apóstoles. Bertrand Russell escribía que Keynes y Strachey retorcían las enseñanzas de Moore: “buscaban una vida de retiro entre bellos matices y agradables sensaciones y su concepción de lo bueno consistía en las apasionadas admiraciones mutuas de una camarilla de la élite” (Welch 1986: p. 43). O, como observaba nítidamente Beatrice Webb, el moorismo entre los apóstoles no era “sino una justificación metafísica para hacer lo que les gustaba… y otra gente desaprobaría” (ibíd.).

Así que aparece la pregunta: ¿cuán seriamente marcó este inmoralismo, este rechazo de las reglas generales que restrinjan el propio ego, la vida adulta de Keynes? Sir Roy Harrod, un discípulo y hagiógrafo insiste en que ese inmoralismo, como con otros aspectos desagradables de la personalidad de Keynes, era solo una fase adolescente, rápidamente superada por su héroe.

Pero muchos otros aspectos de su carrera y pensamiento confirman el inmoralismo y desdén por la burguesía de Keynes durante toda su vida. Es más, en su escrito de 1938, escrito con 55 años, Keynes confirmaba su continuada adhesión a sus primeras opiniones, expresando que el inmoralismo seguía siendo “mi religión bajo la superficie. (…) Sigo siendo y siempre seré un inmoralista” (Harrod 1951: pp. 76-81; Skidelsky 1983: pp. 145-146; Welch 1986: p. 43).

En una notable contribución, Skidelsky demuestra que el primer libro académicamente importante de Keynes, Tratado sobre probabilidad (1921) no estaba alejado del resto de sus preocupaciones. Derivaba de su intento de remachar su rechazo de las reglas generales de moralidad propuestas por Moore. Los inicios del Tratado aparecían en un escrito, que Keynes leyó a los apóstoles en enero de 1904, sobre el denostado capítulo de Moore “Ética en relación con la conducta”. Refutar a Moore acerca de la probabilidad ocupó los pensamientos investigadores de Keynes desde el principio de 1904 hasta 1914, cuando se completó el manuscrito del Tratado.

Concluía que Moore era capaz de imponer reglas generales a acciones concretas empleando una teoría de la probabilidad empírica o “frecuentista”, es decir, a través de la observación de frecuencias empíricas podríamos tener cierto conocimiento de las probabilidades de clases de acontecimientos. Para destruir cualquier posibilidad de aplicar reglas generales a casos particulares, el Tratado de Keynes defendía la teoría clásica a priori de la probabilidad, en la que las fracciones de probabilidad se reducen puramente por la lógica y no tienen nada que ver con la realidad empírica. Skidelsky lo explica bien:

El argumento Keynes puede por tanto interpretarse como un intento de liberar al individuo para que busque el bien (…) por medio de acciones egoístas, ya que no hace falta que tenga cierto conocimiento de las consecuencias probables de sus acciones para actuar racionalmente. En otras palabras, es parte de su continua campaña contra la moralidad cristiana. Esto lo habría apreciado su audiencia, aunque la conexión no es evidente para el lector moderno. Más en general, Keynes liga racionalidad a conveniencia. Las circunstancias de una acción se convierten en la consideración más importante en los jucios de posible corrección. (…) Al limitar la posibilidad de un conocimiento cierto Keynes aumentaba el ámbito del juicio intuitivo (Skidelsky 1983: 153-154).

No podemos entrar aquí en los pormenores de la teoría de la probabilidad. Basta con decir que la teoría a priori de Keynes fue demolida por Richard von Mises (1951) en su trabajo de la década de 1920 Probabilidad, estadísticas y verdad. Mises demostró que la fracción de probabilidad solo puede usarse con sentido cuando encarna una ley derivada empíricamente de entidades que son homogéneas, aleatorias y repetibles indefinidamente.

Por supuesto esto significa que la teoría de la probabilidad solo puede aplicarse a acontecimientos que, en la vida humana, se limitan a cosas como la lotería o la ruleta. (Para una comparación de Keynes y Richard von Mises, ver D.A. Gillies [1973: pp. 1-34]). Por cierto que la teoría de la probabilidad de Richard von Mises fue adoptada por su hermano Ludwig, aunque estuvieron de acuerdo en pocas cosas más (L. von Mises [1949] 1966: pp. 106-115).

El teórico político burkeano

“Si Moore fuero el héroe ético de Keynes, Burke puede considerarse como su héroe político”, escribe Skidelsky (1983: p. 154). ¿Edmund Burke? ¿Qué podría tener en común Keynes, el planificador central estatista y racionalista, con ese adorador conservador de la tradición? De nuevo, como con Moore, Keynes veneraba a su hombre con un giro keynesiano, seleccionando los elementos que se ajustaban a su propio carácter y temperamento.

Es revelador lo que Keynes tomaba de Burke. (Keynes presentó sus opiniones en un ensayo largo y premiado de su época de estudiante sobre “Las doctrinas políticas de Edmund Burke”). Primero estaba la oposición militante de Burke a principios generales en política y, en particular, su defensa de la conveniencia frente a derechos naturales abstractos. En segundo lugar, Keynes estaba muy de acuerdo con la alta preferencia temporal de Burke, su degradamiento del futuro incierto respecto del presente existente. Por tanto Keynes estaba de acuerdo con el conservadurismo de Burke en el sentido de que era hostil a “producir males presentes para conseguir beneficios futuros”.

Está también la expresión de derechas del desprecio general de Keynes por el largo plazo, donde “estamos todos muertos”. Como dijo Keynes: “La tarea primordial de los gobiernos y políticos es asegurar el bienestar de la comunidad correspondiente en el presente y no tomar demasiados riesgos para el futuro” (ibíd.: pp. 155-156).

En tercer lugar, Keynes admiraba el aprecio de Burke por la élite gobernante “orgánica” de Gran Bretaña. Por supuesto, había diferencias políticas, pero Keynes se unía a Burke en apoyar el sistema de gobierno aristocrático como algo sólido, siempre que el personal gobernante se eligiera de la élite orgánica existente. Escribiendo de Burke, Keynes apuntaba: “afirmaba que la propia maquinaria [el estado británico] era suficientemente sólida con que pudiera asegurarse la capacidad e integridad de quienes estuvieran al mando” (ibíd.: pp. 156).

Además de ese desdén neo-burkeano por los principios, la falta de preocupación por el futuro y la admiración de la clase gobernante británica existente, Keynes también estaba seguro de que la devoción por la verdad es una cuestión de gusto, con poco o ningún espacio en la política. Escribía: “Una preferencia por la verdad o por la sinceridad como método puede basarse de forma prejuiciosa en algún patrón estético o personal, incoherente, en política, con la bondad práctica” (Johnson, 1978: p.24).

De hecho Keynes mostraba una disposición positiva a mentir en política. Se inventaba habitualmente estadísticas que se adecuaban a sus propuestas políticas y reclamaría una inflación monetaria mundial con un énfasis exagerado al mantener que “las palabras tendrían que se un poco salvajes, el ataque de los pensamiento a quienes no piensan”. Pero lo que es muy revelador es que, una vez alcanzado poder, Keynes admitió que esa hipérbole tendría que abandonarse: “Cuando se hayan alcanzado los puestos de poder y autoridad, no debería haber más licencias poéticas” (Johnson y Johnson 1978: pp. 19-21).

El economista: Arrogancia y falsa originalidad

La postura en economía de Maynard Keynes no era distinta de su actitud en filosofía y vida en general. “Temo a los ‘principios’”, dijo a un comité parlamentario en 1930 (Moggridge 1969: p. 90). Los principios solo limitarían su capacidad de aprovechar la oportunidad del momento y obstaculizarían su deseo de poder. Así que estaba dispuesto a renunciar a sus creencias previas y cambiar de idea de repente, dependiendo de la situación.

Su posición respecto del libre comercio sirve de ejemplo patente. Como buen marshalliano, no único principio político económico aparentemente fijo en toda su vida fue una adhesión devota a la libertad de comercio. En Cambridge escribió a un buen amigo: “Seño, odio a todos los sacerdotes y proteccionistas. (…) Abajo sus pontificados y aranceles”. Durante las siguientes tres décadas, sus intervenciones políticas se preocupaban casi en exclusiva por la defensa del libre comercio. (Skidelsky, 1983: pp. 122, 227-229).

Repentinamente, en la primavera de 1931, Keynes reclamó ruidosamente proteccionismo y durante la década de 1930, lideró el desfile a favor del nacionalismo económico y políticas abiertamente pensadas para “mendigar al vecino”. Pero durante la Segunda Guerra Mundial, Keynes retornó al libre comercio. No parece que nunca ningún examen de conciencia o vacilación haya dificultado sus relampagueantes cambios.

De hecho, a principios de la década de 1930, Keynes era ampliamente ridiculizado en la prensa británica por sus opiniones camaleónicas. Como escribe Elizabeth Johnson, Keynes era el hombre de hule: el Daily News and Chronicle del 16 de marzo de 1931 incluía un artículo titulado “Acrobacias económicas de Mr. Keynes” y lo ilustraba con un dibujo de “Una actuación notable. John Maynard Keynes como el ‘hombre sin huesos’ se da la espalda a sí mismo y se traga un barril” (1978: p. 17).

Sin embargo el propio Keynes no se preocupaba de las acusaciones de incoherencia, considerando que siempre tenía la razón. A Keynes le era particularmente fácil adoptar esta convicción ya que no le preocupaban nada los principios. Por tanto siempre estaba dispuesto a cambiar de caballo en su búsqueda por expandir su ego a través del poder político.

Con el tiempo, escribe Elizabeth Johnson, Keynes “tuvo una idea clara de su papel en el mundo: era (…) el principal consejero económico del mundo, del ministro de Hacienda  del momento, del ministro de finanzas de Francia (…), del presidente de Estados Unidos”. La búsqueda del poder para sí mismo y una clase dirigente significaba, por supuesto, aumentar la adhesión a las ideas e instituciones de una economía gestionada centralizadamente.

De entre los grandes hombres de la élite orgánica que gobernaba la nación, se colocaba en el papel esencial de técnico experto, la versión del siglo XX del “rey filósofo” o, al menos, del filósofo que guía al rey. No sorprende que Keynes “alabara al Presidente [Franklin D.] Roosevelt como primer jefe de estado que tomara consejo teórico como base para una acción a gran escala” (Johnson y Johnson 1978: pp. 17-18).

Acción es lo que buscaba Keynes del gobierno, especialmente con el propio Keynes haciendo los planes y mandando. Como escribe Johnson:

Su oportunismo significaba que reaccionaba a los acontecimientos inmediata y directamente. Elaboraría una respuesta, redactaría un memorándum, lo publicaría inmediatamente, fuera cual fuera el asunto. (…)  En el Tesoro durante la Segunda Guerra Mundial, casi vuelve locos a algunos de sus colegas con su tendencia a meter el dedo en todas las tartas “No se quede quieto ahí, haga algo” habría sido su lema en ese momento” (Ibíd.: p. 19).

Johnson apunta que la “actitud instintiva [de Keynes] ante cualquier nueva situación era suponer, primero, que nadie estaba haciendo nada acerca de ella y, segundo, que si lo estaban haciendo, lo estaban haciendo malo. Era una costumbre mental de toda la vida basada en la convicción de que tenía un cerebro superior (…) y como apóstol de Cambridge que era, estaba dotado de sensibilidades superiores (ibíd.: p. 33).

Un ejemplo claro de la injustificada arrogancia e irresponsabilidad intelectual de Maynard Keynes fue su reacción ante el brillante y pionero Tratado del dinero y del crédito, de Ludwig von Mises, publicado en alemán en 1912. Keynes acababa de ser nombrado editor del periódico económico académico británico más importante, el Economic Journal de la Universidad de Cambridge. Revisó el libro de Mises, desechándolo de plano. El libro, escribió condescendientemente, tenía “un mérito considerable” y era “inteligente” y su autor era en definitiva “ampliamente leído”, pero Keynes expresaba su decepción porque el libro no fuera ni “constructivo” ni “original” (Keynes 1914). Esta reacción brusca acabó con cualquier interés por el libro de Mises en Gran Bretaña y El dinero y el crédito no se tradujo durante dos funestas décadas.

Lo peculiar de la crítica de Keynes es que el libro  era muy constructivo y sistemático, así como notablemente original. ¿Cómo podría no haberlo apreciado Keynes? Este enigma se aclaró una década y media después cuando en una nota propia a pie de página de su propio Tratado del dinero, Keynes admitía traviesamente que “en alemán, solo puedo entender claramente lo que ya sé, así que las nuevas ideas tienden a velárseme por las dificultades de la lengua” (Keynes 1930a: I, p. 199 n.2). Qué desfachatez sin límites. Era Keynes hasta la médula: revisar un libro en un lenguaje en que era incapaz de entender las nuevas ideas y luego atacar ese libro por no contener nada nuevo, es el colmo de la arrogancia y la irresponsabilidad.#

Otro aspecto de la presunción arrogante de Keynes era su convicción de que mucho de lo que hacía era original y revolucionario. Su carta a G.B. Shaw en 1935 es bien conocida: “Creo estar escribiendo un libro sobre teoría económica que revolucionara grandemente (…) la forma en que el mundo piensa acerca de los problemas económicos. (…) Por mi parte, no solo tengo esperanza en lo que digo, en mi mente estoy bastante seguro” (Hession 1984: p. 279). Pero esta creencia en su jactancia no se limitaba a La teoría general.

Bernard Corry apunta que “Desde casi el principio de de su obra económica, afirmó estar revolucionando la materia”. Tan imbuido estaba Keynes de fe en su propia creatividad que incluso proclamaba su originalidad en un escrito sobre ciclos económicos que se basaba en el Estudio de las fluctuaciones industriales, de D.H. Robertson, poco después de que el libro se publicara en 1913. Corry enlaza esta actitud con el insistente énfasis de del Grupo de Bloomsbury en la “originalidad” (que, por supuesto, significaba principalmente la suya). La originalidad, apunta, era “una de las fijaciones del Grupo de Bloomsbury” (Crabtree y Thirlwall 1980: pp. 96-97; Corry 1986: pp. 214-215, 1978: pp. 3-34).

A Keynes le ayudó mucho en sus afirmaciones de originalidad la tradición de economía que Marshall había establecido en Cambridge. Como alumno de Marshall y joven profesor de Cambridge bajo los auspicios de Marshall, Keynes absorbió fácilmente la tradición marshalliana.

No era que el propio Marshall proclamara una brillante originalidad, aunque sí proclamó invenciones independientes sobre utilidad marginal y era reservado, celoso de alumnos que pudieran robar sus ideas. Marshall desarrolló la estrategia de mantener un mundo marshalliano herméticamente cerrado en Cambridge (y por tanto en la economía británica en general). Creo el mito de que en su obra maestra, los Principios de economía, había construido una síntesis superior de todas las teorías previamente en competencia y lucha (reductivismo e inductivismo, teoría e historia, utilidad marginal y coste real, corto y largo plazo, Ricardo y Jevons).#

Como impulsó con éxito este mito, engendró así la opinión universal de que “todo está en Marshall”, que, después de todo, no había necesidad de leer a nadie más. Pues si Marshall había armonizado todas las opiniones de un bando y una perspectiva, ya no había razón, salvo la arqueológica, para preocuparse por leerlas. En consecuencia, el economista modelo de Cambridge solo leía a Marshall. Desarrollando y elaborando las frases o pasajes crípticos del Gran Libro. El propio Marshall empleó el resto de su vida reelaborando y desarrollando El Texto, publicando no menos de ocho ediciones de los Principios en 1920.

Para el resto, estaba la legendaria “tradición oral” de Cambridge, en la que los alumnos y discípulos de Marshall estaban encantados de oír y transmitir las palabras del “Gran Hombre”, así como leer sus más mínimos escritos seminales en manuscritos o lecturas en comisión, pues Marshall mantuvo la mayoría de sus escritos más breves sin publicar hasta casi el final de su vida. Así, los marshallianos de Cambridge podían portar el aura de una casta sacerdotal, de los únicos con conocimiento de los misterios de los escritos sagrados negados a los hombres menores.

El mundo herméticamente cerrado del Cambridge marshalliano pronto dominó Gran Bretaña; había pocos aspirantes en ese país. La dominación se vio acelerada por el papel único de Cambridge y Oxford en la vida social e intelectual británica, especialmente en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Desde los tiempos de Adam Smith, David Ricardo y J.S. Mill, Gran Bretaña ha dominado la teoría económica en todo el mundo, así que Marshall y su secta asumieron la hegemonía no solo de la economía de Cambridge, sino del mundo (ver Crabtree 1980: pp. 101-105).#

“El estafador”

El joven Keynes no mostró ningún interés por la economía: su interés principal era la filosofía. De hecho consiguió graduarse en Cambridge sin realizar ningún curso de economía. No solo nunca se graduó en la materia, sino que el único curso de economía que recibió Keynes fue un curso de posgrado bajo Alfred Marshall.

