El carácter bifacético del trabajo que produce mercancías – Pablo Anino

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El capitalismo es inherentemente contradictorio y desequilibrado. Esto no se debe únicamente a que es un sistema desgarrado por una oposición básica irreconciliable entre capitalistas dueños de los medios de producción y obreros que solo poseen su fuerza de trabajo para vender. Karl Marx va a explicar cuál es la lógica de su funcionamiento, las barreras que levanta a su propia acumulación y, en última instancia, por qué merece ser superado este modo de producción.

Para Marx toda fuente de valor es el trabajo humano: por eso no es casual no solo la pelea cotidiana entre capitalistas y trabajadores por la extensión del día de trabajo (de lo contrario no se entendería por qué generan tanto nerviosismo las propuestas de reducción de la jornada laboral y el reparto de las horas de trabajo), los tiempos de descanso o la intensidad del proceso productivo, sino tampoco el gigantesco aparato estadístico que registra las horas trabajadas en las cuentas nacionales de todos los países, e incluso de manera mucho más detallada en la contabilidad de costos de cada empresa.

El doble carácter del trabajo

Por su teoría del valor trabajo y por explicar que la fuente de la ganancia es el trabajo no pago al obrero, en no pocas oportunidades se le atribuyó a Marx un exceso de concentración es los aspectos cuantitativos. No obstante apenas comienza El capital, va a hablar de la dualidad del trabajo representado en las mercancías.

En un comienzo, la mercancía se nos puso de manifiesto como algo bifacético, como valor de uso y valor de cambio. Vimos a continuación que el trabajo, al estar expresado en el valor, no poseía ya los mismos rasgos característicos que lo distinguían como generador de valores de uso. He sido el primero en exponer críticamente esa naturaleza bifacética del trabajo contenido en la mercancía1.

Pero, ¿qué nos quiere decir? Marx distingue el trabajo concreto, que considerado desde el punto de vista útil produce cosas de diferente cualidad, como por ejemplo escritorios y sillas, del trabajo abstracto, que deja de lado esas particularidades para considerar los aspectos cuantitativos que tienen en común todas las mercancías: tiempo de trabajo objetivado. El trabajo humano que produce las mercancías que necesitamos cotidianamente para vivir, por lo cual nos dirigimos a los supermercados a comprarlas o las observamos en las vidrieras de electrónicos o de las tiendas de ropa cuando no nos alcanza el dinero para acceder a ellas, comprende esa dualidad . Es que las mercancías son, a la vez que productos que satisfacen necesidades sociales (de allí lo de valor de uso y el trabajo concreto) portadoras de valor de cambio (o, más precisamente, de valor2, es decir de tiempo de trabajo socialmente necesario3 objetivado), que es lo que importa a los capitalistas en pos de satisfacer su sed infinita de ganancias.

Marx, al señalar que es el primero en exponer críticamente la dualidad del trabajo que produce mercancías, lo que pretende es hacer notar que son dos aspectos en tensión, altamente contradictorios, que los economistas clásicos, en particular Adam Smith y David Ricardo, no habían descubierto. Si bien para los clásicos la mercancía también era valor de uso y valor de cambio, no avanzaron sobre esta dualidad del trabajo que produce mercancías. Es que a diferencia de Marx no llegaron a dilucidar el carácter de la mercancía fuerza de trabajo.

 

Una tensión que se despliega

Ese carácter bifacético de la mercancía se devela no solamente en el hecho de la contraposición que existe entre la necesidad insaciable de ganancias del capital y la satisfacción de necesidades sociales. Es una contradicción que “contenida” en la unidad misma de la mercancía se despliega a toda la organización social de la producción, teniendo diversas manifestaciones a lo largo del ciclo del capital.

