Maquiavelo: la pasión realista – Juan Dal Maso

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El 21 de junio de 1527 moría Nicolás Maquiavelo, protagonista de una vida intensa, dura y apasionante, autor de destacadas obras que lo transformaron en el padre de la teoría política moderna.

 

Nacido en 1469 en el seno de una familia empobrecida pero con tradición en Florencia, Nicolás Maquiavelo se transformó en secretario de la república florentina el 15 de junio de 1498.
La república contaba con el liderazgo de Pedro Soderini, quien ocupaba el cargo de “confaloniero vitalicio”. Este cargo había sido instituido por presión de los nobles florentinos (“optimates”), no obstante lo cual realizarían una sorda resistencia contra Soderini hasta su caída. Maquiavelo ocuparía la Segunda Cancillería, que tenía como funciones las cuestiones internas y los asuntos militares. Desde ese lugar, realizó una serie de experiencias que le permitieron reflexionar sobre los problemas del poder, la política y la guerra.
En sus misiones pudo observar de cerca el accionar de personajes como Luis XII de Francia, César Borgia (el duque Valentino) y su padre el papa Alejandro VI y el posterior papa León X. Italia estaba dividida en ciudades-Estado, en las que tenían peso el ducado de Milán, la república florentina, los venecianos y el Papa, todos ellos, en especial los primeros tres, a merced de potencias mayores, cuyo accionar, más allá de las cuestiones inmediatas, para Maquiavelo implicaba de fondo la esclavitud de Italia.
Durante estos años, entre innumerables documentos relativos a sus misiones, Maquiavelo redactó en 1506 el texto Fantasías a Soderino, que anticipaba algunas reflexiones volcadas posteriormente en El Príncipe. Allí señalaba la importancia de que el accionar político se adapte a la realidad de los tiempos y a su vez la posibilidad, mediante este realismo político, de dominar las circunstancias, de forma tal que “el sabio mandará sobre los astros”.
Junto con las labores tendientes a sostener las alianzas de la república florentina, Maquiavelo dedicó gran esfuerzo al impulso de la Ordenanza para crear las milicias florentinas, participando activamente de su organización. Estas milicias jugaron un rol clave en el asedio de Pisa.
Los grandes cambios en la realidad italiana, marcados por la creciente intervención de España y Francia en la península, trajeron aparejada la caída de la república florentina y la restauración del poder de los Médici (casa tradicional que había gobernado antes de la república) a fines de agosto de 1512. Malas noticias para Maquiavelo, quien en noviembre de ese año fue expulsado de su cargo y acusado de una conspiración contra el poder restaurado, encarcelado y torturado, hasta que en marzo de 1513 salió de la cárcel y fue confinado en una aldea de la campiña florentina, volviendo luego a Florencia.
A partir de estos hechos, Maquiavelo vivió un exilio en su propia tierra en el que su vida quedó marcada por la pobreza y el contacto con la gente de pueblo y la esperanza de que los Médici quisieran alguna vez valerse de sus servicios. En estas nuevas condiciones de vida, retratadas en las cartas a su amigo Francesco Vettori, escribiría en 1513 su conocida obra El Príncipe, publicada en forma póstuma.
Como señala Corrado Vivanti en Maquiavelo. Los tiempos de la política, publicado por la editorial Paidós en 2013, Maquiavelo es posiblemente el autor que más se ha hecho famoso en un sentido contrario al de sus propias doctrinas, como una justificación del autoritarismo, la razón de Estado y la doble moral de las clases dominantes.
El pensamiento de Maquiavelo es un producto de su época, marcada por la expansión colonial de Europa sobre América, el enorme impacto que ésta tuvo en los modos de representarse la realidad por parte de los europeos, y el clima cultural creado por el humanismo y el Renacimiento. En estas condiciones es que surge la tentativa de Maquiavelo de reflexionar de modo realista sobre los asuntos políticos.
Esta tentativa encontraría dos férreos opositores: la Iglesia Católica, que obviamente era refractaria a toda desacralización de las ideas relativas al poder e incluiría El Príncipe en el índex de libros prohibidos; y las clases dominantes, que no tenían interés en que se divulgara y sometiera a escrutinio público los modos y razones de su accionar, cuyo ocultamiento al pueblo consideraban un derecho adquirido. El “antimaquiavelismo” no tenía (no tiene) nada de inocente.