Sin embargo encontró atractiva la explicación de la economía, porque apelaba tanto a sus intereses teóricos como a su ansia de causar una gran sensación en el mundo real de la acción. En otoño de 1905, escribió a Strachey: “Encuentro la economía cada vez más satisfactoria y pienso que soy bastante bueno en ella. Quiero dirigir un ferrocarril u organizar una fundación o al menos estafar a los inversores” (Harrod 1951: p. 111).#

En realidad Keynes había empezado su carrera de inversor y especulador que duraría toda su vida. Aún así Harrod se siente obligado a negar vigorosamente que Keynes hubiese empezado a especular antes de 1919.

Afirmando que Keynes antes “no tenía capital”, Harrod explicaba la razón de su insistencia en una crítica de un libro seis años después de la publicación de su biografía: “Es importante que esto se entienda claramente, ya que hay muchos malpensados (…) que afirman que aprovechó información interna cuando estaba en el Tesoro (1915-junio de 1919) para fin de realizar especulaciones con éxito” (Harrod 1957). En una carta a Clive Bell, autor del libro sujeto a crítica y antiguo bloomsburita y amigo de Keynes, Harrod incidía más en ello: “Es importante por las terribles historias, que están muy extendidas (…) acerca de que hizo dinero de forma poco honrada aprovechándose de su cargo en el Tesoro” (ibíd.; cf. Skidelsky 1983: pp. 286-288).

A pesar de la insistencia de Harrod en lo contrario, en realidad Keynes había creado su propio “fondo especial” y empezado a hacer inversiones en julio de 1905. En 1914 Keynes estaba especulando con fuerrza en la bolsa y en 1920 había acumulado 16.000₤, que equivaldrían a 200.000₤ actuales. La mitad de sus inversiones se hicieron con dinero prestado.

No está claro si su fondo se uso para inversiones o para fines más especulativos, pero sí sabemos que su capital se había multiplicado por más de tres. Sigue sin probarse que Keynes utilizara información interna del Tesoro para tomar esas decisiones de inversión, aunque indudablemente permanece la sospecha (Skidelsky 1983: pp. 286-288).

Aunque no podamos probar la acusación de estafa contra Keynes, debemos considerar su comportamiento a la luz de su dura condena de los mercados financieros como “casinos de juego” en La teoría general. Parece por tanto probable que Keynes creyera que con su éxito con la especulación financiera había estafado a la gente, aunque no hay razón para pensar que pudiera haberlo lamentado. Sin embargo sí se daba cuenta de que su padre desaprobaría su actividad.#

Keynes y la India

En Eton. El joven Keynes (con 17-18 años) fue testigo de una ola de sentimiento antiimperialista al iniciarse la guerra británica contra los bóers en Sudáfrica. Aún así nunca se vio influido por ese sentimiento. Como apunta Skidelsky: “A lo largo de su vida asumía el Imperio como un hecho de la vida y nunca mostró el más mínimo interés por descartarlo. (…) Nunca se desvió mucho de la opinión de que, teniendo todo en cuenta, sería mejor tener a ingleses gobernando el mundo que a extranjeros” (Skidelsky 1983: p. 91).

A finales de 1905, a pesar de los ruegos de Marshall, Kaynes abandonó sus estudios de economía después de primer curso de posgrado y al año siguiente realiza los exámenes del Servicio Civil, obteniendo una plaza en la Oficina de la India. En la primavera de 1907, Keynes fue transferido del Departamento Militar al Departamento de Ingresos, Estadísticas y Comercio. Aunque iba a convertirse en un experto en asuntos indios, asumía alegremente que el gobierno británico no había de cuestionarse: Gran Bretaña simplemente diseminaba el buen gobierno en lugares que no podrían arreglárselas por sí solos.

“Maynard”, apunta Skidelsky, “siempre vio el imperio británico desde Whitehall: nunca consideró las implicaciones humanas y morales del gobierno imperial o si los británicos estaban explotando a los indios”. Además, siguiendo la gran tradición imperialista de los Mills y Thomas Macaulay en la Inglaterra del siglo XIX, Keynes nunca sintió la necesidad de viajar a la India, aprender lenguas indias o leer cualquier libro sobre el área excepto los relacionados con las finanzas (ibíd.: p. 176).

A pesar de su ascenso a los niveles altos del Servicio Civil, Keynes se cansó pronto de la sinecura y trató de volver a Cambridge a través de un cargo de profesor. Finalmente en la primavera de 1908 Marshall escribió a Keynes, ofreciéndole una plaza de profesor de economía. Aunque Marshall estaba a punto de retirarse, convenció fácilmente a su amigo, alumno favorito y designado sucesor, Arthur C. Pigou de seguir la práctica de Marshall de pagar por la enseñanza de su propio salario; Neville Keynes se ofreció a su vez a igualar el estipendio.

En 1908 Keynes adoptó alegremente el estrecho papel de profesor de economía marshalliana en su antigua escuela, el King’s College de Cambridge. Pero empleó la mayoría de su tiempo y energías como atareado hombre de negocios en Londres (Corry 1978: p. 5). Una de sus funciones era ser un consejero informal pero valorado de la Oficina de la India: de hecho su asociación con la oficina realmente se expandió después de 1908 (Keynes 1971: p. 17). En consecuencia, desempeñó un papel importante en asuntos monetarios indios, escribiendo su primer artículo importante sobre la India para el Economic Journal en 1909; escribiendo influyentes memorandos de los que se desarrolló su primer libro, la breve monografía Indian Currency and Finance en 1913 y desempeñando un papel influyente en la Comisión Real sobre las finanzas y moneda de la India, para cuyo ilustre cargo fue nombrado antes de tener 30 años.

El papel de Keynes en las finanzas indias no solo fue importante sino pernicioso en último término, presagiando su posterior papel en las finanzas internacionales. Tras convertir a la India de un patrón plata a un patrón oro en 1892, el gobierno había caído en un patrón cambio-oro, en lugar del patrón moneda-oro completo que habían marcado Gran Bretaña y las otras principales naciones occidentales. El oro no se acuñaba como moneda o estaba disponible en la India y las reservas indias de oro para rupias se mantenían como apuntes en libras esterlinas en Londres en lugar de en oro real.

Para la mayoría de los funcionarios, esta disposición era solo una medida a medio camino hacia un ulterior patrón oro completo, pero Keynes alabó el nuevo patrón cambio-oro como progresista, científico y en la dirección hacia una divisa ideal. Haciéndose eco de opiniones inflacionistas de siglos, opinaba que la moneda de oro “desperdiciaba” recursos, que podrían “economizarse” con papel y dinero extranjero.

Sin embargo lo esencial es que un falso patrón oro, como debe ser un patrón cambio-oro, da muchas más posibilidades de una gestión e inflación monetaria a los gobiernos centrales. Quita el poder a la gente sobre el dinero y entrega dicho poder al gobierno. Keynes alababa el patrón oro por permitir una mucho mayor “elasticidad” (una palabra codificada para la inflación monetaria) del dinero en respuesta a la demanda. Además, alabó en 1903 concretamente el informe de una comisión del gobierno de EEUU que defendía un patrón cambio-oro en China y otros países con plata del Tercer Mundo, una maniobra de economistas y políticos progresistas para incluir a esas naciones en un bloque del dólar oro dominado y dirigido por EEUU (Keynes 1971: pp. 60-85; ver también Parrini y Sklar 1983; Rosenberg 1985).

De hecho Keynes anhelaba explícitamente que llegara un tiempo en que el patrón oro desaparecería completamente, para ser reemplazado por un sistema más “científico” basado en una pocas divisas claves en papel moneda. “La preferencia por una moneda de reserva tangible”, opinaba Keynes, es “una reliquia de un tiempo en que los gobiernos eran menos fiables en esos asuntos de lo que lo son ahora” (1971: p. 51). Aquí está el anticipo del famoso rechazo de Keynes por el oro como una “reliquia bárbara”. Más en general, las primeras opiniones monetarias de Keynes presagiaban el desastroso patrón cambio-oro diseñado por Gran Bretaña durante la década de 1920, así como el profundamente defectuoso plan de Bretton Woods de un dólar-oro dirigido impuesto por Estados Unidos (con la ayuda de Gran Bretaña y Lord Keynes) al final de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo el economista de Cambridge no se contentaba con defender el status quo del cambio-oro en la India. Creyendo que la marcha hacia una inflación controlada no se producía suficientemente rápido, pedía la creación de un banco central (o “banco del Estado”) para la India, permitiendo así la centralización de las reservas, mucha más elasticidad monetaria y mucha más expansión monetaria e inflación. Aunque fue incapaz de convencer a la Comisión Real de que se posicionara en apoyo de un banco central, fue muy influyente en su informe final.

El informe incluía su opinión sobre el banco central en un apéndice y Keynes también lideraba el duro interrogatorio de los testimonios a favor del patrón oro y contra el banco central. Una interesante nota a pie de página en el asunto fue la reacción al apéndice de Keynes sobre banca central por parte de su antiguo profesor, Alfred Marshall. Marshall escribió a Keynes que estaba “embelesado por él como prodigio de trabajo constructivo” (ibíd.: p. 268).

A Keynes generalmente le gustaba abordar la teoría económica para resolver problemas prácticos. Su motivo principal para ocuparse de la cuestión de la moneda india era defender la obra de su primer y más importante padrino político, Edwin Samuel Montagu, de las influyentes familias Montagi y Samuel de la banca internacional londinense. Montagu había sido presidente de la Cambridge Union, la sociedad universitaria de debate, cuando Keynes era universitario y Keynes se convirtió en uno de sus favoritos. En las elecciones generales de 1906, Keynes hizo campaña para la exitosa campaña de Montagu por un escaño parlamentario como liberal.

A finales de 1912, cuando Montagu era Subsecretario de Estado para la India, se produjo un escándalo en las finanzas indias. El gobierno indio, del que Montagu era el segundo al mando, hay contratado secretamente con la empresa bancaria Samuel Montagu and Company una compra de plata. Resultó que había una gran carga de nepotismo en este contrato. Lord Swaythling, un socio importante en la empresa, era el padre del subsecretario Edwin S. Montagu; otro socio, Sir Stuart Samuel, era el hermano de Herbert Samuel, director general de correos del gobierno Asquith (ver Skidelsky 1983: p. 273).

Vendiendo la Teoría General

La teoría general fue, al menos a corto plazo uno de los libros de éxito más deslumbrante de todos los tiempos. En unos pocos años, su “revolucionaria” teoría había conquistado a la profesión económica, mientras que la economía pasada de moda se mandaba, sin honores ni loas, al basurero de la historia.

¿Cómo se logró esto? Keynes y sus seguidores dirían, por supuesto, que la profesión simplemente aceptó una verdad sencillamente evidente. Y aún así La teoría general no era verdaderamente revolucionaria en absoluto sino sencillamente falacias mercantilistas e inflacionistas viejas y a menudo refutadas vestidas con brillantes nuevos ropajes, llena de jerga recién inventada y en buena parte incomprensible. Entonces ¿cómo tuvo este éxito?

Parte de la razón, como ha apuntado Schumpeter, es que los gobiernos, así como el clima intelectual de la década de 1930 estaban maduros para esta conversión. Los gobiernos siempre buscan nuevas fuentes de ingresos y nuevas formas de gastar dinero, a menudo no sin desesperación; y aún así la ciencia económica, durante más de un siglo había advertido agriamente contra la inflación y el gasto en déficit, incluso en tiempos de recesión.

Los economistas (a quienes Keynes iba a englobar en una categoría y considerar desdeñosamente como “clásicos” en La teoría general) eran los gruñones de la fiesta, echando sombras a los intentos del gobierno de aumentar su gasto. Ahora venía Keynes, con su moderna economía “científica” diciendo que los antiguos economistas “clásicos” estaban completamente equivocados: que por el contrario, la tarea moral y científica del gobierno era gastar, gastar y gastar, incurrir en déficit sobre déficit para salvar a la economía de vicios como el ahorro y los presupuestos equilibrados y el capitalismo desbocado y generar recuperación de la depresión. ¡Qué bienvenida fue la economía keynesiana por todos los gobiernos del mundo!

Además, los intelectuales en todo el mundo estaban siendo convencidos de que el capitalismo del laissez faire no podía funcionar y de que era responsable de la Gran depresión. El comunismo, el fascismo y las distintas formas de socialismo y economía controlada se hicieron populares por esa razón durante la década de 1930. El keynesianismo se ajustaba perfectamente a este clima intelectual.

Pero había también fuertes razones internas para el éxito de La teoría general. Al vestir su nueva teoría con una jerga impenetrable, Keynes creaba una atmósfera en la que solo los valientes economistas jóvenes podrían entenderla nueva ciencia: ningún economista de más de treinta años podía entender la Nueva Economía. Los economistas mayores, que comprensiblemente no tenían paciencia para las nuevas complejidades, tendían a rechazar La teoría general como algo sin sentido y rechazaban ocuparse de la obra formidablemente incomprensible. Por otro lado, los jóvenes economistas y universitarios, inclinados al socialismo, aprovechaban las nuevas oportunidades y se entregaban a la provechosa tarea de averiguar de qué iba La teoría general.

Paul Samuelson ha escrito acerca de la alegría de tener menos de 30 años cuando se publicó La teoría general en 1936, exultando, con Wordswoth, “La dicha estaba en estar vivo en ese amanecer, pero ser joven era el mismo cielo”. Aún así, este mismo Samuelson que aceptaba entusiastamente la nueva revelación también admitía que La teoría general “es un libro mal escrito, mal organizado. (…) Abunda en embrollos de confusiones. (…) Pienso que no digo nada secreto cuando afirmo solemnemente (a partir de la base los comentarios recogidos personalmente) que nadie más en Cambridge, Massachusetts, realmente sabía de qué iba durante doce o dieciocho meses tras la publicación” (Samuelson [1946] 1948: p. 145; Hodge 1986: pp. 21-22).

Debe recordarse que la ahora familiar cruz keynesiana, los diagramas de IS-LM y el sistema de ecuaciones no estaban disponibles para quienes trataban desesperadamente comprender La teoría general cuando se publicó el libro: de hecho llevó de 10 a 15 años de incontables horas de trabajo humano comprender el sistema keynesiano. A menudo, como en el caso tanto de Ricardo como de Keynes, cuanto más oscuro es el contenido, más éxito tiene el libro, ya que los jóvenes investigadores acuden en masa a él, convirtiéndose en acólitos.

También fue importante para el éxito de La teoría general el hecho de que, igual que una gran guerra crea muchos generales, lo mismo hizo la revolución keynesiana y su ruda eliminación de la anterior generación de economistas creó un gran número de vacantes para jóvenes keynesianos tanto en la profesión como en el gobierno.

Otro factor esencial en el repentino y abrumador éxito de La teoría general fue su origen en la universidad más cerrada del centro nacional económico más dominante en el mundo. Durante un siglo y medio, Gran Bretaña se había arrogado el papel dominante en economía, con Smith, Ricardo y Mill engrandeciendo esta tradición. Hemos visto cómo Marshall estableció su dominio en Cambridge y que la economía que desarrolló fue esencialmente una vuelta a la tradición clásica de Ricardo/Mill.

Como ilustre economista de Cambridge y alumno de Marshall, Keynes tenía una ventaja importante para potenciar el éxito de la ideas de La teoría general. Podemos decir con seguridad que si Keynes hubiera sido un oscuro profesor de economía en una universidad pequeña del Medio Oeste de Estados Unidos, su obra, en el improbable caso de que hubiera encontrado editor, habría sido totalmente ignorada.

En esos días antes de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña, no Estados Unidos era el más prestigioso centro mundial de pensamiento económico. Aunque la economía austriaca había florecido en Estados Unidos antes de la Primera Guerra Mundial (con las obras de David Green, Frank A. Fetter y Herbert J. Davenport), la década de 1920 y principios de la de 1930 fue en buena medida un periodo estéril para la teoría económica. Los institucionalistas antiteóricos dominaron la economía estadounidense durante este periodo, dejando un vacío que fue fácil llenar a Keynes.

También importante para su éxito fue la tremenda talla  de Keynes como intelectual y líder político-económico en Gran Bretaña, incluyendo su importante papel como participante, y luego severo crítico del tratado de Versalles. Como miembro de Bloomsbury, era asimismo importante en los círculos culturales y artísticos británicos.

Además, debemos darnos cuenta de que en los días previos a la Segunda Guerra Mundial solo una pequeña minoría en cada país iba a la universidad y que el número de universidades era al tiempo pequeño y concentrado geográficamente en Gran Bretaña- En consecuencia, había pocos economistas o profesores de economía británicos y todos se conocían entre sí. Esto creaba un amplio espacio para que la personalidad y el carisma ayudaran a convertir a la profesión a la doctrina keynesiana.

La importancia de esos factores externos como el carisma personal, la política y el oportunismo en la carrera fueron particularmente fuertes entre los discípulos de F.A. Hayek en la London School of Economics. Durante los principios de la década de 1930, Hayek en la LSE y Keynes en Cambridge fueron las antípodas en la economía británica, con hayek convirtiendo a muchos de los principales economistas jóvenes británicos a la teoría austriaca (es decir, misesiana) monetaria, del capital y del ciclo económico.

