Crítica. La psicología de la desigualdad y una historia de lujo – Sam Pizzigati

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La existencia de servicios comerciales como el que ofrece The World puede simbolizar una contradicción interesante que afecta al intelectual colectivo de las sociedades occidentales contemporáneas: ¿Ofrece el más lujoso y exclusivo barco residencial del mundo lo último en experiencias humanas, o es este, sin embargo, otra señal inequívoca del carácter irremediablemente turbio del orden […]


La existencia de servicios comerciales como el que ofrece The World puede simbolizar una contradicción interesante que afecta al intelectual colectivo de las sociedades occidentales contemporáneas: ¿Ofrece el más lujoso y exclusivo barco residencial del mundo lo último en experiencias humanas, o es este, sin embargo, otra señal inequívoca del carácter irremediablemente turbio del orden económico vigente?

Existe un grupo formado por unas doscientas personas de grandes fortunas que pasará sus días de verano de manera plácida y despreocupada. El verano acabará, finalmente, pero no el placer y la despreocupación. Bienvenidos al mundo de The World, el mayor (y más dispendioso) “barco residencia privado del planeta”.

Habitualmente, los periodistas describen The World como un “complejo flotante de residencias de lujo en condominio”. Pero esa etiqueta no hace justicia a este navío. The World ofrece a aquellos que deciden llamar hogar a un barco nada menos que la perspectiva de un perpetuo viaje lleno de aventuras.

Pero tal promesa conlleva un precio apto para pocos bolsillos. La residencia más humilde de esta masiva embarcación de bandera bahameña se cotiza actualmente a 1,53 millones de dólares norteamericanos. La mayor de las suites cuesta 16,2 millones. Sumémosle a estos precios de venta una tasa anual de mantenimiento de 450.000 dólares, aproximadamente, para una residencia de 4,5 millones.

¿Qué obtienen los residentes a cambio de todo este dinero? El derecho a votar cada año cuáles de los siete mares irán a explorar. The World inició su viaje estival este julio en el puerto de Dutch Harbor en Alaska y navegará hacia el sur por la costa del Pacífico del continente americano hasta Cabo San Lucas, en la península mexicana de Baja California.

Llegado el otoño, el barco cruzará el Canal de Panamá, recorrerá el mar Caribe y finalmente se dirigirá a Nueva York. El año siguiente, la travesía continuará por Europa y África. A bordo de The World, el viaje nunca termina.

Algunos de los adinerados habitantes de este barco llevan viajando en él desde su inauguración en 2002. Han atracado en puertos de 114 países. Han podido ver los glaciares del círculo polar ártico y los volcanes de Vanuatu, siempre en un ambiente de exquisita complaciencia.

The World cuenta con una plantilla de 270 personas que atienden las necesidades de entre 150 y 200 residentes, los cuales gozan de una amplia oferta de ocio para mantenerse ocupados, desde las comodidades de lujo más comunes en los viajes de crucero hasta una cancha de tenis y un simulador que permite a los torpes golfistas de este barco probar “80 de los mejores campos de golf de élite del mundo”. Los vecinos de esta embarcación también cuentan con una dieta abundante. Su “tasa” anual de mantenimiento les permite gastar 30.000 dólares en tiendas gourmet o en una vinoteca de más de 16.000 botellas de vino. Los restaurantes también abundan.

Resulta que los residentes de The World reflejan perfectamente (en cierto sentido) la población mundial de hogares con al menos 10 millones de dólares, la fortuna mínima que previsiblemente posee cualquiera que se permite vivir en este barco. Actualmente, la mitad de los propietarios de viviendas en The World proviene de los Estados Unidos.

Muchos de estos propietarios terminarán regresando a tierra firme. En términos medios, los habitantes de The World pasan seis años en él como propietarios. Sacian su “hambre de viajar”, tal como explica un oficial de abordo, y después pasan el resto de sus días en tierra.

¿Qué te sugiere a ti todo esto? ¿A qué nivel se encuentra ahora tu cociente de envidia? ¿Se te ocurre algún otro objetivo vital más exclusivo que el de conseguir pagarse una vivienda a bordo de The World? O, por el contrario, ¿sacudes la cabeza, con decepción y quizás disgusto por la idea de que nuestro mundo tenga tantas personas pudientes suficientemente absortas en sí mismas como para abstraerse del mundo real (y sus problemas) durante años?

¿Deleite o disgusto? George Gallup debería hacer una encuesta, y si esa encuesta mostrase que la mayor parte de nosotros daríamos casi cualquier cosa a cambio de un viaje a bordo de The World, los plutócratas del mundo sabrían de su gran victoria. Sus sueños se habrían convertido en nuestros sueños. Y esto, para el mundo, sería una terrible pesadilla.

Sam Pizzigati es coeditor de Inequality.org y miembro asociado de Institute for Policy Studies de Washington D. C. Sufre una tendencia a marearse a bordo de cualquier embarcación que supere en tamaño a un kayak. Su último libro se titula Los ricos no siempre ganan (The Rich Don’t Always Win, Seven Stories Press).

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