“Frida. Alas pa’ volar” – Vanesa Jalil y Hugo Montero

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“Las dos Fridas” (1939). Colección del Museo de Arte Moderno.

 

El 6 de julio de 1907 nace la artista mexicana que trascendió fronteras. La recordamos con un fragmento de la biografía de Vanesa Jalil y Hugo Montero publicada por Sudestada en 2016.

Apenas comparable con sus pinturas, no existe otro registro de mayor intimidad que sus diarios de anotaciones. Comenzó con el ejercicio de escribir y dibujar en aquellos cuadernos de tapa dura desde 1944 hasta el día de su muerte, como un nuevo recurso para conversar con la angustia y con la muerte, sus verdaderas interlocutoras en ese diálogo gris. Pero también era un espacio para persistir en la gimnasia del juego y la dispersión. Por esa razón, su diario carece de un objetivo concreto o de un orden previo: allí anota, por ejemplo, palabras sueltas, sin relación entre sí, porque le gustaba la sonoridad de su pronunciación (“mirasol, siniestros azules, amor amarillo, zumbido”), alternadas con declaraciones de fe política por el comunismo, la libertad o el propio Stalin (“¡Viva Diego! ¡Viva Stalin!”, anota); o también largos poemas desgarradores donde mezcla versos con ilustraciones y deja al desnudo la profundidad del dolor generado por la ausencia de Diego (el gran protagonista de la mayoría de sus páginas, por otra parte).
“Diego, estoy sola”, grita en una de sus páginas, pero nadie parece escucharla. “¿Por qué le llamo mi Diego? Nunca fue ni será mío. Es de él mismo”, se explica en voz alta. “Diego: nada comparable a tus manos ni nada igual al oro-verde de tus ojos. Mi cuerpo se llena de ti por días y días. Eres el espejo de la noche. La luz violeta del relámpago. La humedad de la tierra. El hueco de tus axilas es mi refugio. Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente-flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos”, anota primero. “Mi Diego: Espejo de la noche. Tus ojos, verdes dentro de mi carne, hondos entre nuestras manos. Todo tú en el espacio lleno de sonidos, en la sombra y en la luz. Tú te llamarás Auxócromo, el que capta el color. Yo, Cromóforo, la que da el color. Tú eres todas las combinaciones de números, la vida. Mi deseo es la línea, la forma, la sombra, el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células, que son mis astros y va a las tuyas, que son mi luz. Era sed de muchos años retenida en nuestro cuerpo. Palabras encadenadas que no pudimos decir sino en los labios del sueño. Todo lo rodeaba el milagro vegetal del paisaje de tu cuerpo. Sobre tu forma, a mi tacto respondieron las pestañas de las flores, los rumores de los ríos. Todas las frutas había en el jugo de tus labios, la sangre de la granada, el tramonto del mamey y la piña acrisolada. Te oprimí contra mi pecho y el prodigio de tu forma penetró en toda mi sangre por la yema de mis dedos. Olor a esencia de roble, a recuerdo de nogal, a verde aliento de fresno. Horizontes y paisajes, que recorrí con el beso. Un olvido de palabras formará el idioma exacto para entender las miradas de nuestros ojos cerrados. Estás presente, intangible y eres todo el universo que formo en el espacio de mi cuarto. Tu ausencia brota temblando en el ruido del reloj; en el pulso de la luz; respiras por el espejo. Desde ti hasta mis manos, recorro todo tu cuerpo, y estoy contigo un minuto y estoy conmigo un momento. Y mi sangre es el milagro que va en las venas del aire de mi corazón al tuyo”, apunta páginas adelante.
Carlos Fuentes se pregunta si el dolor puede compartirse… Está claro que Frida lo logra: lo transmite de un modo carnal, lo ofrenda en esas páginas en carne viva, sin filtros ni reparos literarios. “Yo soy la desintegración”, escribe ella, y abre la puerta a su propio dolor sin artificio, sin caer nunca en la autocompasión ni en el grotesco edulcorado: el dolor de Frida se nos hace real, lo sentimos cuando vemos sus pinturas o cuando avanzamos en la lectura de su diario. Pero a Frida le gusta confundir las cartas, por eso disfruta del humor y del juego, porque con ellos entra y sale de la habitación del dolor cuando quiere, y en ocasiones nos deja a nosotros encerrados en aquella pieza oscura y sin ventanas. No es complicado imaginar la risa burlona de Frida cuando esto sucede. Después de todo, no hay otra manera de atravesar la vida que no sea evitando tomársela en serio, que no sea jugando con ella.
Cuando dibuja también está jugando: a partir de apoyar su lapicera en la hoja, de esa gota de tinta que se expande, nace una mancha. Esa mancha es el impulso del dibujo, el primer escalón que va llevando a Frida (la mancha es la que determina el viaje de la mano, y no al revés) a diseñar una imagen, a veces figurativo y a veces abstracto: “¿Quién diría que las manchas viven y ayudan a vivir? Tinta, sangre, olor. No sé qué tinta usaría que quiere dejar su huella en tal forma. Respeto su instancia y haré cuanto pueda por huir de mi mundo… Mundos entintados, tierra libre y mía. Soles lejanos que me llaman, porque formo parte de su núcleo. Tonterías. ¿Qué haría sin el absurdo y lo fugaz?”, anotó sobre esos juegos. Máscaras imposibles, figuras incompletas, perfiles humanos y bestiales, como por ejemplo, el Ojosaurio, otra criatura parida en uno de esos ejercicios autómatas con la tinta y el papel: “Animal antiguo, que quedó muerto para encadenar las ciencias. Mira hacia arriba… y no tiene nombre. Le pondremos uno: el horrendo Ojosaurio!”, escribe y dibuja un monstruo que parece salido de la mitología azteca.
Varias páginas del diario han sido arrancadas. Quizá para evitar dejar huellas de amores clandestinos, o tal vez porque algunos de sus dibujos eran obsequiados a amigos y compañeros que pasaban por su vida y se llevaban un pedazo de su arte. Esa condición de registro incompleto potencia al diario como elemento para acercarse a los silencios de Frida, a los traumas que no dibuja o que no desea que sean divulgados. Esas páginas ausentes son otro gran misterio… Como lo son también algunos poemas esparcidos, sin destinatario evidente. ¿A quién están dedicados esos versos terribles, desgarradores, que florecen en su diario? ¿A Diego, una vez más? Tal vez a nadie. Tal vez a ella misma: “Tú lo entiendes todo. La unión definitiva. Sufres, gozas, amas, rabias, besas, ríes. Nacemos para lo mismo. Querer descubrir y amar lo descubierto, oculto. Con el dolor de siempre perderlo. Eres bello, tu belleza yo te la doy. Suave en tu enorme tristeza. Amargura simple. Arma contra todo lo que no te libera, rebelión contra todo lo que te encadena. Te amas, quiéreme como centro, yo como a ti. No lograré más que un recuerdo prodigioso de que pasaste por mi vida dejando joyas que no recogeré sino cuando te hayas ido. No hay distancia. Hay tiempo, óyeme acaríciame con lo que busques y con lo encontrado. Me voy a ti y a mí, como toda la canción mirada”.

Vanesa Jalil y Hugo Montero
Editorial Sudestada

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