Además, Hayek, en una serie de artículos, había demolido brillantemente el trabajo previo de Keynes, su obra en dos volúmenes Tratado del dinero, y muchas de las falacias que exponía Hayek se aplicaban igualmente bien a La teoría general (ver Hayek, 1931a, 1931b, 1932). Por tanto, para los alumnos y seguidores de Hayek debe decirse que lo sabían bien. En el ámbito de la teoría, ya habían sido inmunizados contra La teoría general. Y aún así, a finales de la década de 1930, todos los seguidores de Hayek se habían pasado al bando keynesiano, incluyendo a Lionel Robbins, John R. Hicks, Abba P. Lerner, Nicholas Kaldor, G.L.S. Shackle y Kenneth E. Boulding.

Tal vez la conversión más asombrosa fuera la de Lionel Robbins: Solo Robbins se había convertido a la metodología misesiana al tiempo que a la teoría monetaria y del ciclo económico, sino que asimismo había sido un activista radical pro-austriaco. Converso desde su asistencia al privatseminar de Mises en Viena en la década de 1920, Robbins, altamente influyente en el departamento de economía de la LSE había tenido éxito en traer a Hayek a la LSE en 1931 y en traducir y publicar las obras de Hayek y Mises.

A pesar de ser un crítico desde hacía mucho tiempo de la doctrina keynesiana antes de La teoría general, la conversión de Robbins al keynesianismo aparentemente se fraguó cuando trabajó como colega de Keynes en la planificación económica en tiempo de guerra. Hay en el diario de Robbins una nota decidida de éxtasis que tal vez contribuyera a su asombrosa humillación al repudiar su obra misesiana, La Gran Depresión (1934).

El repudio de Robbins se publicó en su Autobiografía de 1971: “siempre consideraré este aspecto de mi disputa con Keynes como el mayor error de mi carrera profesional y el libro que escribí como consecuencia, La Gran Depresión, en parte como justificación de esta actitud, como algo que desearía que se olvidara”. (Robbins 1971: p. 154). Las anotaciones en el diario de Robbins sobre Keynes durante la Segunda Guerra Mundial solo pueden considerarse una visión personal absurdamente entusiasta. Aquí está Robbins en una conferencia preparatoria previa a Bretton Woods en Atlantic City en 1944:

Keynes estaba en su modo más lúcido y persuasivo: y el efecto era irresistible (…). Keynes debe ser uno de los hombres más notables que haya vivido nunca: la rápida lógica, la amplia visión, sobre todo la incomparable sensación del ajuste de las palabras, todo se combina para hacer algo varios grados más allá del límite de los logros humanos ordinarios. (Ibíd.: p. 193).

Solo Churchill, continúa diciendo Robbins, es de una estatura comparable. Pero Keynes es mayor, pues él

utiliza el estilo clásico de nuestra vida y lenguaje, es cierto, pero se ve atravesado por algo que no es tradicional, una cualidad única no terrenal de la que uno solo puede decir que es puro genio. Los estadounidenses se sentaban en trance mientras el visitante, como un dios, cantaba y la luz dorada le rodeaba. (Ibíd.: p. 208-212 cf. Hession 1984: p. 342).

Este tipo de adulación solo puede significar que Keynes poseía algún tipo de fuerte magnetismo personal al que era susceptible Robbins.#

Esencial en la estrategia de Keynes de engañar con La teoría general había dos afirmaciones: primero, que estaba revolucionando la teoría económica, y segundo, que era el primer economista (aparte de unos pocos personajes “subterráneos”, como Silvio Gesell) que se concentraba en el problema del desempleo. Todos los economistas anteriores, a los que despreciaba conjuntamente como “clásicos”, decía, suponían un pleno empleo e insistían en que le dinero no era sino un “velo” para los procesos reales y por tanto no era una presencia perturbadora en la economía.

Uno de los conceptos más desafortunados de Keynes fue su errónea interpretación de la historia del pensamiento económico, ya que su devota legión de seguidores aceptó las erróneas opiniones de Keynes en La teoría general como la última palabra sobre el asunto. Algunos de los errores altamente influyentes de Keynes pueden atribuirse a la ignorancia, ya que tuvo poca formación en la materia y principalmente leía obras de sus colegas de Cambridge. Por ejemplo, es un burdamente distorsionado resumen de la ley de Say (“la oferta crea su propia demanda”), crea un hombre de paja y procede a demolerlo con facilidad (1936: p. 18).

Esta reescritura errónea y engañosa de la ley de Say fue posteriormente repetida (sin citar a Say o a cualquiera de los demás defensores de la ley) por Joseph Schumpeter, Mark Blaug, Axel Leijonhufvud, Thomas Sowell y otros. Una mejor formulación de la ley es que la oferta de un bien constituye demanda de uno o más de otros bienes (ver Hutt 1974: p. 3).

Pero no puede alegarse ignorancia en la afirmación de Mises de que él era el primer economista en tratar de explicar el desempleo o superar la suposición de que el dinero es un mero velo que no ejerce ninguna influencia importante en el ciclo económico de la economía. Aquí debemos atribuir a Keynes una deliberada campaña de mendacidad y engaño, que hoy podría llamarse eufemísticamente como “desinformación”.

Keynes sabía muy bien de la existencia de las escuelas austriaca y de la LSE, que habían florecido en Londres ya en la década de 1920 y más evidentemente desde 1931- Él mismo había debatido con Hayek, el principal austriaco en la LSE, en las páginas de Economica, la revista de la LSE. Los austriacos en Londres atribuían el desempleo a gran escala a mantener los salarios por encima del nivel de mercado al combinar acción sindical y gubernamental (por ejemplo, con pagos de seguro de desempleo extraordinariamente generosos).

Las recesiones y ciclos económicos se atribuían a la expansión monetaria y del crédito bancario, alimentada por el banco central, que ponía los tipos de interés por debajo de los niveles de reales de preferencia temporal y creaban sobreinversión en bienes de capital de orden superior. Éstos tenían que liquidarse luego mediante una recesión, que a su vez se producirá cuando se detenga la expansión del crédito. Aunque no estuviera de acuerdo con este análisis, es inconcebible  que Keynes ignorara la misma existencia de esta escuela de pensamiento entonces prominente en Gran Bretaña, una escuela que nunca se hubiera construido ignorando el impacto de la expansión monetaria sobre el estado real de la economía.#

Con el fin de conquistar el mundo de la economía con su nueva teoría, era crítico para Keynes destruir a sus rivales dentro de la misma Cambridge. En su mente, quien controlaba Cambridge controlaba el mundo. Su rival más peligroso era el sucesor elegido de Marshall y antiguo profesor de Keynes, Arthur C. Pigou. Keynes empezó su campaña sistemática de destrucción contra Pigou cuando Pigou rechazó su posición previa en el Tratado del dinero, momento en que Keynes también rompió con su antiguo alumno e íntimo amigo Dennis H. Robertson, por rechazar alinearse contra Pigou.

El error más clamoroso de La teoría general y uno que sus discípulos aceptaron sin cuestionarlo, es la absurda explicación de la opinión de Pigou sobre el dinero y el desempleo en la identificación de Pigou como el principal economista “clásico” contemporáneo que supuestamente creía que siempre hay pleno empleo y que el dinero es meramente un velo que no causa disrupciones en la economía, ¡esto sobre un hombre que escribió Fluctuaciones industriales en 1927 y Teoría del desempleo en 1933, en las que explica extensamente el problema del desempleo! Además, en un libro posterior, Pigou repudia explícitamente la teoría del velo monetario y destaca la esencial centralidad del dinero en la actividad económica.

Así que Keynes arremetió contra Pigou supuestamente por sostener la “convicción (…) de que el dinero no supone ninguna diferencia real excepto friccionalmente y que la teoría del desempleo puede deducirse (…) como si se basara en intercambios ‘reales’”. Todo un apéndice al capítulo 19 de La teoría general está dedicado a atacar a Pigou, incluyendo la afirmación de que escribía solo en términos de intercambios y salarios reales, no salarios monetarios y en que solo asumía niveles salariales flexibles (Keynes 1936: pp. 19-20, pp. 272-279).

Pero, como apunta Andrew Rutten, Pigou realizó un análisis “real” solo en la primera parte de su libro: en la segunda parte, no solo introducía el dinero sino que apuntaba que cualquier abstracción del dinero distorsiona el análisis y que el dinero es crucial para cualquier análisis del sistema de intercambio. El dinero, dice, no puede abstraerse ni actuar de manera neutral, así que “la tarea de esta parte debe ser determinar de qué forma el factor monetario hace que la cantidad media y la fluctuación en el empleo sean distintos de los que habrían sido en otro caso”.

Por tanto, añadía Pigou, “es ilegítimo abstraerse del dinero [y] dejar todo lo demás igual. La abstracción propuesta es del mismo tipo que supondría pensar quitando el oxígeno de la tierra  y suponer que la vida humana continúa existiendo” (Pigou 1933: pp. 185, 212).# Pigou analizaba extensamente la interacción de la expansión monetaria y los tipos de interés junto con los cambios en las expectativas y explicaba explícitamente el problema de los salarios monetarios y los precios y salarios “rígidos”.

Así que está claro que Keynes tergiversó seriamente la postura de Pigou y que esta tergiversación era deliberada, ya que si Keynes había leído cuidadosamente a algunos economistas, sin duda leyó a los más importantes de Cambridge, como era Pigou. Aún así, como escribe Rutten, “Estas conclusiones no deberían ser una sorpresa, ya que hay bastantes evidencias de que Keynes y sus seguidores tergiversaron a sus predecesores” (Rutten 1989: p. 14). El hecho de que Keynes se dedicara a un engaño sistemático y de que sus sucesores continuaran repitiendo el cuento de hadas acerca del ciego “clasicismo” de Pigou muestra que hay una razón más profunda para la popularidad de su leyenda en círculos keynesianos. Como escribe Rutten:

Hay una posible explicación de la repetición del cuento de Keynes y los clásicos. (…) Es que el cuento habitual es popular porque ofrece simultáneamente una explicación y una justificación del éxito de Keynes: sin la Teoría General seguiríamos estando en la edad oscura de la economía. En otras palabras, el cuento de Keynes y los Clásicos es una evidencia para la Teoría General. De hecho su uso sugiere que puede ser la evidencia más convincente disponible. En este caso, la prueba de que Pigou no sostenía la postura a él atribuida es (…) una evidencia contra Keynes. (…) [Esta conclusión] genera la seria pregunta del estado metodológico de una teoría que de basa tan fuertemente en una evidencia falsificada. (ibíd.: p. 15).

En su crítica de La teoría general, Pigou fue adecuadamente desdeñoso acerca de la “macedonia de tergiversaciones” de Keynes y aún así fue tal el poder de esta marea de opinión (o del carisma de Keynes) que para 1950, tras la muerte de Keynes, Pigou había realizado el mismo tipo de abyecta retractación en la que se vio envuelto Lionel Robbins, a quien Keynes había intentado por mucho tiempo hacer que luchara a su favor. (Pigou 1950; Johnson y Johnson 1978: p. 179; Corry 1978: p. 11-12).

Pero Keynes empleó tácticas en la venta de La teoría general distintas de la confianza en su carisma y el engaño sistemático. Se ganó el favor de sus estudiantes alabándoles de forma extravagante y les colocó deliberadamente contra los no keynesianos en a facultad de Cambridge ridiculizando a sus colegas delante de sus estudiantes y animándoles a acosar a sus colegas de facultad. Por ejemplo, Keynes incitaba a sus alumnos con particular saña contra Dennis Robertson, su antiguo amigo.

Como Keynes sabía demasiado bien, Robertson era dolorosa y extraordinariamente tímido, hasta el punto de comunicare con su veterano y fiel secretario, cuya oficina estaba contigua a la suya, solo mediante memorandos escritos. Las lecciones de Robertson estaban completamente escritas por adelantado y a causa de su timidez rechazaba responder a cualquier pregunta o implicarse en cualquier discusión con sus estudiantes o sus colegas. Así que era una tortura especialmente diabólica para los discípulos radicales de Keynes, liderados por Joan Robinson y Richard Kahn, perseguir y burlarse de Robertson, acosándolo con preguntas maliciosas y retándolo a debatir (Johnson y Johnson 1978: p. 136 y ss.).

La economía política de Keynes

En La teoría general Keynes establecía una sociología político-económica , dividiendo a la población de cada país en varias clases económicas rígidamente separadas, cada una con sus propias leyes de comportamiento y características, cada una conllevando su propia evaluación moral. Primero está la masa de los consumidores: bobos, robóticos, con su comportamiento fijo y totalmente determinado por fuerzas externas. En expresión de Keynes, la fuerza principal es una proporción rígida de su renta real, a saber, su “función de consumo” determinada.

Segundo, hay un subgrupo de consumidores, un problema eterno para la humanidad: los insufribles ahorradores burgueses, quienes practican las sólidas virtudes puritanas  del ahorro y la previsión, a quienes Keynes, el aspirante a aristócrata, despreció toda su vida. Todos los economistas anteriores, incluyendo ciertamente a Smith, Ricardo y Marshall, habían alabado a los ahorradores por crear capital a largo plazo y por tanto ser responsables de las enormes mejoras a largo plazo en el nivel de vida de los consumidores. Pero Keynes, en juego de prestidigitación, negó el enlace evidente entre ahorro e inversión, afirmando por el contrario que ambos no tienen relación.

De hecho, escribió, los ahorros son una rémora para el sistema: “drenan” la corriente de gasto, causando así recesión y desempleo. Por tanto Keynes, como Mandeville a principios del siglo XVIII fue capaz de condenar el ahorro: por fin obtuvo su revancha de la burguesía.

Pero asimismo al separar los rendimientos de intereses del precio del tiempo o de la economía real y hacerlos solo un fenómeno monetario, Keynes podía defender, como eje de su programa político básico, la “eutanasia de la clase rentista”: es decir, la expansión del estado de la cantidad de dinero suficiente como para rebajar el tipo de interés hasta cero, acabando así por fin con los odiosos acreedores. Debería advertirse que Keynes no quería acabar con la inversión: por el contrario, mantenía que los ahorros y la inversión eran fenómenos separados. Así podía defender rebajar el tipo de interés a cero como medio para maximizar la inversión mientras que se minimizaba (si no se erradicaba) el ahorro.

Como afirmaba que el interés era puramente un fenómeno monetario, Keynes podía asimismo separar luego la existencia de un tipo de interés de la escasez de capital. De hecho, creía que el capital realmente no es escaso en absoluto. Así que Keynes declaraba que su sociedad preferida “significaría la eutanasia del rentista y consecuentemente la eutanasia de acumulativo poder opresivo del capitalista para explotar el valor de escasez del capital”.

Pero el capital no es realmente escaso: “El interés hoy no recompensa ningún sacrificio real, no más que la renta de la tierra. El propietario del capital puede obtener intereses porque el capital es escaso, igual que el propietario de la tierra puede obtener renta porque la tierra es escasa. Pero mientras que puede haber razones intrínsecas para la escasez de tierra, no hay razones intrínsecas para la escasez de capital”. Por tanto “podríamos apuntar en la práctica (…) a un aumento en el volumen de capital hasta que deje de ser escaso, de forma que el inversor sin funciones [el rentista] ya no reciba una prima”. Keynes dejaba claro que buscaba una aniquilación gradual del rentista “sin funciones”, en lugar de cualquier tipo de trastorno repentino (Keynes 1936: pp. 375-376; ver también Hazlitt [1959] 1973: pp. 379-384).#

Luego Keynes se ocupaba de la tercera clase económica, hacia la cual estaba algo mejor dispuesto: los inversores. En contraste con los pasivos y robóticos consumidores, los inversores no están determinados por una función matemática externa. Por el contrario, están llenos de libre voluntad y activo dinamismo. Tampoco son una mala rémora en la maquinaria económica, como son los ahorradores. Son importantes contribuidores al bienestar de todos.

En todo caso, aquí hay un problema. A pesar de ser dinámicos y estar llenos de libre voluntad, los inversores son criaturas erráticas con su propio humor y caprichos. En resumen, son productivos pero irracionales. Se ven condicionados por sus humores psicológicos y “espíritus animales”. Cuando los inversores se sienten animados y tienen altos sus espíritus animales, invierten mucho, pero demasiado; excesivamente optimistas, gastan demasiado y producen inflación. Pero Keynes, especialmente en La teoría general, no estaba realmente interesado en la inflación: le preocupaban el paro y la recesión, causados en su opinión descarnadamente superficial, por humores pesimistas, pérdida del espíritu animal y por tanto escasa inversión.

El sistema capitalista está, por tanto, en un estado de macroinestabilidad inherente. Tal vez la economía de mercado funciones suficientemente bien a nivel micro de oferta y demanda. Pero en el mundo macro, va a la deriva: no hay ningún mecanismo interno que evite que su gasto agregado sea o demasiado bajo o demasiado alto, por lo que causa recesión y desempleo o inflación.

Resulta interesante que Keynes llegara a esta interpretación del ciclo económico como buen marshalliano. Ricardo y sus seguidores de la Currency School creían correctamente que los ciclos económicos se generaban por expansiones y contracciones del crédito económico y la oferta monetaria, generados por un banco central, mientras que sus oponentes de la Banking School creían que las expansiones del dinero y el crédito bancario eran simplemente efectos pasivos de auges y declives y que la causa real de los ciclos económicos era la fluctuación en la especulación empresarial y las expectativas de beneficio, una explicación muy similar a la teoría posterior de Pigou de los cambios en el humor psicológico y el foco de Keynes en los espíritus animales.