En la búsqueda de ganancias, el capitalismo pugna de manera permanente e incansable por el desarrollo de las fuerzas productivas: ampliar y mejorar las maquinarias, herramientas, tecnología, establecimientos, recursos naturales, fuerza de trabajo, organización del trabajo, disponibles para la explotación capitalista. Impulsados por la competencia empresaria, los capitalistas particulares, para ganar unos sobre otros (y si pueden para expulsar directamente a sus competidores del mercado), buscan a cada instante aumentar la productividad a través de la incorporación de nuevas tecnologías, revolucionando las formas de organización del trabajo (por ejemplo, con el paso del fordismo al toyotismo), resultando de todo esto un abaratamiento de las mercancías. Pero esta dinámica, que potencialmente podría comprender un beneficio para toda la sociedad ¿a quién beneficia realmente?

Marx va a mostrar las ambivalencias que engendra el desarrollo de las fuerzas productivas. Algo que debería ser un beneficio para toda la sociedad dado que, en última instancia, se producen muchos más bienes y servicios en menos tiempo gracias a los logros de la ciencia que, aplicada al proceso de trabajo, permite aumentar la productividad, se termina transformando en un beneficio para capitales específicos, al mismo tiempo que destruye otros capitales y levanta barreras al propio desarrollo capitalista. Lo que ocurre es que el avance de las fuerzas productivas implica aumentar la producción de valores de uso (más mercancías se lanzan al mercado, más aumenta la riqueza material), pero eso no necesariamente implica un aumento del valor contenido en esas mercancías, o más precisamente de la “riqueza” monetaria, el dinero, que es lo que le importa a los capitalistas.

 

Una contradicción fundamental

Para graficarlo, supongamos arbitrariamente una revolución toyotista que permite triplicar la productividad logrando abaratar los precios (digamos al pasar que el precio es la expresión del valor, es decir del tiempo trabajo socialmente necesario que lleva producir algo, en dinero). Si todo lo demás en la economía se mantuvo igual y el desarrollo de la productividad se dio en toda la rama, reduciendo así el tiempo de trabajo socialmente necesario, un automóvil que se ofrecía a, supongamos, $ 300 mil, ahora ve reducir su precio hasta los $ 100 mil. ¿Qué ocurre con la facturación de Toyota? Para lograr facturar lo mismo que antes conseguía con la venta de un solo auto ($ 300 mil) ahora necesita vender tres ($ 100 mil multiplicado por tres = $ 300 mil). Pero resolver el problema de pasar de vender un auto a tres no es nada sencillo. Además, los límites reales del capitalismo no se reducen a lograr la venta de tres automóviles, sino que estamos tratando con millones y millones de bienes que se comercian cotidianamente: por ejemplo, en 2016, la producción mundial de vehículos alcanzó a 95 millones mientras las ventas fueron de 94 millones, según los datos de la Organización Mundial de Constructores de Automóviles (OICA, por sus siglas en francés).

Pero, volviendo a nuestro caso de ficción, si Toyota efectivamente logra vender tres automóviles para mantener la misma facturación que antes obtenía con una sola venta, dejando de lado la masa de ganancia que obtiene, no sería descabellado que al final del día los gerentes se pregunten: ¿para qué tanto esfuerzo en aumentar la productividad si facturamos lo mismo? Claro que, en la medida que las otras empresas no la imiten revolucionado la productividad, y entonces el valor social no haya cambiado en igual medida que el salto productivo logrado por esta firma, Toyota podrá facturar más de $ 100 mil por cada automóvil y obtener una ganancia extraordinaria. Pero si impulsadas por la competencia todas las empresas logran triplicar la productividad, la industria automotriz de conjunto se hará la misma pregunta que los gerentes de Toyota: ¿para qué tanto esfuerzo en aumentar la productividad si facturamos lo mismo? Esto tiene una “racionalidad”: la competencia es una guerra en la que el abaratamiento de las mercancías es el arma y el premio, ganar más mercado.

Vayamos más allá. Concedamos que Toyota logra no solo vender tres unidades, sino muchas más desplazando competidores y conquistando nuevos mercados en el mundo. Para que al final del día todo esto tenga alguna gracia para los capitalistas, el aumento de la facturación debe ser más que proporcional al aumento de la productividad. Un objetivo que para nada está al alcance de la mano. En términos de Marx:

En sí y para sí, una cantidad mayor de valor de uso constituirá una riqueza material mayor […] No obstante, a la masa creciente de la riqueza material puede corresponder una reducción simultánea de su magnitud de valor. Este movimiento antitético deriva del carácter bifacético del trabajo4.

