El Cuarto Poder

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Captamos al poder político como parte de una escena central ubicada allá lejos, donde están colocados aquellos elementos que tenemos lejanos pero no podemos dejar de conocer. Y hay una escena central compartida que se inscribe en el imaginario colectivo. La escena central tiene que ser vista o imaginada por todos. En la aldea y en la ciudad primaria, la escena central tenía lugar en las calles, en la plaza, en el templo, en el teatro, en el cabildo: ahí cursaba lo que se hacía público, que era lo que alimentaba la conciencia colectiva, esto es la vida consciente del conjunto social, que viene a ser lo que todos sus individuos piensan en común.

Tanto la información a quienes no habían presenciado algún evento cuanto la de extramuros, circulaban mediante relatos cuya confiabilidad aparecía satisfactoria para la confección de una versión plausible. Cuando la ciudad fue más grande, ya todo eso no era suficientemente visible o asequible desde aquellos relatos, por cuanto la escena central fue perdiendo su calidad concreta y pasó a ser una construcción virtual cuyos detalles debían ser comunicados a todos. Todos debían ser informados de lo que sucede, y esta necesidad de información la cubrió el periódico. Pero el periódico no sólo informaba sino que construía la escena central según su propio criterio: surge la noción de noticia y el incipiente oficio de periodista, que se basa en la comunicación de las cosas que se entiende que no todos pueden conocer.

Además, el periódico es un ente privado que debe ser comercializado y para ello, tiene que ser interesante: no se informan todas las noticias, sino las que el periodista interpreta que van a captar el mayor interés de la gente. Pero también el periódico va a ser juzgado por el público y por lo tanto, tiene que informar lo que es importante para la comunidad: el periodista decide ciertos valores sociales. Y como la gente no sabe bien qué pensar acerca de lo que sucede, el periodista agrega la tarea de enseñar a pensar e incursiona en la formación de opinión pública. Es decir, un ala central del poder ideológico planteado como negocio de unos pocos, que además juegan una competencia comercial por los contenidos más vendedores. Y por añadidura, como constituyen un poder están forzosamente vinculados a los otros poderes.

Aquí diríase que es donde la realidad –la verdad- es sustituida por lo atrayente y nace la vida puesta como espectáculo, la sociedad del espectáculo. Esto del espectáculo ya estaba en las religiones, aunque no era constituyente de la sociedad como comenzó a serlo el periódico. Fue un show escrito en papel que más tarde adquirió componentes electrónicos que le dieron voz e imagen, para hacer que la vida deje de residir en la propia persona y la persona de los otros y vaya a colocarse en un afuera que nos tiene cada vez más capturados (alienación). Esto sería quizás válido si lo que se viese fuese la vida del conjunto, del organismo social conformado por todos (comunidad), y quedase a buen recaudo la vida de los individuos; pero tampoco es así: lo que se hace es suprimir la individualidad y sustituirla por una fábula de comunidad.

En la sociedad liberal de derecho (mal llamada democracia), el periodismo asumió el autoconferido rol de vigilancia del poder político, proponiéndose como el cuarto poder, es decir, el agente que mantendría al pueblo informado de lo que hacían sus representantes. Lo cierto es que terminó cooptado por la sociedad política para hacer lo inverso, pasarle al pueblo la información que determinaban sus representantes, porque éstos tenían más eficaces recursos (políticos y económicos) para conseguir eso que los que tenía el pueblo comprando el diario. Y los periodistas que quisieron negarse siempre pagaron con su fortuna o con su vida esa desobediencia. El cuarto poder es un poder, y todo poder tiene que estar en la sociedad política; el sistema regulador no puede estar mezclado con el sistema regulado.

El periodismo degradó la identidad individual para que se ajustase al nuevo fenómeno de la sociedad de masas, que fue la manera en que el capitalismo industrial organizó la explosión demográfica. La gente ya no podía ver todo lo público: tenía que vivir en comunidades que les sean relatadas, trabajar en fábricas en las que sólo conoce a sus mandos directos y vincularse con instituciones que no termina de entender. Podía ver sólo lo que se le mostraba, sabiendo que no se le mostraba todo.

El poder nos implanta áreas y maneras de pensamiento (mentalidad) desde las cuales pensaremos todo y fuera de los cuales rechazaremos todo. Plantea aquella visión simplificada del mundo para lograr pensamiento y control sobre todas las cosas que para él son importantes, minimizando y negando todas las demás. De este modo, aplica una reducción de la realidad que excluye muchísimas cosas de la vida de muchísima gente, mientras enaltece las poquísimas cosas que él coloca en las vidas de la poquísima gente que habita su escena central; habitantes que por otra parte, el mismo periodismo inventa e instala, porque también es creador y administrador de una de las mayores lacras de la época: la fama.
Es decir que lo que una persona cree y piensa no es producto de su subjetividad sino de una subjetividad causada por el poder imperante. El periodismo crea una representación antojadiza de una realidad que debería ser elaborada de una manera más extensa y participativa.

Ningún poder rige por sí mismo, sino que como parte de un sistema mayor, necesita un acuerdo del resto (aquiescencia). Quizás no el acuerdo en todo, pero hay un mínimo de equilibrio entre los sectores dominante y dominado sin el cual ni el peor déspota puede sostenerse. La sociedad política se preocupa por conquistar a la sociedad civil y apelando a la ambición de la gente, le da en principio lo que le agrada; luego y apoyándose en la otra gran pata de la comunicación social, la publicidad, hace que le agrade lo que le da.
Es requisito que todas las personas ambicionen o reverencien los elementos constitutivos del sistema social, que han ido variando con las épocas y en esta son dinero, poder, fama, placer, consumo, quizás como los principales. El periodismo se ocupa de sostener y actualizar este aspecto de la cultura por vía de mecanismos de seducción y coerción típicos de los elementos de control social no estatales. Logra que seamos conformistas en nuestra alienación y estemos conformes en nuestra identificación adorando semideidades, idolatrando deportistas, admirando a ricos, anhelando lujos y defendiendo eslóganes, aunque sea flagrantemente remota la probabilidad de que nos acerquemos a todo eso. Es el primer transmisor e inculcador de los valores del sistema, uno de los cuales es que aceptemos con agrado o al menos sin resistencia, que la verdadera realidad no es la que proveen nuestros sentidos, nuestra conciencia y nuestra inteligencia, sino la que nos desesperamos por obtener día a día en los medios de comunicación social.

Consigue además que el día que no accedemos a los medios no nos sintamos humanos, cuando de hecho son ellos quienes nos mantienen deshumanizados.

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