John Stuart Mill había sido una fiel ricardiano excepto es esta área crucial. Siguiendo a su padre, Mill había adoptado la teoría causal de los ciclos económicos de la Banking School, que fue luego adoptada por Marshall (Trescott 1987; Penman 1989: pp. 88-89).

Para encontrar una salida, Keynes presentaba una cuarta clase de sociedad. Al contrario que los robóticos e ignorantes consumidores, este grupo se describe como lleno de libre voluntad, activismo y conocimiento de los asuntos económicos. Y al contrario que los desventurados inversores, no son gente irracional, sujetos a cambios de humor y espíritus animales: por el contrario son supremamente racionales, así como cultos, capaces de planificar lo que es mejor para la sociedad en el presente así como en el futuro.

Esta clase, esta deus ex machina externa al mercado es por supuesto el aparato del estado, encabezado por su élite gobernante natural y guiada por la versión moderna científica de los reyes filósofos platónicos. En resumen, los líderes del gobierno, guiados firme y sabiamente por economistas y científicos sociales keynesianos (naturalmente encabezados por el propio gran hombre), lo arreglarían todo. En la política y sociología de en La teoría general, todos los cabos de la vida y pensamiento de Keynes están fuertemente atados.

Y así el estado, liderado por sus mentores keynesianos gestiona la economía, controla a los consumidores ajustando impuestos y rebajando el tipo de interés a casi cero y, en particular, realizando “una especie de socialización omnicomprensiva de la inversión”. Keynes sostenía que esto no significaba un socialismo de estado total, apuntando que

no es la propiedad de los instrumentos de producción lo importante a asumir por el Estado. Si el Estado es capaz de determinar la cantidad agregada de recursos dedicados a aumentar los instrumentos y el tipo de remuneración básica para aquéllos que los posean, habrá realizado todo lo que es necesario. (Keynes 1936: p. 378).

Sí, dejemos que el estado controle completamente la inversión, su cantidad y tipo de retorno además del tipo de interés; luego Keynes permitiría a los individuos privados retener la propiedad formal de forma que, dentro de la matriz general de control y dominio del estado, podría seguir reteniendo “un amplio campo para el ejercicio de la iniciativa y la responsabilidad privadas”. Como dice Hazlitt:

La inversión es una decisión clave en la operación de cualquier sistema económico. Y la inversión pública es una forma de socialismo. Solo la confusión del pensamiento o una deliberada duplicidad negarían esto. Porque el socialismo, como les diría a los keynesianos cualquier diccionario, significa la propiedad y control de los medios de producción por parte del gobierno. Bajo el sistema propuesto por Keynes, el gobierno controlaría toda la inversión en los medios de producción y sería propietario de la parte que haya invertido directamente. Es en el mejor de los casos una mera confusión, por tanto, presentar los métodos keynesianos como una alternativa de libre empresa o “individualista” al socialismo. (Hazlitt [1959] 1973: p. 388; cf. Brunner 1987: pp. 30, 38).

Hubo un sistema que se hizo preeminente y estuvo de moda en Europa durante las décadas de 1920 y 1930 que estaba precisamente marcado por esta característica keynesiana deseada: propiedad privada, sujeta a control y planificación omnicomprensivos del gobierno. Era, por supuesto, el fascismo.

¿Dónde se situaba Keynes respecto del fascismo abierto? A partir de la dispersa información ahora disponible, no debería sorprender que Keynes fuera un entusiasta defensor del “espíritu de empresa” de Sir Oswald Mosley, fundador y líder del fascismo británico, al pedir un “plan económico nacional” omnicomprensivo a finales de la década de 1930. En 1933 Virginia Woolf escribía a un amigo íntimo que temía que Keynes se estuviera convirtiendo a “una forma de fascismo”. El mismo año, al pedir una autosuficiencia nacional a través del control del estado, Keynes opinaba que “tal vez a Mussolini le estén creciendo las muelas del juicio” (Keynes 1930b, 1933: p. 766; Johnson y Johnson 1978: p. 22; sobre la relación entre Keynes y Mosley, ver Skidelsky 1975: pp. 241, 305-306; Mosley 1968: pp. 178, 207, 237-238, 253; Cross 1963: pp. 35-36).

Pero la evidencia más convincente de la fuerte inclinación fascista de Keynes fue el prólogo especial que preparó para la edición alemana de La teoría general. Esta traducción alemana, publicada a finales de 1936, incluía un prólogo especial para los lectores alemanes de Keynes y el régimen nazi bajo el que se publicó. No es soprendente que la idólatra Vida de Keynes de Harrod no haga ninguna mención a este prólogo, aunque fue incluido dos décadas más tarde en el séptimo volumen de la Obras escogidas junto con sus prólogos a las ediciones japonesa y francesa.

El prólogo alemán, que apenas ha recibido comentarios extensos por parte de los exégetas keynesianos, incluye las siguientes declaraciones de Keynes: “En todo caso la teoría de la producción en su conjunto, que es lo que el siguiente libro pretende ofrecer, es mucho más fácil de adaptarse a las condiciones de un estado totalitario, que la teoría de la producción y distribución de una producción dada bajo condiciones de libre competencia y de laissez faire” (Keynes 1973 [1936]: p. xxvi. Cf. Martin 1971: pp. 200-205; Hazlitt [1959] 1973: p. 277; Brunner 1987: p. 38 y ss..; Hayek 1967: p. 346).

Respecto del comunismo, Keynes era menos entusiasta. Por un lado, admiraba a los jóvenes e intelectuales comunistas ingleses de finales de la década de 1930 porque le recordaban, por raro que parezca, a los “típicos caballeros ingleses inconformistas que (…) hicieron la reforma, lucharon en la gran rebelión, ganaron nuestras libertades civiles y religiosas y humanizaron a las clases trabajadoras en el último siglo”. Por otro lado, criticaba a los jóvenes comunistas de Cambridge por el reverso de la moneda de la reforma/la gran rebelión: eran puritanos. El antipuritanismo de toda la vida de Keynes aparecía en la pregunta. ¿Se desilusionaban los estudiantes de Cambridge cuando iban a Rusia y la “encontraban terriblemente incómoda? Por supuesto que no. Es lo que están buscando” (Hession 1984: p. 265).

Keynes rechazaba firmemente el comunismo tras su propia visita a Rusia en 1925. No le gustaron el terror y el exterminio masivos, causados en parte por la velocidad de la transformación revolucionaria y en parte, también, opinaba Keynes, por “cierta bestialidad en la naturaleza rusa, o en las naturalezas rusa y judía cuando, como ahora, se alían”. También tenía serías dudas de que “el comunismo ruso” fuera capaz de “hacer a los judíos menos avariciosos” (Keynes 1925: pp. 37, 15).

De hecho Keynes era antisemita desde hacía mucho.# En Eton, Maynard escribió un ensayo titulado “Las diferencias entre Oriente y Occidente” en el que condenaba a los judíos como gente oriental que, a causa de “instintos profundamente enraizados que son antagónicos y por tanto repulsivos para los europeos”, ya no podían ser asimilados por la civilización occidental como no puede forzarse a los gatos a amar a los perros (Skidelsky, 1986: p. 92). Más tarde, como funcionario británico en la conferencia de paz de París, Keynes escribió de su gran admiración por el brutal ataque antisemita Lloyd George sobre el ministro francés de finanzas, Louis-Lucien Klotz, que había tratado de exprimir a los derrotados alemanes para obtener más oro a cambio de aliviar el bloqueo aliado de alimentos.

Primero, aquí está la descripción de Klotz por Keynes: “Un judío, bajo, rechoncho y con gran bigote, bien vestido, bien conservado, pero con un ojos inquieto, errante y con sus hombros algo inclinados con un desprecio instintivo”. Luego Keynes describía el dramático momento:

Lloyd George siempre le había odiado y ahora mostraba en un santiamén que podía matarle. Hombres y mujeres se morían de hambre, gritaba, y aquí estaba M. Klotz haciendo el imbécil con su “ooro”. Se inclinó hacia delante y con un gesto de sus manos y mostró ante todos el gesto la imagen de un espantoso judío aferrando una bolsa de dinero. Sus ojos brillaban y las palabras salían sin contemplaciones tan violentas que casi parecían escupirle. El antisemitismo, no lejano bajo la superficie de una asamblea como ésa, estaba en los corazones de todos. Todos miraban a Klotz con un momentáneo desdén y odio: el pobre hombre se encorvaba en si asiento visiblemente atemorizado. Apenas sabíamos lo que estaba diciendo Lloyd George, pero las palabras “ooro” y Klotz se repetían y cada vez con un desdén exagerado.

En ese punto, Lloyd George llegó al clímax de su actuación: dirigiéndose al premier francés, Clemenceau, le advirtió que salvo que los franceses cesaran en sus tácticas obstruccionistas en contra de alimentar a los derrotados alemanes, tres nombres aparecerían en la historia como arquitectos del bolchevismo en Europa, Lenin y Trotsky y… como escribió Keynes, “El Primer Ministro se interrumpió. En toda la sala podíamos ver a todos sonriendo y susurrando a su vecino ‘Klotsky’” (Keynes 1949: p. 229; Skidelsky 1986: 360, 362).

Lo que pasa es que Keynes, a quien nunca antes le había gustado particularmente Lloyd Goerge, se vio convencido por esta muestra de salvaje pirotecnia antisemita de George. “Puede ser asombroso cuando se está de acuerdo con él”, declaraba Keynes. “Nunca había admirado más sus extraordinarios poderes” (1949: p. 225).#

Pero la principal razón del rechazo del comunismo de Keynes era simplemente que apenas podía identificarse con el mugriento proletariado. Como escribió Keynes tras su viaje a la Rusia soviética: “¿Cómo puedo adoptar un credo que, prefiriendo al barro al pez, exalta al zafio proletariado por encima de la burguesía y la intelectualidad que (…) son la calidad en la vida e indudablemente llevan las semillas de todos los progresos humanos?” (Hession 1984: p. 224).

Rechazando el socialismo proletario del Partido Laborista Británico, Keynes dijo algo descarnado similar: “Es una guerra de clases y la clase no es mi clase. (…) La guerra de clases me encontrará en el lado de la burguesía educada” (Brunner 1987: p. 28). John Maynard Keynes fue siempre un miembro de la aristocracia británica y no estaba dispuesto a olvidarlo.

Resumiendo

¿Fue Keynes, como mantuvo Hayek, un “estudioso brillante”? Difícilmente “estudioso”, ya que Keynes leyó poquísima literatura económica: era más un bucanero que tomaba un poco de conocimiento y lo usaba para imponer al mundo su personalidad y falsas ideas, con una actuación continuamente alimentada por una arrogancia al borde de la egolatría. Pero Keynes tuvo la fortuna de nacer dentro de la élite británica, ser educado dentro de los más altos círculos económicos (Eton/Cambridge/Apóstoles) y ser elegido especialmente por el poderoso Alfred Marshall.

Tampoco “brillante” es una palabra muy apropiada. Está claro que Keynes fue bastante brillante, pero sus cualidades más importantes fueron su arrogancia, su ilimitada autoconfianza y su ávida voluntad de poder, de dominación, de abrirse camino en las artes, las ciencias sociales y el mundo de la política.

Además, tampoco puede considerarse a Keynes como un “revolucionario” en ningún sentido real. Poseía la inteligencia táctica para disfrazar antiguas falacias estatistas e inflacionistas con jerga pseudocientífica moderna, haciendo que parecieran los últimos descubrimientos de la ciencia económica. Keynes era por tanto capaz de subirse a la ola del estatismo y el socialismo, de las economías gestionadas y planificadas. Keynes eliminó el antiguo papel de la teoría económica como aguafiestas para planes inflacionistas y estatistas, liderando una nueva generación de economistas hacia el poder académico y el dinero y los privilegios políticos.

Un término más apropiado para Keynes sería “carismático” (no en el sentido de conseguir la lealtad de millones, sino de ser capaz de embaucar y seducir a gente importante), de padrinos a políticos a estudiantes e incluso a economistas opositores. Un hombre que pensaba y actuaba en términos de poder y dominación brutal, que vilipendiaba el concepto de principio moral, que fue un enemigo eterno y declarado de la burguesía, los acreedores y de la clase media ahorradora, que fue un mentiroso sistemático, retorciendo la verdad para ajustarla a su planes, que fue un fascista y un antisemita, Keynes fue sin embargo capaz de convencer a oponentes y competidores.

A pesar de que animaba a sus estudiantes contra sus colegas, era capaz de engañar a esos mismos colegas para que se rindieran intelectualmente. Acosando y machacando injustamente a Pigou, Keynes fue aún así capaz al menos más allá de la tumba, de arrancar una abyecta retractación de su viejo colega. Igualmente inspiró a su antiguo enemigo Linel Robbins a alabarlo absurdamente en su diario acerca del halo dorado alrededor la cabeza “de dios” de Keynes. Fue capaz de convertir al keynesianismo a bastantes hayekianos y misesianos que deberían haber tenido más conocimiento (e indudablemente lo tenían): además de Abba Lerner, John Hicks, Kenneth Boulding, Nicholas Kaldor y G.L.S. Shackle en Iglaterra, estuvieron también Fritz Machlup y Gottfried Haberler de Viena, que recalaron en Johns Hopkins y Harvard, respectivamente.

De todos los misesianos de principios de la década de 1930, el único economista completamente libre de verse afectado por la doctrina y personalidad de Keynes fue el propio Mises. Y Mises, en Ginebra y luego durante años en Nueva York sin un puesto de profesor, fue eliminado de la escena académica influyente. A pesar de que Hayek se mantuvo antikeynesiano, también se vio afectado por el carisma de Keynes. A pesar de todo, Hayek estaba orgulloso de calificar a Keynes de amigo y de hecho promovió la leyenda de que Keynes, al final de su vida, iba a renegar de su propio keynesianismo.

La evidencia de la supuesta conversión en el último momento de Keynes es notablemente débil (basada en dos acontecimientos en los últimos años de la vida de Keynes). Primero, en junio de 1944, tras leer Camino de servidumbre, Keynes, entonces en el pináculo de su carrera como planificador del gobierno en tiempo de guerra mandó una nota a Hayek calificándolo como “un gran libro (…) moral y filosóficamente me veo de acuerdo con prácticamente todo él”. ¿Pero por qué debería esto interpretarse como algo más que una nota educada a un amigo informal con ocasión de su primer libro de éxito popular?

Además, Keynes dejó claro que, a pesar de sus amigables palabras, nunca aceptó la tesis esencial de la “ladera resbaladiza” de Hayek, es decir, que el estatismo y la planificación central llevaban directos al totalitarismo. Por el contrario, Keynes escribió que “una planificación moderada estará bien si los que la realizan están correctamente alineados en sus ideas y corazones con la parte moral”. Por supuesto, esta frase suena a cierta, pues Keynes siempre creyó que el nombramiento de hombres buenos, es decir, de sí mismo y los técnicos y estadistas de su clase social, era la única salvaguarda necesaria para controlar los poderes de los gobernantes (Wilson 1982: pp. 64 y ss.).

Hayek ofrece otra pequeña evidencia de la supuesta retractación de Keynes, que ocurrió durante su último encuentro con Keynes en 1946, el último año de la vida de éste. Hayek informa:

En un momento de la conversación le pregunté si estaba preocupado o no acerca de algo que estuvieran haciendo sus discípulos con sus teorías. Después de algún comentario de compromiso acerca de las personas afectadas, me aseguró: esas ideas no se necesitaban en el momento en que las emitió. Pero no tenía que alarmarme: si alguna vez se convertían en peligrosas, podía creerla en que volvería a hacer cambiar a la opinión pública, indicando con un rápido movimiento de su mano lo rápidamente que se haría. Pero tres meses después estaba muerto. (Hayek 1967b: p. 348).#

Aún así, esto difícilmente sería un Keynes al borde de la retractación. Más bien es un Keynes añejo, un hombre que siempre pone su ego soberano por encima de cualquier principio, por encima de cualquier mera idea, un hombre entusiasmado con el poder que tenía. Podía cambiar el mundo y haría, enderezarlo chasqueando los dedos, como presumía de hacerlo hecho en el pasado.

Además la declaración era también un Keynes añejo en términos de su opinión sostenida desde hacía tiempo de actuar adecuadamente según estuviera dentro o fuera del poder. En la década de 1930, eminente pero fuera del poder, podía hablar y actuar “un poco salvajemente”, pero ahora que disfrutaba de un ato cargo en el poder, era momento de rebajar el tono hasta la “licencia poética”. Joan Robinson y los demás marxistas keynesianos estaban cometiendo el error, desde el punto de vista de Keynes, de no subordinar sus ideas a los requisitos de su prodigiosa posición de poder.

