Narconovelas: plata, plomo, ¿ y prohibición? – Santiago Ospina García

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Hay un debate sobre los efectos de las narconovelas. ¿Prohibir esta expresión de la narcocultura resolvería los problemas que supuestamente exacerba?

Cada vez que en Colombia se estrena una narconovela vuelve la polémica sobre la ética de los medios que las producen, sobre su influencia nefasta en la sociedad, sobre la imagen que dan del país y sobre el irrespeto a la memoria y a las víctimas. Este debate también se da en América Latina, donde igualmente hay preocupación por los efectos negativos de las narcoproducciones colombianas, que son muy exitosas por la calidad de los actores, los guiones y la producción. ¿Prohibir esta expresión de la narcocultura resolvería los problemas que supuestamente exacerba?

Prohibir la expresión de la narcocultura

José Manuel Valenzuela, profesor e investigador del Departamento de Estudios Culturales del Colegio de la Frontera Norte (México), dice a DW que no conoce estudios que demuestren indiscutiblemente que la inhibición de las expresiones de la narcocultura sea una medida eficaz contra sus pretendidos efectos negativos. Valenzuela evoca el caso de los narcocorridos: “En México de manera temprana empezaron las prohibiciones. La Cámara Nacional de la Industria de la Radio y de la Televisión los prohibió, y no pasó nada. Se siguen tocando en los bailes y conciertos hasta llegar a un posicionamiento más fuerte por parte de distintos actores sociales”.

Tigres del Norte en concierto en Otay Mesa, California en 2016
“Tigres del Norte” en concierto en Otay Mesa, California en 2016
Sobre los “corridos prohibidos” se decía que si los jóvenes los escuchaban, tendrían una suerte de proclividad incontinente para consumir drogas o para incorporarse al mundo del narcotráfico. “En el fondo, esto no era lo correcto”, acota el investigador mexicano, añadiendo que estos argumentos eran “muy frívolos y poco verídicos”. Las verdaderas razones de las corrientes prohibicionistas yacían en el hecho de que los corridos comenzaron a ser más explícitos en la presentación de las complicidades del narco con el clero, con figuras de la vida social y de la política.

Por su parte, Omar Rincón, profesor e investigador de la Universidad de los Andes, de Bogotá, se pregunta en la revista Nueva Sociedad (2015) si se deben “censurar o quitar estas narconovelas”, a lo cual responde negativamente, apuntando que “hay que seguir haciéndolas porque la historia es un duelo de relatos y la ficción es la mejor manera de contarla, solo que habría que diversificar los puntos de vista, no solo quedarse en la verdad de los narcos y violentos, sino buscar los otros relatos”.

Para Rincón, estas producciones se deben escribir y actuar con más conciencia, de manera que no se justifique por ningún motivo el tipo de héroes que en ellas se presentan. Además, “hay que mostrar a los narcos como criminales sin justificación ni reivindicación o vidas que admirar”.

“Más vale una hora de rey, que una vida de buey”

¿Por qué los colombianos -y, al parecer, muchos latinoamericanos- se identifican con producciones como “Escobar, el Patrón del mal”? Según Omar Rincón, se debe a que esta es “una sociedad de exclusión y de inequidad donde ‘el ascender’ legítimo vía educación y trabajo no es posible, ya que solo una pequeña parte logra ir a la universidad y habitar la sociedad del trabajo bien remunerado”.

Omar Ricón cree que el narcotráfico ha creado en una parte de la población una cultura del “todo se vale” para salir de la pobreza o hacer fortuna. Para su homólogo mexicano, esto debe ser matizado, ya que la idea del dinero fácil en el narcotráfico casi siempre es un mito. En efecto, personas vinculadas al narco han confesado a Valenzuela que sí se puede hacer dinero rápidamente, mas no es tan fácil como se cree –o como se muestra en las narconovelas. No hay que olvidar que la mayoría de estas ficciones responden más a intereses económicos que sociales o educativos.

La moto de Pablo Escobar.
La “moto” de Pablo Escobar.
La narcocultura parte de la necesidad de contar lo que significa el río de sangre que viene corriendo por América Latina en los últimos años bajo el supuesto combate al narcotráfico, pero cuando hacemos el saldo, “vemos que lo que hay es un sitio a los espacios de libertad, a los espacios de la sociedad civil, que el narco goza de cabal salud, que no hay escasez de drogas en ninguna parte”, señala Valenzuela. Añade que es ahí cuando se puede observar una suerte de naturalización de las actividades del narcotráfico en diversos sectores sociales. Todo esto lleva a una “cuestión que es preocupante”.

A pesar de los matices en sus posiciones, ambos investigadores consultados por DW concuerdan en que las diferentes expresiones de la narcocultura son la consecuencia y el reflejo de la situación política, económica y social en Latinoamérica, donde imperan la falta de educación y la escasez de oportunidades para vivir dignamente.

Valenzuela sostiene que en México 100 mil niños están en condiciones de precarización –como el niño sicario alias “El Ponchis”- y que 30 mil están involucrados en distintas facetas del narcotráfico. Resalta además, que en el continente crece la figura de los “tonas”, es decir, los miles de seres humanos para quienes la vida es “todo o nada” y que por lo tanto creen que “más vale una hora de rey, que una vida de buey”.

Sentencia que vivimos en sociedades que ponderan de forma delirante el consumismo como el parámetro del éxito en la vida, donde se abandona el ser por el poseer.

De ahí la importancia de dar oportunidades de educación integral y de trabajo digno que favorezcan el ascenso social por las vías legales, y que fortalezcan los valores humanos. Estas oportunidades, además, deben ayudar al ciudadano a desarrollar la capacidad de hacer una lectura crítica de los contenidos ofrecidos por los grandes medios de comunicación y de las diferentes expresiones de la narcocultura. 

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