Abusos sexuales: la sotana de Bergoglio cada vez tapa menos – Daniel Satur

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Sus acólitos quieren mostrarlo con voluntad transformadora. Pero Francisco está decidido a seguir sosteniendo y encubriendo a miles de curas violadores. La verdad, así y todo, hace lo suyo.

 Un “inesperado escándalo golpea al Papa Francisco”, decía una crónica de este lunes del diario Clarín. ¿Inesperado? En todo caso será el mismo Jorge Bergoglio quien se golpea a sí mismo, al tomar algunas decisiones que terminan activando denuncias que desnudan parte del complejo entramado de encubrimientos a miles y miles de abusadores sexuales dentro de la Iglesia católica.
Este fin de semana el diario La Repubblica de Italia y el semanario L’Espresso denunciaron que el arzobispo jesuita español Luis Ladaria Ferrer, a quien Francisco acaba de nombrar al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue un conspicuo encubridor de curas pedófilos.
Ladaria Ferrer reemplazó, por orden de Bergoglio, al cardenal Gerhard Müller, quien cumplió sus cinco años de función en ese “ministerio” vaticano (encargado de “guardar” la ortodoxia católica) y no contó con el visto bueno papal para renovar su gestión.
Según denunciaron esos importantes medios italianos, uno de los hechos más escandalosos protagonizados por Ladaria Ferrer fue no haber denunciado ante el poder judicial a un cura violador de niños que había sido sancionado por la propia Iglesia. Con el agravante de que, luego de ser echado como sacerdote, siendo nuevamente laico siguió abusando sexualmente de adolescentes.
El abusador es Giovanni Trotta, quien en 2009 fue “procesado” por el mismo Vaticano y condenado tres años después a la pena de “reducción al estado laical”. Es decir, dejar de ser cura. Esa condena, que declaraba a Trotta como “culpable de delitos con menores contra el sexto comandamiento”, la firmaron las dos máximas autoridades de la Congregación para la Doctrina de la Fe de ese momento: el norteamericano William Levada y el español Luis Ladaria Ferrer.
En esa misma sentencia el Vaticano dejaba abierta la puerta para que todo quedara “puertas adentro” y el caso no trascendiera. Puntualmente se sugería “que la nueva condición del sacerdote dimitido no dé escándalo a los fieles”. O sea, que no se difunda el caso.
Dicho y hecho. Trotta dejó de ser cura, nadie agitó las aguas y del tema no se habló por mucho tiempo. Hasta que Trotta, confiando en su impunidad, volvió a cometer abusos. Fue cuando, ya sin sotana, se conchabó como entrenador de fútbol para adolescentes en Foggia, la misma región del sur de Italia donde había cometido los abusos anteriores.
Como siempre sucede, ninguna de las familias de los jóvenes futbolistas supo por parte de la Curia vaticana que Trotta era un violador. Sólo lo supieron cuando una víctima logró salir del terror y el silencio y poner en palabras lo sufrido. Luego de las primeras denuncias, se logró comprobar que entre 2012 y 2014 el excura abusó de una decena de adolescentes. Finalmente fue arrestado en 2015 y el año pasado fue condenado a ocho años de cárcel. Y por estos días enfrentará un nuevo juicio por crímenes similares.
La conclusión es clara: si el ahora titular de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el arzobispo jesuita Ladaria Ferrer, hubiera entregado al Poder Judicial italiano en 2012 al pedófilo Giovanni Trotta, decenas de adolescentes no hubieran sufrido los abusos de ese hombre en los años siguientes, como finalmente sucedió.
Pero mientras Trotta está cada vez más hundido judicialmente, sus encubridores eclesiásticos son premiados por Bergoglio. Es el caso de Ladaria Ferrer, quien desde esta semana es el máximo encargado del Vaticano de Francisco de decir qué es y que no es “pecado” y “delito” dentro de la Iglesia.
El excadenal argentino podrá justificarse en que no está obligado, según las leyes internas del Vaticano y de Italia, a denunciar a personajes como Trotta ante la justicia civil. Pero difícilmente pueda zafar de quedar, una vez más, al descubierto su doble discurso y doble moral.
La semana pasada, mientras Francisco se aprestaba a poner a Ladaria Ferrer a manejar la “Doctrina de la Fe” (sin imaginar lo poco que tardaría en ser denunciado), desde Australia llegaba la denuncia contra otro de los más encumbrados colaboradores del Papa. El cardenal George Pell, responsable nada menos que de las finanzas del Vaticano, fue citado por un tribunal de Melbourne para comparecer por acusaciones de abuso sexual de menores entre los años 1976 y 2001 en diferentes ciudades de su país.
¿Bergoglio está rodeado de pedófilos y encubridores de abuso sexual sistemático y no sabe nada? ¿Hasta dónde llegará la capacidad de asombro del “Papa humilde” que llamó a la “tolerancia cero” para con los crímenes sexuales cometidos dentro de su institución?
Si estas preguntas no convencen, se pueden formular otras. ¿Es creíble, a esta altura, que Bergoglio quiera acabar con estas atrocidades cuando en verdad les da cada vez más poder a quienes hicieron mucho por sostener un sistema interno de encubrimiento e impunidad? ¿Hasta dónde podrá sostener el doble discurso Francisco?
Hoy se habla de los casos de Pell y de Ladaria Ferrer. Pero en el propio país de Bergoglio hace casi un año se destapó el escándalo del Instituto Antonio Provolo, donde está demostrado que el actual Papa también cumplió un importante rol como encubridor de curas violadores siendo la máxima autoridad de la Iglesia católica argentina. Y, huelga decirlo, estos nombres y estos casos son meros granos de arena en un profundo océano de hipocresía e impunidad.
Francesco Zanardi, referente de la red L’Abuso de Italia (organización de sobrevivientes de abuso sexual eclesiástico) dijo a La Izquierda Diario que “lo que está ocurriendo demuestra la verdadera línea de la Iglesia y no lo que desde hace quince años muestra la prensa corrupta, que nos quiere hacer creer que se está avanzando”.
Zanardi no sólo es uno de los denunciantes de los abusos en la Iglesia sino que también, por su rol como referente de la red, lleva adelante una constante investigación sobre el sistema de encubrimiento montado por el Vaticano.
Por eso denuncia sin dudar que “mientras dicen que el Papa quiere limpiar [la Iglesia] en verdad mantiene a su círculo cercano y continúa designando a personas de fama dudosa como Ladaria o Pell. Las víctimas seguimos clamando justicia, una justicia legítima. Pero lejos de eso, la Iglesia no responde a nuestros pedidos mientras le paga los abogados a los criminales de los que dice que quiere distanciarse. Estamos hartos de ver todo esto”.

Daniel Satur

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