Así que también Hayek, aunque nunca sucumbió a las ideas de Keynes, sí cayó bajo su carismática palabra. Además de crear la leyenda del cambio de opinión de Keynes, ¿por qué Hayek no demolió La teoría general igual que hizo con el Tratado del dinero de Keynes? Hayek admitió como un error estratégico que no se había preocupado de hacerlo porque era conocido que Keynes cambiaba de ideas, así que Hayek no pensó que La teoría general fuera a durar. Además, como han notado Matk Skousen en el capítulo 1 de este volumen, Hayek aparentemente se anduvo con miramientos en la década de 1940 para evitar interferir la financiación keynesiana británica del esfuerzo de guerra, sin duda un ejemplo desafortunado de la verdad sufriendo a manos de una supuesta eficacia política.

Los economistas posteriores continuaron labrando una línea revisionista, manteniendo absurdamente que Keynes fue sencillamente un pionero benigno de la teoría de la incertidumbre (Shackle y Lachmann) o que fue un profeta de la idea de que los costes de investigación eran muy importantes en el mercado laboral (Clower y Leijonhufvud). Nada de esto es cierto. Que Keynes fue un keynesiano (de ese muy ridiculizado sistema keynesiano ofrecido por Hicks, Hansen, Samuelson y Modigliani) es la única explicación que tiene algún sentido en la economía keynesiana.

Aún así Keynes fue mucho más que un keynesiano. Por encima de todo, fue la extraordinariamente perniciosa y maligna figura que hemos examinado en este capítulo: un Maquiavelo estatista encantador por hambriento de poder, que encarnó algunas de las tendencias e instituciones más malévolas del siglo XX.


Publicado el 18 de noviembre de 2009. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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La llama de la opresión – Jim Fedako

Cigar

La llama debe haber ardido sin brillo, pues ardió sin que nadie lo notara. Luego, sin avisar, brilló revelando la cara de un criminal. Llamé a mis hijos. “Vámonos a casa”, dije en voz baja. Nos fuimos del estacionamiento, ceños fruncidos camino de casa, mientras me daba la vuelta para fijarme en el coche solitario y su conductor.

La tarde había sido tranquila. Los chicos y yo jugábamos en el estacionamiento de la escuela primaria junto a nuestro jardín. Bicicletas, patinetes y RipStiks se movían alrededor haciendo giros y zumbando. Yo miraba a algún que otro coche entrar y salir.

Cerca de la caída de la tarde, hacia el final de nuestro rato de juego y casi sin que me diera cuenta, un coche entró lentamente en el estacionamiento y se detuvo en una plaza lejos de nosotros. No recuerdo echar un segundo vistazo al coche o a su conductor: continuamos como antes.

Sí, es verdad que de vez en cuando me llegaba el olor de algo extraño, pero pensaba que pasaría pronto. Luego, por el rabillo del ojo, vi el destello de una llama que ardía brillantemente, emanó algo de humo y luego se atenuó hasta un tenue naranja. Reaccioné. ¿Por qué?

Bueno, fumar está prohibido en la escuela. Eso significa que el conductor es un delincuente. Y soy un padre que no quiere que sus hijos estén cerca de delitos o delincuentes. Así que nos apresuramos a irnos a casa y estar seguros.

Oh, el absurdo

En qué mundo tan absurdo vivimos: un mundo en el que un padre disfrutando de un cigarro en una tarde cálida mientras espera a recoger a su hijo de una actividad extraescolar el culpable de un delito. El que no haya tenido conocimiento de la prohibición o no le importe, no lo sabré nunca. Pensé en indicarle la prohibición. Sin embargo, temí que tomara mi inicio de conversación (“¿Sabe que no está permitido fumar en la escuela?”) de mala manera y, en lugar de reconocer mi pregunta como una averiguación inicial de la ética del estado, me considerara un chivato y buscara refugio en una plaza de estacionamiento más lejana.

Así que miré y consideré.

Todos somos delincuentes. Hay alguna acción que cada uno hayamos realizados, estemos realizando, realizaremos o (lo más absurdo) no realizaremos que el estado ha señalado como un delito. Estás incluyen acciones que ninguna persona razonable consideraría delitos, como soplar un pito mientras se monta en bicicleta en Ohio.

En realidad, no consideraba al cigarro como una amenaza, ni realmente me fui con mis hijos a casa esa tarde. En su lugar. Nos quedamos en el estacionamiento y aproveché la oportunidad para explicar las acciones del estado, acciones que criminalizan todo tipo de comportamientos no agresivos.

Mis hijos me preguntaron: “¿Por qué prohibió fumar el distrito escolar?”

Respondí: “Porque pueden”.

La niñera bondadosa

Éste es un artículo acerca de la niñera bondadosa, bienintencionada y equivocada. Acerca de tipos que desean hacer algo bueno a través de la fuerza del estado, pero olvidan (o minimizan) la destrucción que dejan a su paso.

Hace años, estaba en el consejo de escuela (perdónenme) cuando se aprobó la prohibición de fumar.# Mi voto “no” se vio abrumadoramente superado por los deseos de niñera bondadosa de todos los demás miembros del consejo y administradores. De hecho, algunos de estos mismos tipos estaban pensando en prohibir las magdalenas de cumpleaños y obligar a realizar ejercicios en el pupitre.

En estas discusiones y debates, todos los argumentos del “bien público” (los sospechosos habituales) se realizaban sin ninguna sensación de hipocresía. No se producía ninguna sesión de trabajo del consejo o la administración sin la omnipresente pila de caramelos y chocolates. Sin embargo, la idea de magdalenas en el aula producía escalofríos a las niñeras que existen para dirigir tu  vida, pero nunca la suya.

El consejo no prohibió el azúcar (al menos, no por ahora), pero el resto de sus miembros en ese momento ni siquiera consideraron nada que pareciera defender el demonio del tabaco. Así que la prohibición se aprobó y el padre que fumaba un cigarro se convertía en delincuente.

Existimos para actuar

El hombre existe para actuar. Puede actuar de una forma que aumente o disminuya la libertad, pero debe actuar. Así que no debería sorprendernos que los agentes del bien (las niñeras bondadosas) quieran hacer algo que definen como “bueno”.

Sin embargo, la definición de “bueno” se ha convertido en algo tan corrompido que quienes buscan hacer el bien acaban creando un daño que ni siquiera reconocen.

Es un asunto de palabras y visión del mundo

Cuando se percibe a la libertad como mala y al control como bueno, las acciones que prohíben comportamientos no agresivos se consideran buenas. Así que la niñera bondadosa que propone y alienta una prohibición de la sal o la grasa es un héroe, mientras que a los pocos defensores de la libertad se las califica como anacrónicos e insensatos e indudablemente como no progresistas.

El objetivo (nuestro objetivo) es recuperar definiciones que han cambiado en sus cabezas. Necesitamos probar a nuestros vecinos que la libertad es buena y el control es malo. Y necesitamos trabajar para reorientar visiones del mundo.

Sabremos que el movimiento hacia un futuro oscuro de estatismo ha terminado cuando nuestros vecinos se alcen como una sola persona y declaren por primera vez en años: “No te atrevas a prohibirlo. Ni hoy ni mañana”.

Cuando se produzca este sencillo acto, nos dirigiremos en la dirección correcta.

Con esta visión reorientada del mundo, el hombre seguirá siendo capaz de existir a través de la acción. Y lo hará eliminando las barreras  de las interacciones sociales pacíficas erigidas por el estado. Entonces la niñera bondadosa será la que trabaje para abolir en lugar de aprobar y un padre será capaz de fumar tranquilamente su cigarro sin mantener un ojo en los chivatos y un oído en las sirenas.

 Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Consecuencias económicas del chavismo


Muralchavez

Venezuela tendría que ser un paraíso económico. A partir del 2003, una especie de maná petrolífero da la impresión de crear algo maravilloso. Pero la realidad ha sido muy otra. Como demuestra, por ejemplo, el mercado negro de divisas. Oficialmente, la cotización del bolívar es la misma que hace un año: 4,29 por dólar y 3,17 por euro. Sin embargo, y los datos aparecen publicados en la prensa, la cotización se coloca en torno a los 17 bolívares por dólar. Este convive con una inflación, en diciembre de 2012, del 21’0%, con lo que la especulación está servida. Los importadores falsifican parte de sus facturas para obtener más dólares, y que esa diferencia les sirva para operar en el mercado negro.

El Gobierno venezolano procura impulsar la economía a través de un notable incremento del gasto público. En el año 2012, según The Economist (26 de enero), el déficit presupuestario alcanzó el 15%; el objetivo es impulsar, a pesar de la inflación y la depreciación real del bolívar, la actividad económica. Por lo que hace a los artículos de primera necesidad sobre los que pesa un control de precios –harina, aceite y azúcar, según Fedecámaras, importante organización empresarial–, han desaparecido de las tiendas. Todo ello se entremezcla con un problema muy grave de corrupción. En la clasificación de Transparencia Internacional, Venezuela se encuentra en el puesto 165 (de 176), con una puntuación de 19 puntos (0 es la máxima corrupción y 100 la mayor limpieza), la misma que Haití, Chad y Burundi.

Ángel García, presidente de la empresa consultora Econométrica, declaró a Le Monde (31 de enero) que debido al déficit tan fuerte se ha logrado que el país “consuma e importe a manos llenas”; así, el montante total de las compras ha pasado de los 13.000 millones de dólares en 2003 a los más de 50.000 de hoy en día. “El consumo de los hogares nunca ha sido tan elevado”, sostiene García. Todo esto procede, básicamente, del petróleo; pero la producción petrolífera se estanca, las reservas internacionales disminuyen y Venezuela se endeuda aún más. De ahí que el 17 de enero la agencia Moody’s rebajara su calificación de los bonos del Estado venezolano.

Sea como fuere, de momento, el aumento del PIB es muy fuerte. En el cuarto trimestre de 2012 alcanzaba, en tasa anual, un 5’3%, aunque el Banco Mundial pronostica para el año 2013 sólo un 1’6%. Pero es posible que el “fenómeno muleta” sobre el que se apoya la economía, por otro lado muy coja, del país permita, como señala García, retrasar la puesta en orden, para no molestar a parte considerable de la población, en estos momentos políticamente muy delicados. Aunque, claro, este retraso haría aún más dura la caída.

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Un siglo misesiano – Llewellyn Rockwell

Lvm

En diciembre hará 100 años desde que el Congreso autorizó la creación del Sistema de la Reserva Federal. A lo largo de ese siglo, la Fed a disfrutado de apoyo bipartidista. Es otra forma de decir que la Fed nunca ha estado en el radar político hasta que Ron Paul rompió las reglas haciendo campaña real contra ella en 2007.

Se suponía que la Fed proporcionaría estabilidad al sector financiero y a la economía en su conjunto. Se supone que debemos creer que ha sido un éxito maravilloso. Una mirada a los titulares de los últimos cinco años muestra un veredicto poco amable sobre esta suposición pocas veces examinada.

El año pasado fuimos testigos de otro centenario importante: el centenario de la publicación del innovador libro de Ludwig von Mises, La teoría del dinero y del crédito, escrito cuando el gran economista tenía solo 31 años. Se estaba aproximando el fin de una era cuando este libro llegó al público. Un siglo de dinero fuerte, aunque con excepciones aquí y allá, se encaminaba a su fin. Había sido asimismo un siglo de paz, o al menos sin una guerra en todo un continente, desde el Congreso de Viena. Estas dos felices tendencias llegaron a un abrupto final por la misma razón: el estallido en 1914 de la Primera Guerra Mundial, el gran cataclismo de la civilización occidental.

Era como Mises tuviera un ojo en el pasado, hablando de los méritos de un sistema monetario que (aunque no era un laissez faire perfecto) había servido al mundo tan bien durante tanto tiempo, y otro en el futuro, al advertir de las consecuencias de entrometerse o abandonar ese sistema. Mises desmantelaba cuidadosamente las doctrinas inflacionistas que iban a devastar buena parte del mundo durante el siglo XX.

El libro se ocupaba de toda la extensión de la teoría monetaria, incluyendo el dinero y sus orígenes, tipos de interés, preferencia temporal, banca, crédito, inflación, deflación, tipos de cambio y ciclos económicos.

Lo más importante para nuestro tema de hoy era la advertencia de Mises a las autoridades monetarias mundiales de no suprimir el tipo de interés del mercado en nombre de la creación de prosperidad. El fracaso en seguir el consejo de Mises, de hecho la completa ignorancia o el abierto desafío a ese consejo, es la historia monetaria del siglo XX.

El acontecimiento económica más llamativo del siglo de la Fed fue sin duda la Gran Depresión. Se suponía que esta había desacreditado el laissez faire y la libre economía definitivamente. Se decía que la especulación salvaje había creado una burbuja bursátil y el declive de 1929 fue lo que supuestamente originó el mercado desregulado. Otros críticos dijeron que el problema había sido la injusta distribución de la riqueza del libre mercado: las masas empobrecidas sencillamente no podían permitirse comprar lo que tenían en venta las tiendas. En años posteriores, incluso los llamados librecambistas culparían de la Depresión a la muy poca intervención en el mercado por parte de la Reserva Federal. (Con amigos como estos, ¿quién necesita enemigos?)

Ludwig von Mises ofrecía una explicación distinta, igual que F.A. Hayek, Lionel Robbins y otros expertos trabajando en la tradición austriaca en aquellos tiempos. Murray Rothbard, en su momento, dedicaría su libro de 1962, America’s Great Depression, a un análisis austriaco de este episodio mal entendido.

El estudio de los ciclos económicos difiere del estudio de los malos tiempos económicos. Las condiciones económicas pueden ser malas debido a la guerra, a un desastre natural o a alguna otra calamidad que altere el funcionamiento normal del mercado. La investigación del ciclo económico no se interesa por esos tipos de condiciones. Busca entender el auge y declive económicos cuando no está presente ninguno de estos factores evidentes.

Mises se refería a su propia aproximación como teoría del crédito circulante del ciclo económico. Para nuestros propósitos, podemos describirla brevemente.

En el mercado libre, cuando la gente aumenta su ahorro, ese aumento del ahorro tiene dos consecuencias importantes. Primero, rebaja los tipos de interés. Estos tipos rebajados de interés, a su vez, hacen posible para empresarios realizar rentablemente  una serie de proyectos de inversiones a largo plazo, gracias a los bajos costes de financiación. Segundo, la acción de ahorrar y abstenerse así de gastar en bienes de consumo libera recursos que estos empresarios pueden utilizar para completar sus nuevos proyectos. Si los sectores de bienes de consumo ya no necesitan tantos recursos, como (como hemos estipulado al principio) la gente compra menos bienes de consumo, estos recursos liberados proporcionan los medios físicas para llevar a cabo los proyectos de producción a largo plazo que animan a empezar los tipos más bajos de interés.

Advirtamos que son las decisiones y acciones del público las que proporcionan los medios para esta expansión del capital. “Si la gente no proporciona estos medios”, explica Mises, “no pueden conseguirse por la magia de los trucos bancarios”.

Pero con “trucos bancarios” es precisamente como la Fed trata de estimular la economía. La Fed rebaja artificialmente los tipos de interés, sin un aumento en el ahorro por parte de la gente y sin una correspondiente liberación de recursos. La gente no ha hecho disponibles los medios adicionales de producción necesarios para hacer rentables los proyectos de producción a largo plazo. El auge por tanto se frustrará y el declive se convierte en inevitable.

En resumen, los tipos de interés en un mercado libre reflejan la voluntad de la gente de abstenerse del consumo inmediato y por tanto dejar recursos disponibles para la expansión empresarial. Dan al empresario una idea de lo lejos, y de qué manera, pueden expandirse. Los tipos de interés del mercado ayudan a los empresarios a distinguir entre los proyectos que son apropiados para el estado actual de disponibilidad del recurso y los que no lo son, proyectos que la gente está dispuesta a sostener con sus ahorros y proyectos que no.

El banco central hace confuso este proceso cuando interviene en el mercado para rebajar los tipos de interés. Como dice Mises:

La política de rebajar artificialmente el tipo de interés por debajo de su altura potencial en el mercado seduce a los empresarios para dedicarse a ciertos proyectos que la gente no aprueba. En la economía de mercado, cada miembro de la sociedad tiene su porción en la determinación de la cantidad de inversión adicional. No hay medio de engañar a la gente todo el tiempo alterando el tipo de interés. Antes o después tiene lugar la desaprobación de la gente a una política de sobreexpansión. Luego se desploma la estructura irreal de la prosperidad artificial.

Ninguno de estos ciclos será exactamente como cualquier otro. Roger Garrison dice que el auge artificial tenderá a acoplarse y distorsionar cualquier cosa importante que ocurra: por ejemplo, las acciones tecnológicas en la década de 1990 y la vivienda en el auge más reciente.

Con todo este aparato teórico como guía, Mises se convenció de que en la década de 1920 se estaban sembrando las semillas de un declive. No era una postura a la moda. Irving Fisher, un padrino de la economía neoclásica moderna y el hombre al que Milton Friedman calificó como el mayor economista estadounidense, no podía ver sino crecimiento continuo y prosperidad en su propio análisis de las condiciones económicas del momento. De hecho, las predicciones de Fisher a finales de la década de 1920, incluso en medio del crash, son rotundamente embarazosas.

El 5 de septiembre de 1929, Fisher escribía: “Puede haber una recesión en los precios bursátiles, pero nada del tipo de un crash (…) una posibilidad que no consigo ver”.

