Un cuento que conmueve [Carta de mi abuela “la Comunista”]

Publicidad

Un cuento que conmueve 

Un cuento les voy a contar
y como de Monseñor Romero se trata,
muy bonito será,
y segura estoy les gustará.
El 15 de agosto de 1917, día de la Transfiguración del Señor, nació un niño en Ciudad Barrios, un pueblecito del Oriente del país, en un hogar humilde y sencillo donde siempre se confiaba en el Señor Jesús. Oscar Arnulfo por nombre le pusieron. Ese niño sencillo y bondadoso, del campo disfrutaba. Lo contemplaba maravillado, palpaba su belleza y por todo eso a Dios bendecía.
Obediente y sumiso con sus padres, hasta mandados les hacía. Cuando mucho tardaba lo salían a buscar. Muy pronto cuenta se dieron del lugar que frecuentaba. El niño campesino la iglesia visitaba, donde Cristo se encontraba y lo esperaba también.
Sereno, tranquilo y con mucha devoción al Cristo escuchaba, rara vez él hablaba, pero de vez en cuando murmuraba: “Sí, Señor Jesús”. El niño fue creciendo, y también en sabiduría que le hacía amar al Cristo con más intensidad…
El tiempo pasaba y cada vez que al Cristo visitaba la felicidad lo envolvía. Un día de tantos, arrodillado estaba y un llamado sintió. El Cristo le dijo: “Toma tu cruz y sígueme. Yo te indicaré el camino a seguir. Te advierto que en él encontrarás sendas de rosas, pero espinas también que inmenso dolor te causarán”.
La felicidad lo embargaba, obediente y con firmeza le respondió: “Sí, Señor Jesús. Yo tomaré la cruz que me ofreces”, y las gracias le dio. Dejando estelas en el caminar de su sacerdocio por sus méritos a obispo llegó, para luego convertirse en el IV Arzobispo de El Salvador. El gran “Oscar Arnulfo Romero y Galdámez”.
La muerte de su amigo Rutilio, sacerdote también, lo conmovió de tal manera que en profeta se convirtió. La misión de arzobispo fue como las estaciones de un Vía Crucis. Cada estación le fue enseñando que no sólo era un arzobispo, sino también el Pastor de muchas ovejas extraviadas.
El Arzobispo Profeta en el púlpito de la Catedral se inició. La Catedral se llenaba y hasta aplausos se oían –no sólo de su pueblo–, de extranjeros también que desde lejanos países venían, atraídos por conocer y oír al profeta que desde su púlpito con fuerza y valentía reclamaba la justicia y la compasión para su pueblo querido y crucificado, que seguía siendo perseguido y masacrado con odio y con más furia. Su corazón se desbordaba, clamando por el respeto a la vida de sus hermanos, por la dignidad perdida de los hombres, mujeres y niños, que seguía siendo vilmente pisoteada. Y una y mil veces repetía: “la vida es el don más preciado de Dios, sólo a Dios le pertenece”, por eso: les pido, les suplico y les ordeno “dejen de matar!”.
Su calvario fue largo y doloroso como el de Cristo Jesús.
En sus prodigiosas homilías nos exponía su admirable teología que nos enseñaba cómo amar a Dios sobre todas las cosas, a su Madre, la Virgen María, y a nuestros hermanos en Cristo Jesús.
Los fariseos en su teología se fijaron, pero no en que a conversión los llamaba. Nunca aceptaron que la Iglesia siempre dispuesta estaba a denunciar la injusticia, la opresión y persecución, y no dejará nunca de ser “la voz de los sin voz”. “Yo amo a los pobres, decía, y Cristo se identifica con el sufrimiento de nuestro pueblo, por ello la Iglesia es la de los pobres y marginados”. Ellos eran los que la Catedral llenaban y cuando se despedía y la mano les daba, lo hacía con su sonrisa habitual, con ternura y compasión que siempre tuvo para su pueblo querido. A los ricos nunca despreció y muchas veces les decía: “Si no se hacen pobres en el corazón, no podrán entrar en el reino de los cielos”. Por supuesto, ellos se indignaban porque sus denuncias a su modo las interpretaban. Las comentaban con furia, acrecentando más su odio y sólo callarlo deseaban.
En cambio él, con su bondad, amor, entrega y preferencia por los más necesitados, a su pueblo conquistó. Compartía con ellos su alegría, su esperanza y su confianza en Dios.
