Algunas cartas filiales de Antonio Gramsci desde la cárcel para conmemorar

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1. Las plumas vuelven a salir  (Carta XXXV)
Querido Delio:
Esta vez no he recibido ningún escrito tuyo. En la foto de Julián, he podido ver un rincón de tu cuarto, con la jaula de la cotorra. Lástima que no se pueda distinguir el pajarito. Espero que con la ensalada fresca (que debe desmenuzarse muy fina) y el alpiste se cure completamente, y las plumas vuelvan a crecer largas y brillantes.
Te beso,
Antonio
2. Estudia la Historia (Carta XXXVI)
Querido Delio:
Me siento un poco cansado y no puedo escribirte mucho. Tú escríbeme siempre y acerca de todo lo que te interesa en la escuela. Me parece que la historia te gusta, como me gustaba a mí cuando tenía tu edad, porque concierne a los hombres vivos, y todo lo que se refiere a los hombres, a cuantos más hombres sea posible, a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre sí en sociedad y trabajan y luchan y se mejoran a sí mismos, no puede dejar de gustarte por encima de cualquier otra cosa. Pero, ¿es así?
Te abrazo,
Antonio

3. El cerebro del avestruz (Carta XXXVII)

Querido Delio:

No he leído mucho de Wells porque sus libros no me gustan mucho. Creo que si tú tampoco los lees no será una gran pérdida para tu formación intelectual y moral. Tampoco su libro de historia universal me ha gustado mucho, aunque trate (y en este sentido constituye una cierta novedad, por lo menos en la literatura histórica de la Europa occidental) de ampliar el horizonte histórico tradicional, dando importancia, no sólo a los griegos, los egipcios, los romanos, etc., sino también a los mongoles, los chinos, los hindúes, etc. Como escritor de fantasía, me parece que es demasiado mecánico y pesado; como historiador, le falta la disciplina intelectual, el orden y la mentalidad del método.

Dime si te gusta este modo mío de escribirte y si lo entiendes todo. No he contestado tu carta anterior. Me gustó tu idea de ver el mundo poblado de elefantes erguidos en sus patas traseras, con el cerebro muy desarrollado. Desde luego, para que cupieran en grandes cantidades en la superficie del globo, ¡qué enorme cantidad de rascacielos hubieran debido construir! Pero el cerebro sin manos, ¿para qué les hubiera servido? Los avestruces tienen la cabeza erguida y libre, caminan en dos patas, pero su cerebro no se ha desarrollado mucho con todo eso. Es posible que para el hombre, en su evolución, se hayan concentrado muchas condiciones favorables, en el sentido de ayudarlo a llegar a ser lo que era, antes aun que se desarrollaran la voluntad definida hacia un fin y la inteligencia suficiente para organizar los medios necesarios para alcanzar ese propio fin. La cantidad se convierte en calidad para el hombre, y no para los demás seres vivientes, según parece.
Escríbeme largamente. Te abrazo,
Antonio
4. El elefante motorizado (Carta XXXVIII)
Querido Delio:

No sé si el elefante puede (o podía) evolucionar hasta convertirse, en la tierra, en un ser capaz como el hombre de dominar las fuerzas de la naturaleza y servirse de ellas para sus propios fines, en abstracto. Concretamente, el elefante no tuvo el mismo desarrollo que el hombre, y ciertamente ya no lo tendrá porque el hombre se sirve del elefante mientras que el elefante no puede servirse del hombre, ni siquiera para comérselo. Lo que piensas de la posibilidad, por parte del elefante, de adaptar sus patas al trabajo práctico, no corresponde a la realidad: porque el elefante posee, como elemento “técnico”, la trompa y, desde el punto de vista “elefantesco”, se sirve de ella espléndidamente para arrancar árboles, defenderse en determinadas circunstancias, etcétera.