A mediados de octubre, Fisher decía que las acciones habían alcanzado una “meseta permanentemente alta”. Esperaba “ver la bolsa mucho más alta que hoy en pocos meses”. No sentía “que vaya a haber pronto, si es que lo hay, una caída de cincuenta o sesenta puntos por debajo de los niveles actuales”.

El 22 de octubre Fisher estaba hablando de “un mercado ligeramente bajista que mejorará el año que viene”. Con el mercado bursátil en crash y los valores desplomándose a su alrededor (con caídas mucho más severas de las que Fisher estaba dispuesto a admitir que fueran siquiera concebibles), Fisher, el 3 de noviembre insistía en que los precios de las acciones era “absurdamente bajos”. Pero irían mucho más abajo, cavando perdiendo un 90% de su valor máximo.

¿Qué había ido tan horriblemente mal? Fisher y sus colegas habían estado cegados por sus suposiciones, Habían estado mirando el “nivel de precios” y las cifras de crecimiento económico para determinar la salud de la economía. Concluían que la década de 1920 era un periodo de progreso económico sólido y sostenible y les pilló completamente por sorpresa la aparición y persistencia de la Depresión.

A Mises, por el contrario, no le engañó la década de 1920. Para Mies y los austriacos los agregados en bruto del tipo de los que consultaba Fisher no eran apropiados para evaluar la situación de la economía. Por el contrario, estas mediciones a nivel macro ocultaban los desajustes a nivel micro en toda la economía, que derivaban de la expansión artificial del crédito. La mala dirección de los recursos a proyectos insostenibles y la expansión o creación de etapas de producción que la economía no puede sostener no se muestran en las cifras de contabilización de la renta nacional. Lo que importa es que los tipos de interés se llevaron por debajo de los que habrían sido en otro caso, llevando así a la economía a una configuración insostenible que tenía que invertirse en un declive.

Así, Mises escribía en 1928:

Está claro que la crisis debe llegar antes o después. También está claro que la crisis siempre debe ser causada, principal y directamente, por el cambio en la conducta de los bancos. Sin embargo, si hablamos de error por parte de los bancos, debemos apuntar a lo incorrecto que hicieron estimulando la subida. El defecto reside, no en la política de aumentar el tipo de interés, sino solo en el hecho de que se aumentó demasiado tarde.

Un vez golpeó la crisis, Mises mostró cómo su teoría de los ciclos económicos explicaba lo que estaba ocurriendo. Si la gente pudiera entender cómo se había producido el crash, esperaba Mises, era menos probable que exacerbaran el problema con políticas públicas contraproducentes.

“Las causas de la crisis económica” fue el título de una comunicación de Ludwig von Mises enviada a finales de febrero de 193 a un grupo de industriales alemanes. Fue desconocida por las audiencias angloparlantes hasta 1978, cuando se publicó como un capítulo en una colección de ensayos de Mises llamada On the Manipulation of Money and Credit. El Instituto Mises publicó una nueva edición de estos ensayos en 2006 bajo el título The Causes of the Economic Crisis: And Other Essays Before and After the Great Depression.

En ese ensayo, Mises era característicamente agudo al describir las causas de la Gran Depresión, así como en sus advertencias de que esa crisis se repetiría mientras las autoridades continuaran siguiendo los mismos cursos destructivos de acción.

La  crisis que estamos sufriendo ahora es (…) el resultado de una expansión del crédito. La crisis actual es una secuela inevitable de un auge. Una crisis así sigue necesariamente a todo auge generado por el intento de reducir los “tipos naturales de interés” mediante el aumento de los medios fiduciarios [en otras palabras, creando dinero de la nada].

Como hemos visto hoy en este evento, la crisis cuyos destrozos vemos ahora mismo a nuestro alrededor, una crisis que empezó en 2008, se origina en las mismas intervenciones contra las que advertía Mises hace un siglo. A Mises no le habría sorprendido el Pánico de 2008. En 1931, advertía de una recurrencia de los ciclos de auge-declive si no se abandonaba la política de tipos de interés artificialmente bajos:

La aparición de crisis económicas periódicamente recurrentes es la consecuencia necesaria de intentos repetidamente renovados de reducir los tipos “naturales” de interés en el mercado por medio de una política bancaria. Las crisis nunca desaparecerán mientras los hombres no hayan aprendido a evitar ese cebado de la bomba, porque un auge estimulado artificialmente debe inevitablemente llevar a la crisis y la depresión. (…)

Todos los intentos de salir de la crisis con nuevas medidas intervencionistas están completamente mal dirigidos. Solo hay una salida de la crisis. (…) Abandonar las políticas que buscan establecer tipos de interés, salarios y precios de materias primas distintos de los que indica el mercado.

En la década de 1920 como ahora, la opinión de moda no podía ver llegar ninguna crisis importante. Entonces como ahora, se aseguraba a la gente que los expertos de la Fed estaban suavizando las fluctuaciones económicas y merecía alabanza por proporcionar una prosperidad sin precedentes. Y entonces como ahora, cuando llegó el declive, se culpó al libre mercado de lo que había causado la Reserva Federal.

Es adecuado que un siglo de Reserva Federal deba llegar a su fin en un momento de crisis económica e incertidumbre, con el liderazgo del banco central confundido y en desorden después del fracaso de la economía a responder a dosis sin precedentes de intervención monetaria. El siglo de la Fed ha sido un siglo de depresión, recesión, inflación, burbujas financieras y banca insensata y su legado es el precipicio junto al que descansa ahora precariamente nuestra economía.

Frente a un descarrilamiento a cámara lenta ante el que se siente incapaz de detener, la gente se pregunta qué puede hacer.

No hay respuestas fáciles, es verdad. Pero una cosa es segura: no habrá progreso son la divulgación de conocimiento.

Espero que seáis parte del momento crucial e histórico que hay ante nosotros.

Gracias en buena medida a Ron Paul, en años recientes a habido un reavivamiento espectacular del interés sobre la escuela austriaca de economía y en particular su teoría del ciclo económico. Es una evolución profundamente significativa y muy bienvenida. Hasta hace poco, incluso los defensores del mercado libre habían ignorado en buena medida a la Reserva Federal o incluso habían pensado en ella como una fuerza potencialmente estabilizadora en la economía capitalista. La posibilidad de que sus intervenciones en el mercado puedan haber sido en realidad desestabilizadoras y causa del ciclo de auge y declive, apenas se oía en ninguna parte. Si decías una cosa así en una conferencia claramente de libre mercado, las posibilidades eran pequeñas de que aparecieras en el programa del año siguiente.

Sin embargo, durante 30 años el Instituto Mises se ha dedicado a seguir la ciencia económica en la tradición austriaca. Hemos advertido contra el daño económico causado por la banca central en un momento en el que el mensaje no pudo estar menos de moda. Pero ya habéis visto algunos de los resultados de nuestro trabajo este fin de semana: tres de nuestros portavoces (Peter Klein, Bob Murphy y Tom Woods) salieron de los programas del instituto durante sus años universitarios.

Pero ahora, con la muy aumentada demanda de lo que ofrecemos, queremos redoblarlo. Arriba.

Nuestro objetivo principal es desarrollar lo que estamos llamando Operación Ron Paul. Queremos equipar a las masas de jóvenes llevadas a la escuela austriaca por el trabajo heroico de Ron con las habilidades, recursos y conocimiento que necesitarán para mantener con vida y creciendo el mensaje de la escuela austriaca de Ron.

También estamos desarrollando un Proyecto de Crisis Económica, para estar listos ahora y cuando se produzca el siguiente acontecimiento, con las explicaciones intelectuales y populares de lo que pasó y qué hacer con él.

Lo que resulta atractivo de la economía de mercado no es simplemente lo que logra materialmente: niveles de vida cada vez mayores, prosperidad para las masas que los monarcas más exaltados del pasado apenas podrían  haber imaginado para sí mismos y la capacidad de soportar poblaciones más grandes de las que nadie hubiera soñado hace siglos. Todo esto es motivo de celebración, sin duda. Pero lo que muestra el bello orden del mercado son los logros asombrosos, casi milagrosos, de la humanidad por medio de la cooperación voluntaria y sin la violencia del estado o de un líder exaltado ordenando a la gente a su alrededor.

Frente a este maravilloso espectáculo, el banco central privilegiado por el gobierno es una anomalía grotesca. Decir que necesitamos un monopolio creado políticamente para crear dinero, el producto que constituye la mitad de toda transacción que no sea un trueque, es decir que la economía de mercado no es después de todo tan impresionante o eficaz. Si debemos recurrir a un monopolio especialmente privilegiado para crear este producto tan esencialísimo y si a ese monopolio se le da igualmente la tarea de dirigir la economía para maximizar empleo y producción, estamos por principio abandonando la defensa del libre mercado y reconociendo el valor de la planificación centralizada.

No necesitamos en absoluto ese monopolio, como dejan claro las obras de los economistas austriacos, y no necesitamos ninguna forma de planificación centralizada. Necesitamos el libre mercado, que es otra forma de decir que necesitamos dejar que la gente tome sus propias decisiones, realice los acuerdos que elija y se le garantice su propiedad privada.

La escuela austriaca está disfrutando de su auge más espectacular en crecimiento de toda su historia. Una generación de jóvenes inteligentes está leyendo todo lo que puede hallar sobre economía austriaca. El diagnóstico austriaco de la crisis económica está tan extendido que incluso los escritores y economistas del establishment se han visto obligados a atenderlo.

Asegurémonos de que este auge no decaiga. Si construimos a partir de estos éxitos tempranos, si llevamos adelante el mensaje de la escuela austriaca incansable y valientemente, podemos hacer de los próximos cien años un siglo misesiano de paz, dinero fuerte y libertad. Por favor, uníos a nosotros.

. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Cirugía estética: Una sociedad libre es una sociedad bella – Doug French

PlasticSurgery

La sociedad está construida sobre la división del trabajo. Mientras cooperamos con otros, se permite a todos especializarse en lo que hagan mejor. En lugar de gastar horas cada día en tareas que son necesarias pero en que no se nos dan bien, podemos contratar a otros especializados en esas tareas y emplear nuestro tiempo en hacer aquello en lo que somos más eficientes.

Murray Rothbard explica en Man, Economy, and State, “cuanto más se desarrolle una economía del intercambio, más avanzado será el proceso de especialización”. Y así el mundo ha recorrido un largo camino desde que Platón teorizó acerca de la división del trabajo hace 2.400 años. Platón, en palabras de Guido Hülsmann:

Defiende una división del trabajo y da tres razones:

  1. hay diferencias productivas naturales entre los individuos, que hacen que una persona sea mejor sastre, mientras que otra podría ser mejor granjero, etc.;
  2. el ejercicio diario que produce la especialización mejora el trabajo;
  3. muchos trabajos tienen que hacerse en el momento preciso en el tiempo y por tanto requieren una disponibilidad permanente de alguna persona encargada de esta tarea.

Todo esto lleva a un aumento en la productividad y, como escribe el Profesor Hülsmann, “lo hace más bello”.

La belleza es algo de lo que casi todos quieren más. Incluso la gente más guapa se preocupa por lo que califican como una imperfección que ven que les mira en el espejo todos los días. Y aunque hay mucho escrito acerca de que la sanidad no es asequible en Estados Unidos, a los cirujanos plásticos les va muy bien a pesar de la recesión.

Por cierto que a estos doctores les pagan directamente los pacientes. Así que para quienes no hayan estado en una consulta de un cirujano plástico, frente a un médico de cabecera o similar, hay una enorme diferencia. El doctor típico tiene que dedicar preciosos metros cuadrados de su consulta para ficheros y personal trabajando continuamente al teléfono, llamando para reembolsos y preautorizaciones de compañías de seguros o Medicare, porque de ellas recibe su pago. En consecuencia, la típica sala de espera de una consulta médica es estrecha y sucia con revistas usadas de hace meses desperdigadas y el televisor en la esquina muy alto para que los pacientes mayores puedan oírlo.

Los cirujanos plásticos tratan a la gente como si fueran lo que pagan las facturas (porque lo son). Las salas de espera en las que he estado con limpias, amplias y tranquilas, a pesar de que no gastas mucho tiempo esperando a médicos sobrecargados como en las consultas de doctores pagados por los seguros.

La especialización ha llevado a los cirujanos plásticos de Nueva York a atender a los diversos grupos étnicos. El negocio está en auge, informa el New York Times, con la cirugía plástica doblándose entre la población latina respecto de la pasada década y triplicándose para los asiáticos de acuerdo con la American Society of Plastic Surgeons.

El Dr. Jeffrey Yager ha triplicado su negocio desde 1997 atendiendo a la población dominicana en Nueva York. Yager habla español y eso puede ayudar a su negocio, pero lo que realmente sabe hacer es dar a las mujeres latinas las curvas que ansían y con las que no nacieron. Así que mientras que en Long Island la mayoría del negocio es eliminar grasa de piernas y nalgas, en Washington Hieghts “es lo contrario: quieren que sus traseros sean respingones y redondos”, dice el anestesista Dr. Holly Berns, que se ocupa de pacientes en toda la ciudad.

“Las latinas nos definimos con nuestros cuerpos”, dice Italia Vigniero, 27, una paciente dominicana del Dr. Yager, al NYT. “Siempre tenemos curvas”, añadiendo. “Mi personalidad no se corresponde con un pecho pequeño”.

“Cuando viene un paciente de algún origen étnico y de cierta edad, sabemos qué es lo que está buscando”, dice el Dr. Kaveh Alizadeh, presidente del Long Island Plastic Surgical Group, que tiene tres clínicas en la ciudad. “Somos una especie de sociólogos aficionados”.

Las mujeres italianas quieren operarse las rodillas, para que les siente mejor las minifaldas, los iraníes quieren operaciones de nariz, los egipcios buscan liftings de cara, las mujeres rusas buscan implantes de pecho, los hombres chinos quieren mayores lóbulos y la operación más buscada por las mujeres asiáticas en la cirugía del doble párpado, al creer que los ojos grandes aumentan la belleza.

Probablemente no haya ningún cirujano plástico en Nueva York, ni en ningún otro lugar, que pueda realizar todas estas operaciones tan bien como los doctores individuales que las realizan un día sí y otro también. Los doctores se especializan para obtener una reputación en el mercado como especialistas en levantar esto o meter aquello, pero también, al realizar cirugías con las que están familiarizados, rebajan la posibilidad de operaciones chapuceras, manteniendo los costes de seguro y responsabilidad tan bajos como sea posible. Asimismo los médicos especializados pueden hacer operaciones más rápida y eficientemente, de nuevo rebajando el coste. Rebajarlos costes hace más asequibles las operaciones, lo que es importante, porque los pacientes cosméticos están pagando por este trabajo de sus propios bolsillos.

Los médicos cosméticos no se especializan necesariamente en las operaciones que demanda la gente de su propia etnia, lo que ilustra la idea de Ludwig von Mises de que la división del trabajo es una influencia unificadora. Estos doctores y sus pacientes son camaradas buscando belleza, sólo un diminuto ejemplo de la división del trabajo haciendo “amigos de los enemigos, paz de la guerra, sociedad de los individuos”.

Platón podría no haber entendido la cirugía cosmética o indudablemente la posibilidad de que la gente de clase trabajadora fuera capaz de permitirse hacer que su imagen se alterara quirúrgicamente. Sin embargo su idea nos garantiza que, en una sociedad libre, el costo de la cirugía cosmética caerá hasta permitir a todos tener el cuerpo y cara que quieran, haciendo a la sociedad libre y bella.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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El chivo expiatorio de Obama ahora es S&P – Jorge Valín

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El Gobierno americano ha presentado una demanda judicial contra S&P y su matriz, McGraw Hill, por las calificaciones de bonos hipotecarios realizadas en el tiempo anterior a la crisis. Según fuentes del propio Gobierno:

“Consideraciones sobre cuotas, cuota de mercado, ganancias, y relaciones con los emisores influyeron indebidamente en los criterios y modelos de calificación de S&P”.

La demanda se debe a que se equivocaron y porque, según el Gobierno, las recomendaciones sobre tales activos eran interesadas, esto es, estaban motivadas por el propio lucro. ¿Realmente creemos que la crisis mundial se produjo por los informes de S&P? Hemos de recordar que:

  • S&P funciona bajo una licencia del propio Gobierno americano. Si una década después se han dado cuenta que la empresa ha “manipulado” información para su propio interés es que los propios órganos reguladores estaban igual de untados o simplemente son una panda de inútiles.
  • La única organización con capacidad real para manipular el mercado no es más que el propio Gobierno y sus bancos centrales con la emisión desproporcionada de dinero que ha durado décadas.
  • Las empresas subprime fueron una invención del propio Gobierno que se unieron a empresas privadas para multiplicar su efecto expansivo. Y ambas las que crearon la crisis, no las recomendaciones de S&P.
  • La discrecionalidad del Gobierno oculta intereses partidistas. ¿Por qué no denuncian a Moody’s o Fitch que hacían los mismos informes? La respuesta la podemos en una reacción similar ocurrida el año pasado. El 6 de abril de 2012, la empresa de calificación Edgan-Jones rebajó el rating de Estados Unidos. Apenas tres semanas después, la Security Exchange Comission (SEC) presentó cargos contra Egan-Jones y su presidente por presuntas mentiras. Solo fue una represalia contra la empresa privada por la rebaja de rating. La denuncia del Gobierno contra S&P solo es una operación de maquillaje para exculpar la responsabilidad del Gobierno americano.
  • El Gobierno no tiene forma de demostrar que S&P mintió en sus informes. Si S&P es culpable, no solo lo son el resto de empresas de rating, sino miles de periodistas, analistas y propios burócratas del Gobierno que avalaron este tipo de activos financieros, entre ellos, el antiguo Presidente de la FED, Alan Greenspan.
  • La estupidez humana no se cura mediante pleitos. Sin duda, S&P se equivocó con sus recomendaciones, se dejó llevar por la euforia del momento; como todo el mundo hizo. La denuncia no es más que una muestra de fuerza para limitar la libertad de expresión y aumentar el Estado Policial sobre el mercado.
  • No se va a arreglar nada. En el caso poco probable que gane el Gobierno, el dinero será transferido a la propia administración para reforzar el bienestar de los políticos.