Esta es una de las contradicciones fundamentales del capitalismo. La competencia conduce permanentemente a aniquilar el valor (y, por ende, el precio) de la mercancía. Todos los empresarios buscan incesantemente ganarles a sus pares mediante la reducción de los tiempos de trabajo (o, como está de moda reclamar a la clase capitalista en Argentina, bajar los “costos laborales”). Pero esa búsqueda los conduce a tener en sus manos mercancías que valen unitariamente cada vez menos, cuando el enigma5que desvela a todos los capitalistas es cómo ampliar la esfera de valorización, su facturación, el dinero que tienen en sus cuentas bancarias.

Suponiendo que la revolución toyotista llega a su “fin”, es decir, a fortalecer las ganancias empresarias, el proceso que va desde la situación previa al aumento de la productividad a una industria que funciona con nuevos parámetros es sumamente tumultuoso: puede comprender reestructuraciones, cierres de fábricas, despidos, suspensiones, ataques a las condiciones laborales, quiebres empresarios. No solo eso. El capitalismo no se reduce a Toyota ni a una rama industrial específica. El movimiento antitético se desenvuelve a cada instante, a nivel de todo el sistema. Los empresarios están interesados en la producción de más valor, pero el proceso de aumento de la productividad está asociado a la expulsión de trabajadores en relación a la masa de capital empleado (lo que Marx llama aumento de la composición orgánica del capital), y por ende a reducir, en términos relativos, la fuente que produce valor: el trabajo vivo del hombre. Por eso en el capitalismo hay un fantasma que acecha permanentemente: la caída de la tasa media de ganancia. Es esa misma potencia arrolladora del desarrollo de las fuerzas productivas que en determinadas circunstancias conduce a crisis históricas y a un estancamiento de la vitalidad del sistema. Claro que Marx señala contratendencias a la caída de la tasa de ganancia: aumentar el grado de explotación de la fuerza de trabajo, disminuir el salario, abaratar los elementos del capital constante (maquinarias, etc.), sobrepoblación relativa, expansión del comercio exterior y el aumento capital accionario. No obstante, toda esta dinámica, aun cuando el capital logre expandir su esfera de acción, es sumamente tumultuosa y la crisis es más tarde o más temprano su resultado.

 

Los resultados

La apropiación de los beneficios del movimiento del capital es enteramente privada: la famosa revista Forbes registró 2.043 magnates (entre ellos Bill Gates o Warren Buffet) que en el mundo reunieron una riqueza de U$S 7,7 billones en 2016. Eso equivale ¡al doble de lo que produjo Alemania el año pasado! En el otro polo existe casi un tercio de la población mundial con problemas de alimentación aunque, según la FAO, “la producción agrícola mundial es ya más que suficiente para cubrir las necesidades dietéticas de toda la población”6. Gracias al desarrollo de las fuerzas productivas las condiciones materiales para que todo el mundo esté bien alimentado están dadas, pero eso no termina de suceder.

La organización capitalista de la producción tiene un carácter necesariamente social. Se desenvuelve permanentemente una división social de la producción donde cada productor privado independiente (cada empresa) se dedica a una molécula particular de la producción total. Lo cual requiere una enorme “coordinación”. Pero lejos de comprender una planificación consciente, esa “coordinación” tiene lugar a través de los mecanismos ciegos del mercado. El movimiento antitético, contradictorio, de la mercancía se despliega del ámbito de la producción a la circulación. Todas las empresas automotrices saben que el año pasado se produjeron 95 millones de vehículos e incluso cuántos absorbió cada país. No obstante, independientemente de coaliciones o cartelizaciones parciales, cada una de ellas está arrojando al mercado este año una producción que no tiene garantizada su venta7. La posibilidad efectiva de realizar la ganancia depende de lo que Marx llama el “salto mortal de la mercancía” (que se pueda concretar su venta). El valor para el sistema capitalista tiene una jerarquía prioritaria frente a las necesidades humanas.