Lejos del “cuco” creado por los “antimaquiavélicos”, las ideas de El Príncipe son indispensables para cualquier reflexión sobre la acción política: un estado debe basarse en buenas leyes y en buenas armas (propias y no mercenarias), un príncipe debe buscar apoyarse en el pueblo, ya que el deseo del pueblo es no ser oprimido, mientras que el de los nobles es sostener determinados privilegios; el príncipe debe utilizar las leyes y la fuerza conforme la figura del Centauro Quirón, mitad bestia y mitad hombre, educador de los héroes antiguos; en los asuntos políticos la “fortuna” –circunstancias independientes de la agencia humana– condiciona el curso de las cosas en la misma medida que la “virtud” –acción volitiva consciente y orientada audazmente hacia un fin–; a todo esto Maquiavelo agregaba que era necesario un líder que comprendiera estos problemas para “liberar a Italia de los bárbaros”.
Durante estos años de exilio interno, Maquiavelo seguiría reflexionando sobre los problemas del poder, la política y la guerra. A esto le aportaría a partir de 1516, un espacio ideal la casa de los Rucellai, en la que se daban los encuentros con un grupo de jóvenes en los célebres jardines florentinos conocidos como Orti Oricellari.
En esta etapa compone los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y Del Arte de la Guerra. En la primera obra, destacaba la preferencia por la institución de la república (aunque siempre con criterios de realismo político y no por establecer un arquetipo) y en la segunda expondría las ideas puestas en práctica en la creación de la milicia florentina al tiempo que repasaba las razones de la ruina de Italia por el accionar de los príncipes. Durante esos años se emplearía también en algunas “misiones” de poca relevancia, relativas a acuerdos comerciales fallidos y otras situaciones menores.
Fue recién en 1519 que los Médici rehabilitaron su participación en la esfera pública florentina. El cardenal Julio de Médici le encargó un consejo para la reforma del estado florentino, que Maquiavelo escribió sin ahorrar críticas a la casa gobernante, por lo cual no sería bien recibido y posteriormente la redacción de la Historia de Florencia. Esta tarea, aunque no muy bien remunerada, le permitía a Maquiavelo volver al ruedo y asimismo jugar un rol que anteriormente se reservaba a los cancilleres florentinos, como era escribir la historia de la Ciudad. Julio de Médici se transformaría luego en el papa Clemente VII.
En las Historias florentinas Maquiavelo se propuso exponer y no ocultar las luchas y divisiones que caracterizaron la historia de la Ciudad. Al día de hoy persisten los debates sobre las simpatías de Maquiavelo hacia la rebelión de los Ciompi (trabajadores cardadores de lana) que tuvo lugar en 1378 y ocupa un lugar destacado en su exposición, dedicando un largo párrafo en el que un Ciompo expone los motivos de la rebelión. En cualquier caso, está claro que Maquiavelo estaba interesado en dejar claras las razones de los insurrectos, a tono con el objetivo que se daba al inicio de su narración histórica.
Realizaría también algunas misiones para Clemente VII, aunque profundamente descontento de la disgregación de Italia. Fue autor de obras teatrales como La Mandrágora y Clizia. Murió el 21 de junio de 1527 a los pocos días de la caída de los Médici y la restauración de la república florentina.
Su obra marcó para siempre el pensamiento político de Occidente, en sus más variadas tendencias. Entre los autores marxistas, le dedicaron especial atención Antonio Gramsci y Louis Althusser.
Como le sucede a todo pensador adelantado a su tiempo, la realidad no le escatimó amarguras.
El propio Maquiavelo fue extremadamente consciente de este tributo que su “virtud” le pagaba a la “fortuna”, creando sus propios interlocutores más allá de las miserias del presente, como dijera en una carta a Francesco Vettori:
“Al caer la noche, me vuelvo a casa y entro en mi despacho; y en la puerta me despojo de mi vestido cotidiano, lleno de barro y lodo y me pongo vestiduras reales y curiales; y revestido con la debida decencia entro en las cortes antiguas de los antiguos hombres […] donde no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarles la razón de sus actuaciones […] y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, olvido toda angustia, no temo a la pobreza, no me desconcierta la muerte, todo mi ser se transfunde en ellos”.

Juan Dal Maso

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