Tan absurda es esta demanda como que el mayor asesino del Planeta también sea un Premio Nobel de Paz y esté liderando el mayor y más letal ejército del mundo. El único culpable del terrorismo financiero no es S&P, ni los bancos, ni los incautos que contrataron subprimes, ni los analistas que fueron incapaces de ver el desastre que se nos venía encima; es una política de gasto  gubernamental desbordado, de dinero barato emitido por los bancos centrales y de una manipulación constante del Gobierno sobre el mercado. S&P no fue más que uno de los brazos involuntarios de la propaganda estatal que prometía una “sociedad de propietarios” a costa de hipotecar nuestro bienestar futuro. Si quieren acabar con este problema de verdad, que envíen al paro a todos los miembros de la FED, la cierren para siempre, apliquen lo mismo a los otros órganos reguladores y cierren todos los costosos, absurdos y dañinos programas del Estado que solo sirven para los intereses de los políticos y ganar votos.

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David Hume y la teoría monetaria – Murray Rothbard

[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]

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David Hume (1711–1776), el famoso filósofo escocés, era un amigo cercano de Adam Smith  que fue llamado el ejecutor de Smith, cercano a Turgot y a los partidarios franceses de laissez faire y miembro de la élite moderada de la ilustración escocesa.

Nacido en Edimburgo e hijo de un lord escocés, Hume estudio en el continente, donde publico su notable trabajo filosófico, Tratado de la Naturaleza Humana (1739-1740), a la edad de 28 años. El Tratado de Hume fue crucial en su escepticismo corrosivo y destructivo, logrando desacreditar injustamente la filosofía de la ley natural, para crear una división artificial entre hecho y valor y así debilitar el concepto de derechos naturales en nombre del utilitarismo y degradar el análisis clásico-realista de causa y efecto.

No hay una figura más importante en la desafortunada desacreditación de la tradición filosófica clásica de realismo de ley natural, una tradición que había permanecido desde Platón y Aristóteles por lo menos hasta Aquino y los últimos escolásticos. En cierta forma, Hume completó el efecto corrosivo de la idea del  filósofo francés del siglo XVII René Descartes de que solo las matemáticas y la analítica precisas  pueden proveer conocimiento real. El  empirismo escéptico e inestable de Hume fue la otra cara de la moneda cartesiana.

Altamente influyente en las siguientes décadas, el Tratado de Hume fue ignorado en su tiempo y después de escribirlo lo convirtió en breves ensayos sobre temas políticos y económicos, y eventualmente en su entonces famosa Historia de Inglaterra en diez volúmenes, que presentaba desde el punto de vista tory.

Excluido de la academia por su escepticismo y supuesta irreligiosidad, Hume se unió al cuerpo diplomático y sirvió como secretario a Lord Hertford , el embajador británico en Francia. En 1765 Hume se convirtió en encargado de asuntos británicos en Paris, y dos años más tarde ascendió al puesto de subsecretario de estado. Finalmente, en 1769 se retiró a Edimburgo.

La aportación de Hume a la economía es fragmentaria, y consta de aproximadamente 100 páginas de ensayos en sus Discursos Politicos (1752). Los discursos se distinguen por su lúcido e incluso brillante estilo, un estilo que brillaba en comparación con sus eruditos pero monótonos contemporáneos.

La aportación más importante de Hume fue su elucidación de la teoría monetaria, en particular su clara exposición del mecanismo de flujo metálico-dinero que equilibra la balanza de pagos nacionales y los niveles de precios internacionales. Estrictamente, en teoría monetaria, Hume vivifica la teoría cuantitativa del dinero de Locke con un maravilloso ejemplo, remarcando el hecho de que no importa qué cantidad de dinero exista en un país concreto: cualquier cantidad, pequeña o grande, es suficiente para hacer el trabajo del dinero de facilitar el intercambio. Hume señaló esta importante verdad postulando lo que pasaría si cada individuo encontrara que de la noche a la mañana su dinero se hubiera duplicado milagrosamente.

Supongamos que, milagrosamente, a cada hombre en Gran Bretaña se le pusieran cinco libras en su bolsillo por la noche: esto superaría en  más del doble la cantidad de dinero que existe actualmente en el reino; sin embargo no habría, ni al día siguiente ni durante algún tiempo, más prestamistas ni variación alguna en los intereses.

Los precios por lo tanto, siguiendo la teoría cuantitativa del dinero de Locke, aumentarán proporcionalmente.

El mecanismo del flujo metáliso-dinero es la teoría cuantitativa extrapolada en el caso de muchos países. El aumento en la oferta monetaria en el país A causará que suban los precios; pero entonces los bienes en el país A ya no son tan competitivos comparados con otros países. Las exportaciones por lo tanto caerán, y aumentarán las importaciones de países con bienes más baratos.

La balanza comercial en el país A por lo tanto se volverá desfavorable, y el metálico saldrá del país A para pagar el déficit. Pero esta salida de metálico acabará causando una contracción aguda en la oferta monetaria en el país A, una caída proporcional en los precios, finalmente revirtiendo en el balance desfavorable.

Mientras los precios en A regresan a niveles previos, el metálico seguirá un flujo de regreso hasta que la balanza comercial se equilibre y hasta que el nivel de los precios en términos de metálico sea igual en cada país. Por lo tanto en el libre mercado hay actuando fuerza rápidamente autocorrectiva, que equilibra las balanzas de pagos y niveles de precios e impide que la inflación se incremente demasiado en cualquier país.

Mientras que la explicación de Hume es lúcida y cautivadora, supone un considerable deterioro respecto de la de Richard Cantillon. Primero, Cantillon no creía en la proporcionalidad agregada del dinero y cambios en el nivel de precios, sino que se adentra en un sofisticado análisis de microproceso del dinero pasando de una persona a la siguiente. Como resultado, los precios y el dinero no se incrementan proporcionalmente aun en el eventual nuevo estado de equilibrio.

Segundo, Cantillon incluyó el “efecto renta” de más dinero en un país, mientras que Hume se limitó al efecto del precio agregado. Resumiendo, si la oferta monetaria incrementa en el país A, se equilibrará no solo subiendo los precios en A, sino también por el hecho de que los activos monetarios y las rentas son mayores en A, y por lo tanto se gastará más dinero en importaciones. El efecto de esta renta, o más precisamente el balance de efectivo, generalmente trabajara más rápido que el efecto de los precios.

Hay más problemas en el análisis de Hume, además de la omisión de verdades previamente descubiertas. Pues aunque Hume concedía que no importa para la producción o la prosperidad cuál sea el nivel de la oferta monetaria, sin embargo sí daba  gran importancia a los cambios en esa oferta. Es cierto que los cambios si tienen consecuencias importantes, algunas de las cuales ya había analizado Cantillon. Pero el punto crucial es que todos esos cambios son disruptivos y distorsionan la actividad del mercado y la asignación de recursos.

Pero David Hume, de manera prekeynesiana, alababa los supuestos efectos revitalizadores hacia la prosperidad de aumentar y disminuir la cantidad de dinero y exhortaba al gobierno a asegurarse de que la oferta monetaria siempre se incrementara  al menos moderadamente. Dos prescripciones contradictorias de Hume pueden encontrarse en dos enunciados sucesivos:

De la totalidad de este razonamiento podemos concluir que no es de ninguna manera consecuente, con respecto a la felicidad domestica del estado, que el dinero exista en mayor o en menor cantidad. La buena política del magistrado consiste en mantenerlo y si es posible aumentarlo, porque eso significa mantener vivo el espíritu de la industria en la nación.

Hume continúa, de manera proto-keynesiana, afirmando que los efectos vigorizantes de incrementar la oferta monetaria se daba porque el empleo de mano de obra y otros recursos aumentaba mucho antes de que los precios empezaran a subir. Pero Hume se detiene (al igual que Keynes) justo cuando el problema se pone interesante: porque entonces debe preguntarse por qué había recursos previamente subempleados, y qué hay en un incremento de la oferta monetaria que pueda ayudar su empleo.

Como iba a señalar W.H. Hutt en los años 30, un análisis más profundo  muestra que la única razón posible para un desempleo indeseado de recursos es que el dueño de los recurso exija un precio (o salario) demasiado alto por su uso. Y más dinero solo podría reducir este desempleo cuando los precios de venta suban antes que los salarios o los precios de los recursos, para que los trabajadores y otros dueños de recursos sean engañados para trabajar por un salario real más bajo, aunque no más bajo en dinero.

Además, ¿por qué deberían los recursos ociosos, como postula implícitamente Hume, reaparecer después de que los efectos del nuevo dinero hayan sido totalmente digeridos por la economía  en forma de precios más altos? La respuesta solo puede ser que después de que se logre el incremento de los precios y se obtenga un nuevo equilibrio, los salarios y los precios de otros recursos se ponen al corriente y la “ilusión del dinero” se ha evaporado. Los precios reales de los recursos vuelven a ser extremadamente altos para que haya un empleo total de recursos.#

Las contradicciones internas de Hume sobre la cantidad de dinero e inflación permean sus escasos escritos sobre economía. Por un lado, la inflación continua durante siglos se describe como un catalizador del crecimiento económico, y por otro lado, Hume favorecía firmemente el uso de moneda ultra fuerte con relación al sistema bancario. Por tanto Hume realizaba un fuerte ataque a la propia existencia improductiva e inflacionista del sistema de reserva fraccional. Escribió

esas instituciones bancarias, fondos y créditos de papel con los que estamos tan fascinados en el reino. Este papel inútil equivalente a dinero, circulando por todo el estado, sustituye el lugar del oro y la plata, incrementa proporcionalmente el precio de la mano de obra y las materias primas, eliminando de esa forma una gran cantidad de esos metales preciosos, o impidiendo su incremento futuro. ¿Que podría ser más miope que nuestro razonamiento en esto? Nos gusta, porque un individuo sería mucho más rico, si su cantidad de dinero se duplica, el mismo efecto positivo que tendría cuando el dinero de todos se duplique; sin considerar que esto incrementaría del mismo modo el precio de todas las materias primas, reduciendo a cada hombre, con el tiempo, a las mismas condiciones previas.

Hume notó constantemente los inconvenientes que genera incrementar el dinero genuino (metálico), pero por lo menos se ve “compensado por las ventajas que obtenemos por la posesión de estos metales preciosos”, incluyendo poder de negociación con otras naciones. Pero agregaba “no hay razón aparente para incrementar ese inconveniente con dinero falsificado, que los extranjeros no aceptarán como pago y al que cualquier gran desorden en el estado reduciría a la nada”. Por tanto “procurar incrementar” el crédito de papel “artificialmente”, meramente incrementa el dinero “más allá de su proporción natural con el  trabajo y a las materias primas” aumentando así sus precios.

Hume concluía su penetrante análisis con una propuesta de política de dinero ultra-fuerte: una banca con reserva en metálico al 100%: “no debe permitirse que a ningún banco le pueda ser más ventajoso al guardar todo el dinero que recibe y nunca aumentar la moneda circulante”  Hume agregaba que ésta era la practica de 100% de reserva en metálico del famoso Banco de Ámsterdam.

Otra falla importante en el análisis del dinero de Hume fue su propensión, señalada y magnificada por Smith, Ricardo y la escuela clásica, de saltar de un equilibrio a largo plazo a otro, sin preocuparse por el proceso dinámico a través del tiempo por el cual el mundo se mueve realmente de un estado a otro. Es esta brusca negligencia (o “estática comparativa”) la que lleva a Hume a omitir el análisis de Cantillon de micro cambios en balances de efectivo y rentas y provoca que ignore los efectos de la renta en el mecanismo de flujo metálico-dinero de ajuste monetario internacional.# Irónicamente, al hacer esto, y por tanto ignorar los “efectos de distribución” de los activos y rentas cambiantes durante el proceso, Hume (al igual que incontables economistas después de él) distorsiona lo que sucede con el propio equilibrio. Pues no pueden ver que el nuevo equilibrio será muy diferente del anterior. Por lo tanto, cuando cambia la oferta monetaria, no habrá un incremento igualmente proporcional en todos los precios.

El profesor Salerno plantea muy bien este punto:

hay algo de verdad en la afirmación de Keynes de que (…) “Hume comenzó la practica entre los economistas de subrayar la importancia de la posición de equilibrio comparada con la siempre cambiante transición hacia ella”. Ya que, al leer a Hume, uno tiene la inconfundible sensación, si no la total, de que es en el estado equilibrio a largo plazo en el que reside la economía la mayor parte del tiempo. Hume concibe la transición entre estos estados como algo que se producía rápidamente y termina antes de que otro cambio en los datos económicos pueda intervenir e impulsar a la economía hacia un nuevo equilibrio. Esta noción lleva a veces a Hume a truncar un análisis completo paso a paso de los datos cambiantes, aligerando u omitiendo completamente así los efectos a corto plazo para enfocarse en un análisis estático comparativo de sus últimas consecuencias.#

En realidad, como han enfatizado los austriacos, la situación es precisamente la opuesta a supuesta por Hume y los clásicos británicos. En lugar de que el estado de equilibrio a largo plazo sea la realidad fundamental, éste nunca existe siquiera. El equilibrio a largo plazo provee la tendencia hacia la que el mercado se mueve siempre, pero nunca se alcanza porque siempre están cambiando los datos subyacente de oferta y demanda (y por lo tanto el punto definitivo de equilibrio).

Por lo tanto un análisis completo paso a paso de un cambo especifico en los datos es precisamente lo que se necesita para explicar el proceso sucesivo de estados de corto plazo el cual tiende a no alcanzar nunca el equilibrio. En el mundo real el “largo plazo” no es un equilibrio en absoluto, sino una serie de estados a corto plazo, que seguirá cambiando de dirección mientras los datos subyacentes se alteren.

Un último problema con las opiniones monetarias de Hume es que, en contraste con la escuela francesa del laissez faire, creía que el dinero no necesitaba ser un activo útil y comercializable sino una mera convención. En un escrito al Abad Andre Morellet (1727-1819), discípulo de Gournay y amigo de Turgot de toda la vida, Hume opina que el dinero funciona como tal por la creencia de que otros lo aceptarán. Muy cierto, pero esto no significa que el dinero sea una mera convención. Y Hume reconoce que debe ser hecho de materiales “que tengan valor intrínseco” porque “de otra forma se multiplicaría sin fin y sería reducido a la nada”

Las ideas de Hume sobre intereses son iluminadoras, aunque solo sea en contraste con la brillantez de la exposición de Turgot 20 años más tarde. Ya que el impacto del dinero se produce en definitiva solo en los precios, Hume demuestra que el interés solo puede ser un fenómeno de capital real y no monetario. Explica la relación entre tipo de interés y tasa de beneficio (es decir, las tasas básicas de retorno de una inversión). Aquí  señala correctamente que “nadie aceptará bajas rentabilidades cuando puede obtener intereses altos, y nadie aceptará intereses bajos cuando puede obtener rentabilidades altas” En resume, los intereses y las tasas de rendimientos tienden a ser iguales en el mercado.

Muy cierto ¿pero cuál causa a cual, o cuál es la causa subyacente de ambas? Hume característicamente abandona la búsqueda de causas, y dice que “ambas surgen del comercio extensivo, y se impulsan mutuamente”. Böhm-Bawerk tiene sin duda razón cuando dice que esta idea es “algo superficial”.# Pero, más que esto, es incorrecta e invierte causa y efecto declarando que “el comercio extensivo, al producir grandes existencias (capital), disminuye tanto intereses como rendimientos”. Ya que no hay razón por la que mayores existencias de capital deban disminuir los tipos de interés o rendimiento, lo que sí hacen es disminuir los precios de los bienes de capital y de consumo.

La cadena causal va al revés: Tasas de preferencias temporales más bajas, que generalmente pero no siempre son producto de estándares de vida más altos y mayor prosperidad, causarán que el capital se acumule y que el rendimiento y las tasas de interés caigan. Las dos, como señalaría más tarde la escuela austriaca, son caras opuestas de la misma moneda.#

Volviéndonos hacia otras áreas de la economía, es posible que algunos de los profundos fallos en la teoría del valor de Adam Smith sean resultado de la influencia de David Hume. Ya que Hume no tenía una teoría sistemática del valor ni idea alguna de la utilidad como determinante del valor. Más bien señalaba continuamente que la mano de obra era la fuente de todo valor.