En verdad, fue un hombre de oración, sencillo, humilde y sobre todo muy humano. Su amor a Dios y a su Madre Santísima era muy profundo. Amaba a los más necesitados, lo cual lo manifestó de muchas maneras. Su compasión y comprensión hizo acogerlos y darles refugio para cuidar de que nada les faltara. Quería conseguir para ellos una vida digna, una vida de persona, una vida como verdaderos hijos de Dios.
Por ello tomó muy en serio la parábola del Buen Pastor. Muchas veces nos contaba que sus ovejas y su pueblo le habían enseñado mucho y emocionado repetía: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”. Consideraba que era su obligación cuidar de sus ovejas y por eso con firmeza repetía: “Les ruego, les suplico, les ordeno en nombre de Dios, cese la represión”. ¿Cómo olvidar a nuestro Arzobispo que dio su vida por amar a sus hermanos?
Acusaciones le llovían, lo tildaban de que hacía política. Lo que realmente hacía era denunciar la represión y persecución que efectuaban con tanta barbarie. Como profeta anunció que todo eso podría convertirse en una guerra. Decían que era manipulado por… Lo cierto es que fue manipulado por Dios. “Fue un enviado de Dios para salvar a su pueblo”. Dios lo guió siempre, El mostró su camino, “el camino de la cruz”. Comprensión no había para él. Todo se lo tomaban a mal… Por ejemplo, se indignaban cuando decía “Iglesia de los pobres”, y por su opción por los pobres. ¿Qué tristeza verdad? Qué poco conocían los Santos Evangelios, pues el Señor Jesús mostró siempre su preferencia por los más necesitados, mutilados, leprosos, sordomudos y ciegos, curándolos. Y para darles la esperanza les dijo: “Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. ¿Por qué, entonces, ese escándalo? Si Monseñor Romero lo que hacía era pregonar los mensajes de Jesús y ponerlos en práctica, compadeciéndose de los sufrimientos de sus hermanos. Por eso en la Catedral se dirigía a ellos y les hablaba de la pobreza de Jesús. Lo hacía tan lindo que se sentían halagados y consolados. ¿Cómo se iba a dirigir a los ricos si ellos brillaban por su ausencia? Ellos cómodamente lo escuchaban en sus residencias ¡para después criticarlo!
Hizo repetidos llamados a la oligarquía para que compartieran sus bienes: “No idolatren las riquezas, no las salven de manera que dejen morir de hambre a los demás. Hay que compartir para ser felices… El cardenal Lorscheider me dijo una comparación muy pintoresca: “Hay que saber quitarse los anillos para que no les quiten los dedos”. Creo que es una expresión bien inteligente (Homilía del 6 de enero de 1980).
Todos sabemos que la “Iglesia de los pobres” no es “exclusivamente de los pobres”, pero fueron los pobres los que buscaban a Monseñor Romero. Ellos necesitaban a su Arzobispo, a su Profeta. Querían oírlo, saludarlo, abrazarlo y recibir su bendición. Su calvario se acrecentaba a medida que el tiempo pasaba, sufrió cuando maltrataban y mataban a sus sacerdotes, a sus amigos y a su pueblo. Su corazón se estremecía de dolor y por eso decía: “A mí me ha tocado sólo recoger cadáveres”. Al mismo tiempo el odio hacia él crecía, lo amenazaban y silenciarlo querían… Cuando le decían que tuviera cuidado, él respondía: “no temo por mí, pero sí por los que me acompañan”.
Suplicaba que no trajeran armas. El pensaba que las armas no solamente matan al cuerpo, sino también el alma, el corazón, los sentimientos y la razón. Y una vez perdidos los sentimientos y la razón, en bestias se convertirán. ¡Cuanta razón tenía! Nos saturaron de armas y ya ven con esas armas cómo se sigue derramando la sangre de nuestros hermanos. Nuestro Padre Celestial quiso mandarnos un profeta y lo hizo en la persona de Monseñor Romero. El nos hizo ver nuestros errores y nos llamaba a conversión, nos hablaba de mil maneras, con firmeza, con valentía y con mucho amor. El pedía justicia, perdón y reconciliación, pero en cambio lo hicieron sufrir mucho, lo amenazaron, llegaron a odiarlo y quisieron silenciarlo.