Puede haber de un lado de la vidriera millones de compradores deseando vehículos que desde el otro lado “los llaman”, que la unión de ambos deseos no tiene lugar si los primeros no poseen en sus bolsillos el dinero para comprarlos. Ni que decir cuando esto sucede con los alimentos más básicos. Estas situaciones, cuando se generalizan, son sumamente críticas para el capital porque el plusvalor extraído gracias al tiempo de trabajo no pago al obrero en la producción no logra realizarse como ganancia en el ámbito de la circulación. La separación temporal de la producción y del consumo es fuente de fuertes desequilibrios cuando el “salto mortal de la mercancía” no tiene lugar. Y contradice una idea central de la economía clásica y la teoría económica “oficial” de la actualidad: la Ley de Say, que afirma que la oferta crea su propia demanda.

En el capitalismo el valor, que surge del trabajo humano, es naturalizado como una propiedad de las mercancías. La forma general del valor es el deslumbrante dinero8. El capitalismo pone en un altar al Dios dinero que todo lo compra. Es sintomático que el inusitado desarrollo financiero de las últimas décadas, que se emancipa hasta cierto punto de la producción de valores de uso, dio la idea de que el capital habría logrado un fantástico descubrimiento: una máquina de trabajo abstracto que produciría “valor”, que produciría “dinero”, sin producir valor de uso: ¡la superación del carácter bifacético del trabajo que produce mercancías!

Contra ese fetichismo donde valor, dinero y ganancia lo son todo, donde “las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas”9, Marx va a realizar una sugerente provocación contra el sistema capitalista, para superar la contradicción del mundo mercantil, para reunir los momentos de producción y consumo, es decir para orientar la producción directamente a la satisfacción de las necesidades sociales:

Imaginémonos finalmente, para variar, una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social. […] El producto todo de la asociación es un producto social10.

Ya no estará sujeto a la apropiación privada. Para lograrlo hay que expropiar a los explotadores y enterrar este sistema de miseria.

 

  1. Karl Marx, El Capital, Tomo I/Vol.1, México, Siglo XXI Editores, 1998, p. 51.
  2. Marx distingue entre el valor de las mercancías, determinado por tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, del valor de cambio, que es la expresión de ese valor en el ámbito del intercambio. Por ejemplo, si un escritorio se produce en 5 horas de trabajo y una silla en 1 hora, el valor será de 5 horas de trabajo para el primer bien y de 1 hora de trabajo para el segundo. No obstante, el valor de cambio será: 1 escritorio = 5 sillas desde el “punto de vista” del escritorio; o 1 silla = 1/5 de escritorio desde el “punto de vista” de las sillas. Esta relación de cambio es la única forma que tiene el valor de expresarse.
  3. Al referirse al tiempo de trabajo socialmente necesario, Marx resalta que lo importante no es el tiempo individual que a cada productor (o empresa) le lleva producir algo, sino que el valor de las mercancías se determina socialmente como promedio de todos los productores (o empresas) de una misma especie.
  4. Karl Marx, ob. cit., p. 56.
  5. David Harvey en El enigma del capital y las crisis del capitalismoseñala que es un problema que se reproduce en escala ampliada en la medida que el sistema logra expandirse (Madrid, Akal, 2012).
  6. “El futuro de la alimentación y la agricultura Tendencias y desafíos”, FAO, 2017.
  7. El toyotismo y el just in time en alguna medida buscaron reducir este peligro con stocks mínimos.
  8. Para Marx el dinero es una mercancía más que, destacada un proceso social como mercancía dineraria, adquiere un rol muy particular y poderoso en el capitalismo: actuar como equivalente general, como medida de todos los valores.
  9. Karl Marx, ob. cit., p. 89.
  10. Ibídem., p. 96.

Fuente

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