En economía política, David Hume puede ser considerado como un librecambista y opositor al mercantilismo. Amigo y mentor de Adam Smith desde su primer encuentro en 1752, Hume llegó a conocer a los partidarios del laissez faire franceses durante sus años en ese país, y el propio Turgot tradujo sus Discursos Políticos al francés.

 Traducido del inglés Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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El lado más aterrador del dólar “blue”: el Gobierno entra en zona de turbulencia y las palancas del tablero ya no responden

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Pocos creen que la escapada del paralelo sea sólo estacional. Podrá bajar un poco, pero ahora tiene otro piso. Su cotización es importante ya no por el turismo, sino por su impacto en las expectativas. ¿El Ejecutivo no quiere domarlo? ¿O no puede porque una parte del instrumental ya no responde?

 

 

 
Muchos empiezan a extrañar aquellos tiempos en los que se le criticaba al Gobierno mantener la economía en “piloto automático”, limitándose a disfrutar de los beneficios de la renta sojera y sin tomar medidas de fondo que mejorasen la capacidad de crecimiento del país a largo plazo.

Porque, hay que reconocer, aquella crítica tenía al menos un reconocimiento implícito: si se mantenía en piloto automático era, antes que nada, porque podía hacerse.

Con cierta holgura fiscal, un tipo de cambio que todavía se consideraba competitivo, buenos precios para las exportaciones agrícolas, alta demanda brasileña para la industria argentina y sin problemas energéticos, todo parecía ir “sobre ruedas”.

Era como una suerte de feliz inercia, donde no había que hacer nada extraordinario para lograr un crecimiento a tasas chinas.
Qué diferente parece el panorama de hoy, apenas dos años después.

Ahora no sólo resultaría impensado un estilo de gobierno con piloto automático sino que, además, empieza a preocupar algo más grave: que muchos botones o palancas del tablero de comando estén gastados o no funcionen del modo que uno lo requiere en situaciones de turbulencia como la actual.

Esta sospecha comenzó a cobrar vuelo con la disparada del dólar blue y con la revisión de las posibles medidas para resolver el problema.
Fue en ese momento en el que aparecieron las señales de advertencia, en el sentido de que ya era tarde para ensayar las soluciones tradicionales.

Una de ellas, por ejemplo, era premiar a los argentinos que vuelquen su dinero a los bancos. ¿Cómo? dándoles una tasa de interés mayor por sus plazos fijos, como forma de quitarles las palabras “dólar blue” de sus mentes.
Pero, tal como señalan los analistas, esta palanca del instrumental se ve un poco averiada.

“Ya se pasó el cuarto de hora para que la tasa pueda defender al peso, con este nivel de suba del dólar y aceleración”, advierte Eduardo Levy Yeyati, ex economista jefe del Banco Central y docente de la Universidad Di Tella.

Peor aun, este experto señala que la tasa de interés de las colocaciones bancarias terminó siendo un incentivo para generar la corrida, “porque la gente se cansó de los rendimientos negativos” y ahora es difícil que se de la causalidad inversa. Es decir, nada asegura que una suba de las tasas revierta la brecha del blue.

Su argumento es que ahora juegan otros factores y que, si no se los resuelve primero, cualquier otra medida será ineficaz.

En el mismo sentido opina el economista Federico Muñoz, para quien un intento de “domar” al blue con una suba de tasas sería una solución “meramente temporaria, si no se ataca a la verdadera raíz del problema: la elevada inflación”.

Y, para colmo, la medida de subir los tipos de interés viene asociada a un enfriamiento de la economía, dado que encarece el crédito para empresas y consumidores.

Así lo advierte el consultor financiero Salvador Di Stefano, quien destaca cómo la titular del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, lejos de manejarse con piloto automático ha estado “trabajando a destajo” en las últimas semanas retirando más de $16.000 millones del mercado y estimulando, indirectamente, una suba en las tasas de interés.

Su pronóstico es que ahora domar al blue implica un alto costo. Y mientras más se tarde en hacerlo mayor lo será, en términos de freno en la actividad económica.

¿No devalúes que es peor?
La mayoría de los economistas apuntan a que una solución para calmar la turbulencia que trae el blue es, por ejemplo, atenuar la vocación oficialista por inyectar pesos en la economía.
El razonamiento es que, al haber menos cantidad de dinero dando vueltas, menor será la presión sobre el dólar paralelo.

Pero también aquí aparece otra palanca del tablero de control que ya no funciona del todo bien. Es como si estuviese trabada en la posición “full” sin que se pueda pasar a “intermediate” y menos a “slow”.

Para Economía & Regiones, la consultora de Rogelio Frigerio, no disminuirá la tendencia del Gobierno a financiarse con emisión del Banco Central.

“Todo redunda en que la política monetaria tiene cada vez menos grados de libertad y su objetivo principal es monetizar los déficits fiscales. Por ende, todo indica que debemos esperar una aceleración inflacionaria para los próximos períodos”, es su pesimista conclusión.

La otra medida clásica en situaciones de turbulencia consiste en hacer subir al dólar oficial más de prisa.

El razonamiento es simple y parece no tener cuestionamiento posible: si lo que alimenta la brecha es el atraso cambiario, entonces una mayor velocidad en el deslizamiento del oficial debería diluir esa percepción y tendría que quitarle presión al “blue”.

Sin embargo, también en este caso los expertos señalan que la palanca que permitiría acelerar la tasa de devaluación ya no resulta tan fácil de usar.

Pablo Rojo, ex presidente del Banco Hipotecario, considera que “más devaluación oficial, a un ritmo como el de finales de 2012, empujará al blue aún más para arriba”.

Y arriesga que si se cede a la tentación de acelerar la suba del billete verde “tendremos más brecha, no menos, porque una medida aislada sólo empeora las cosas”.

“Es claro que la cotización del blue es una muestra cabal del desequilibrio de los precios relativos, el exceso del gasto y los desajustes de la política económica”, agrega.

En la misma línea opina el economista Carlos Melconian, al describir cómo, en vez de atacar las causas de fondo, el Gobierno “empezó con una tasa de devaluación equivalente al 8% anual y terminó haciéndolo al 20%, corriendo de atrás a la inflación, con lo cual terminó ampliando la brecha entre ambos dólares en lugar de reducirla”.

De todas formas, los analistas le asignan bajas probabilidades a que esto ocurra. En parte por convicción, en parte por razones de conveniencia política.

“En un año electoral el oficialismo no va a hacer grandes correcciones, porque ajustar el tipo de cambio sin antes frenar la inflación es suicida; eso sí es un pasaporte al ‘Rodrigazo’”, es la gráfica advertencia de Javier González Fraga, ex titular del Banco Central.

De hecho, el propio Gobierno, por intermedio de Guillermo Moreno, dio una pista clara en este sentido: la tasa devaluatoria para 2013 será del orden del 20%, para llegar a finales de año con un valor de $6 para el billete verde.

Algunos analistas interpretaron esa declaración como un intento de descomprimir la brecha cambiaria.

Así lo explica Di Stefano: “Moreno le habló al blue. Si el oficial está a $6, una brecha del 40% nos daría un precio de $8,40. Entonces para qué comprar en enero a $7,52. Lo ideal sería vender, colocar ese dinero a plazo fijo y cuando baje la brecha volver a comprar”.

Pero si ese era el objetivo oficial, no dio resultado. O al menos no en el corto plazo: a los pocos días de la declaración de Moreno, el dólar paralelo volvió a batir récords, ya cotizando en el terreno de los $8.
La solución que no puede ser
Parece el peor de los mundos. Lo que causó el surgimiento y la disparada del blue ha sido la sensación de atraso cambiario, agravado por las tasas de interés poco atractivas.
Pero si ahora se busca eliminar ambos problemas (haciendo subir más rápido tasa y billete verde oficial) puede que no sólo no se corrijan las cosas sino que empeoren.

Porque el dólar en la Argentina tiene características peculiares: no solamente es un activo de refugio sino que, además, funciona como termómetro del humor social.

Es por eso que se dice que desafía la ley de oferta y demanda, ya que cuando sube de precio el apetito por tenerlos se exacerba, porque es visto como síntoma de que podría haber mayores problemas en la economía.

 

¿Qué hacer, entonces?

Habría una forma efectiva y obvia de resolver de cuajo la brecha del blue: levantar el “cepo” cambiario, de forma de que el mercado paralelo simplemente pierda su razón de ser.

Es claro que esto hoy es imposible, no sólo desde el punto de vista político sino también desde el económico. Y esto lo admiten hasta los más críticos del “modelo”.

Como el polémico y controvertido ex ministro Domingo Cavallo, quien hace dos años había sido el primero en alertar sobre la inexorable llegada de un mercado paralelo con una gran brecha respecto del tipo de cambio oficial, al estilo de lo que en ese entonces ocurría en Venezuela.

Ante la consulta de iProfesional.com argumenta la imposibilidad de desarmar el “cepo”.

“Si esta decisión se adopta sin un esquema claro de organización para toda la economía, si no se corrigen de cuajo los muchos desequilibrios que se acumularon durante la última década, el resultado probable es un ‘Rodrigazo’”, afirma.

Y agrega: “Sólo un gobierno creíble y con ideas muy claras puede remover ese riesgo”.

En tanto, algunos analistas creen que lo que la Presidenta debería hacer es “blanquear” la existencia de un mercado desdoblado, en el cual quienes quieran comprar para atesorar o hacer turismo deban pagar un sobreprecio.

No resolvería la brecha, aunque sí le quitaría presión, porque el mercado funcionaría con más transparencia y se liberaría de su pátina de ilegalidad.

 

La madre de las batallas: las expectativas

No obstante, otros apuntan a otra solución menos drástica: que el Gobierno intervenga indirectamente en el mercado paralelo, vendiendo dólares cada vez que exista un pico de demanda.

De hecho, se presume que algo de esto ocurrió en los días en que la cotización se planchó, tras haber alcanzado el nivel de $7,55.

“Por lo menos se destrabarían inversiones. Y no sería inflacionario porque ese precio ya se pagó”, argumenta González Fraga.

Claro que esta política tiene un costo, porque implica sacrificar dinero del Banco Central.

Y esta es otra de las trabas que se observa en el tablero instrumental. La palanca “quemar reservas” ya no puede usarse para calmar la turbulencia que trae el blue.
“La volatilidad de este precio es muy alta y a mediano plazo su valor dependerá directamente de la obsesión de los compradores potenciales y la propia de las autoridades frente al manejo de las reservas”, señala el economista Miguel Bein.

En definitiva, el concepto que sobrevuela todo el análisis sobre la brecha entre el dólar oficial y el blue es el de la confianza del público.

“La brecha y la tendencia del dólar no oficial se convierten en una caja de resonancia del cómo vamos y de las expectativas. Si mejoran, el precio cae. Si empeoran, sube”, resume Melconian.

Es por ello que todos los analistas recomiendan a la administración kirchnerista poner el foco en mejorar las expectativas. Algo fácil de decir y extremadamente complejo de hacer en las actuales circunstancias.

Tanto que para algunos no se puede hacer sin un retorno a los mercados internacionales crédito. Otros plantean un cambio drástico de nombres en el equipo económico. Y están quienes, directamente, afirman que no se podrán revertir las expectativas en este período de gobierno.

Más allá de estos debates, hay algo que parece claro.

Se extrañan aquellas “viejas épocas” en las que se hablaba de piloto automático. Aunque se dé la paradoja de que por haber abusado de él (sin aprovechar para resolver problemas de fondo) se haya entrado en zona de turbulencia.

Justo ahora cuando las palancas del panel de control lucen averiadas y muchas ya no responden.

 

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Alemania repatria su oro – Mark Thornton

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El miércoles 16 de enero, el banco central alemán (es decir, el Bundesbank) anunciaba que iba a repatriar parte de sus reservas de oro que se encuentran actualmente en la Fed de Nueva York y todas sus reservas de oro que tenía el Banque de France. Había repatriado previamente 940 de las 1385 toneladas de sus reservas en el Bank of England, alegando altas tasas de almacenamiento como razón (la Fed de Nueva York y el Banque de France no cobran esas tasas). Trescientas setenta y cuatro toneladas métricas se llevarán de París a Frankfurt en camiones, lo que representa un 11% de sus reservas, y 300 toneladas se enviarán desde Nueva York. Para 2020, el plan es tener el 50% de sus reservas en Frankfurt. Alemania tiene la segunda existencia más grande de oro después de EEUU y no ha comprado ni vendido oro desde 1973.

Como parte de la estrategia de la Guerra Fría, Alemania almacenó muchas de sus reservas de oro “tan al oeste como fuera posible”. Los funcionarios del Bundesbank afirman ahora que esa estrategia está anticuada. También dicen que el movimiento de vuelta del oro a Alemania pretende crear confianza en caso de una crisis de divisa en el euro. El movimiento, tal y como los reporta el Wall Street Journal, era una respuesta a “presiones desde Berlín y de una notable campaña entre la gente corriente por parte de la prensa populista, que juega con el miedo a que la crisis del euro plantee un riesgo al bienestar financiero de Alemania”.

El tema de la repatriación del oro de Alemania fue explicado en Mises.org en octubre y diciembre de 2012. Patrick Barron y Godfrey Bloom concluían que repatriar el oro es un primer paso importante y necesario para una reforma monetaria.

Esa opinión no es compartida por los economistas ortodoxos. El Journal informa: “Los economistas han visto el debate (sobre la situación del oro de Alemania) con perplejidad, considerándolo completamente alejado de la realidad, dado que el oro no ha desempeñado ningún papel oficial en la política monetaria internacional desde el colapso del acuerdo de Bretton Woods en 1973”. El Journalcita luego a Holger Schmieding, economista jefe del Berenberg Bank en Londres”. “El debate del año pasado fue absolutamente ridículo (…) movido por miedos completamente irracionales (…) No veo ninguna justificación económica o financiera para que el Bundesbank haga esto”.

Sin embargo, John P. Cochran, decano emérito de la Escuela de Negocios en la Metropolitan State University de Denver, contesta que “no todos los economistas ven esto como ridículo, particularmente los economistas austriacos. El movimiento puede ser un paso parcial hacia la restauración de una moneda fuerte, un paso que protegería potencialmente (…) a los alemanes ante riesgos para sus bienestar financiero”.

Cochran continúa: “El movimiento es quizá una razón para el optimismo de que los argumentos para una vuelta a una moneda fuerte estén empezando a tener algún impacto mínimo en llevar la discusión en una dirección positiva, pero la clave del éxito de cualquier eventual divisa respaldada por oro está en la idea de que la entrega de oro respecto de la demanda (del público en general) es esencial”. Proporciona advertencias adicionales en su artículo “Patrones ‘oro de los tontos’”.

El profesor Guido Hülsmann, alemán que enseña en la Universidad de Angers, en Francia, cuestiona el significado de las notas de prensa: “¿Por qué entonces el Bundesbank emite de repente dos notas de prensa en cuatro meses? ¿Para restregar por la cara del mundo que quiere su oro de vuelta? No creo que esto sirva para calmar a la opinión pública interna. Más bien, este es uno de los últimos resortes a los que acudir antes de quedarse completamente marginalizado dentro del consejo de gobierno del BCE. Lo están empleando de verdad, aunque traten de no ser demasiado atrevidos. En un mundo inundado por deuda, el oro es el último refugio seguro. Los banqueros centrales saben esto mejor que la mayoría de la gente, aunque tengan que simular en su trabajo diario que esas preocupaciones son irrelevantes. ¿Significa esto que la Eurozona se acerca a su final? No lo creo, pero los protagonistas ya no están jugando flojo”.

Peter Klein, de la Universidad de Missouri, apunta que “El oro es la cobertura definitiva de la inflación a largo plazo y tener oro físico es más seguro que tener un derecho legal sobre oro almacenado en otro lugar. No sabemos si el movimiento del Bundesbank es puramente simbólico o refleja preocupaciones reales, pero en todo caso es una señal importante”. Klein también apunta: “Igualmente interesante es por qué el gobierno de EEUU no está devolviendo todo el oro de una vez, sino por pasos. ¿Tiene EEUU reservas fraccionarias?”

El profesor Philipp Bagus, alemán que enseña en la Universidad Rey Juan Carlos en España y autor deLa tragedia del euro, tiene también curiosidad: “Es sorprendente que (los envíos de oro) vayan a durar hasta 2020 para recuperar el oro. Esto refuerza la sospecha de que la Fed y otros bancos centrales han prestado oro para bancos de lingotes que a su vez lo han vendido rebajando su precio. Rescindir estos contratos llevará algún tiempo para no afectar al mercado del oro. La Fed necesita tiempo para recuperar su oro. Por lo que sabemos, puede que no esté allí físicamente. Probablemente esta sea la razón por la que se tardará hasta 2020”.

Sobre un punto más fundamental, Bagus apuntaba: “Por supuesto, es una buena noticia ya que, al repatriar el oro alemán, se destaca la importancia del oro para fines monetarios y se hace posible cualquier reforma monetaria que pueda querer Alemania durante la crisis del euro”.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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© Alejandro Muyshondt