Me habías escrito que te gustaba la historia y así llegamos a la trompa del elefante. Creo que para estudiar historia no se debe fantasear demasiado acerca de lo que hubiera sucedido “si”… (si el elefante se hubiese puesto a caminar en dos patas para dar mayor desarrollo al cerebro, si… si…; ¿y si el elefante hubiese nacido con ruedas?, ¡hubiese sido un tranvía natural! ¿Y si hubiese tenido alas? ¡Imagínate una invasión de elefantes como la de las langostas!).
Es ya muy difícil estudiar la historia realmente acontecida porque de una gran parte de ella se ha perdido todo documento. ¿Cómo se puede perder el tiempo estableciendo hipótesis que no tienen fundamento alguno? Además, en tus hipótesis hay demasiado antropomorfismo. ¿Por qué el elefante había de evolucionar como el hombre? ¡Quién sabe si algún elefante sabio, o algún elefantito extravagante, no hace desde su punto de vista, hipótesis acerca de por qué el hombre no se ha convertido en un animal con trompa!
Espero una larga carta tuya sobre este tema. Aquí no ha hecho mucho frío. Siempre hay flores abiertas. No tengo ningún pajarito conmigo, pero veo a menudo en el patio dos parejas de mirlos, y los gatos que los acechan para cogerlos; pero los mirlos no parecen preocuparse mucho por ello y siguen alegres y elegantes en sus movimientos.
Te abrazo,
Antonio
5. Los cinco minutos de papá (Carta XXXIX)
Querido Delio:

Espero me contestes acerca del asunto de Pushkin, sin prisa; tienes que prepararte bien, arreglártelas hasta donde puedas. ¿Cómo te va la escuela, a ti y a Julián? Ahora que tienen notas todos los meses, será más fácil controlar la marcha de los cursos. Te agradezco por haber abrazado fuerte fuerte a mamá de mi parte: pienso que debes hacerlo todos los días, todas las mañanas. Yo pienso siempre en ustedes; así, todas las mañanas me imaginaré: mis hijos y Julia piensan en mí en este momento. Tú eres el hermano mayor, pero tienes que decírselo también a Julián, y de esta manera todos los días tendrán los “cinco minutos de papá”. ¿Qué crees de esto?

Te beso,
Antonio
6. Los genios son pocos (Carta XLII)
Querido Delio:
Me he enterado por mamá Julia que mi última carta (o tal vez otras más) te ha dolido. ¿Por qué no me has dicho nada? Cuando algo de mis cartas te apene es bueno que me lo digas y me expliques tus razones. Yo te quiero mucho y no quiero darte ningún dolor: estoy tan lejos y no puedo acariciarte y darte como quisiera a resolver los problemas que nacen en tu mente. Debes, por ejemplo, repetirme el problema que me habías planteado una vez en relación con Chéjov, al que no he contestado: no me acuerdo de ello en absoluto.
Si tú sostenías que Chéjov es un escritor social, tenías razón, pero una razón que no debe enorgullecerte, porque ya Aristóteles había dicho que todos los hombres son animales sociales. Creo que tú querías decirme algo más, es decir, que Chéjov expresaba una determinada situación social, expresaba algunos aspectos de la vida de su tiempo y los expresaba de tal modo que se le debía considerar un escritor “progresista”. Desde luego, no se puede decirlo todo acerca de Chéjov en pocas palabras. Ni tampoco acerca de Turgueniev.
Tú notas que el periódico de los pioneros, en el pasado, dedicaba mucho espacio a Tolstoi y poco o casi ninguno a Gorki. Ahora que Gorki ha muerto y se siente el dolor por su pérdida, esto puede parecer una injusticia. Pero hay que juzgar con espíritu crítico en cada momento, y entonces no se debe olvidar que Tolstoi fue un escritor “mundial”, uno de los pocos escritores de todos los países que ha alcanzado la mayor perfección en el arte y ha suscitado torrentes de emociones en todas partes, en traducciones pésimas, incluso en hombres y mujeres embrutecidos por el cansancio y de una cultura elemental. Tolstoi fue verdaderamente un portador de civilización y belleza en el mundo contemporáneo; aún nadie lo ha podido igualar: para encontrarlo hay que pensar en Homero, Esquilo, Dante, Shakespeare, Goethe, Cervantes y otros pocos más.
Estoy muy contento por tu carta, y sobre todo de que te sientas mejor, de que te subas a las tapias para ver el eclipse, de que vayas a bañarte y a pasear por el bosque y de que aprenderás el italiano. Robustecerse también es hacer algo.
Te abrazo fuertemente,
Antonio

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