El día lunes 24 de Marzo de 1980, Monseñor Romero salió temprano como lo hacía siempre para cumplir con sus obligaciones de arzobispo y de pastor de su grey. Por la tarde del mismo día fue a Santa Tecla a buscar a su Padre espiritual para confesarse. Cuando venía de regreso, venía callado y rezando. Presuroso se preparó para celebrar la Santa Misa en la Capilla de la Divina Providencia. Inició la Santa Misa con mucha devoción y con la plegaria: “Yo confieso ante Dios Padre y ante vosotros hermanos que he pecado…”. Luego, una homilía grandiosa y especial… Cuando llegó el momento de convertir el pan en cuerpo de Cristo y el vino en la sangre de Cristo, cayó fulminado a los pies del Cristo Crucificado. El asesino con un certero balazo, traspasó su corazón y su sangre brotó…
Su corazón grande y bondadoso que supo amar intensamente a sus ovejas más descarriadas. El vivió como Jesús y como El fue crucificado por haber amado, apoyado y defendido a los más pobres y haber denunciado a sus opresores. A pesar de las muchas amenazas, nunca creímos que lo harían, que llegarían a tal extremo. Pero sí fueron capaces y no les bastó el hecho cometido, sino además, sus asesinos y otras personas que lo odiaban, celebraron su muerte hasta con champaña en sus residencias.
Sin querer lo convirtieron en un Mártir y en un Santo, y no lograron silenciarlo. Asimismo, él no murió. Monseñor Romero vivirá por siempre y su voz fuerte y valiente será oída con más firmeza, llamando siempre a conversión, sobre todo a los corazones de quienes lo planearon, que lo odiaron tanto que lo mataron. Recuerdo cuando él dijo: “Mi muerte, si es aceptada por Dios, será por la liberación de mi pueblo y como una esperanza en el futuro”. Nuestro Pastor no creyó en la muerte, creyó siempre en la resurrección. El nunca se quejó de su cruz, al contrario, todo lo hizo con amor. Ofreció su vida, supo dar el perdón y hoy ora por aquellos que no lo aceptaron como Pastor.
Martes 25 de Marzo. Mártir y Santo, nuestro querido Monseñor Romero yace dormido, no en la Catedral como le hubiera correspondido, sino en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús. El único ruido que se escuchaba era el ruido del silencio… Un silencio profundo. Miles de personas silenciosas y tristes caminaban y esperaban su turno para brindar el último tributo a su Pastor.
El yacía sereno y rodeado de flores. Estaba silencioso. Su pueblo lloraba; turbado y triste, gemía. Se acercaba la semana Santa, el Domingo de Ramos. Llegó el día de sus funerales. El cuerpo de Monseñor ya se encontraba en Catedral. Pusieron su ataúd en la entrada de la iglesia. La gente lo aclamaba, cantaba y lloraba. Había un altar para concelebrar la misa. Llegaron muchos prelados, hasta de tierras lejanas, tomaron sus puestos y contemplaban conmovidos el gran espectáculo.
Comenzó la Santa Misa. En silencio reconocimos nuestros pecados; escuchamos el Santo Evangelio y comenzó la homilía; todos la oíamos con mucha devoción. De repente un fogonazo, un bombazo, tiros por doquier. Y aquel orden y devoción se convirtió en algo terrible, imposible de describir. Se entró el féretro a toda prisa y aquello se convirtió en un caos. La gente grita, corre buscando refugio; la Catedral se llena; las bombas siguen… Adentro hay calor, falta el aire. Hay golpeados y desmayados y hay muertos. Hay ruido, hay pavor, y Monseñor fue sepultado a toda prisa.
¿Qué pasaba afuera? ¿Quién había provocado todo esto? Las horas se nos hacían eternas. Vimos la muerte de cerca. Pedimos perdón y piedad al Señor. La confusión termina… Teníamos que salir. ¡Hubiéramos querido quedarnos con él! Monseñor se quedó solo en su Catedral. La plaza daba horror… Al día siguiente esa plaza estaba desolada, pero mostraba los estragos provocados por la horrorosa tragedia. No se conformaron con quitarnos a nuestro Arzobispo y Pastor. Además quisieron hacer de sus funerales un caos para confundir y acusar a otros de su alevoso crimen.
Han pasado los años y no han querido confesar ni arrepentirse de ese crimen tan horrendo. Investigaciones a fondo mostraron a sus asesinos intelectuales, pero ellos siguen dando el culto al principal causante de la muerte de Monseñor Romero.

Este es un cuento que conmueve. Otro día les contaré por qué lo he escrito.
Amuys
[Aida Parker de Muyshondt 1917 – 2012]

Publicidad