La revolución bolchevique y nosotros – Massimo Modenesi

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“Los revolucionarios no puede prescindir ni de la insurrección –como hipótesis extraordinaria de antagonismo y de ruptura–, ni de la batalla hegemónica que se libra cotidianamente en las trincheras de la resistencia”

Massimo Modenesi, estudioso de Gramsci , profesor de la UNAM ( México)

A 100 años de la revolución bolchevique, muchas son las cuestiones que afloran del pasado e interrogan nuestro presente.

Una de ellas, posiblemente la que más inquietó a los revolucionarios del siglo XX y que sigue rondando entre nosotros, es la cuestión de la insurrección como acontecimiento revolucionario y como condición para el desencadenamiento de un proceso de transformación radical.

Antes del 17, el debate sobre las formas, sobre cómo se podía y debía realizar la ruptura revolucionaria, había sido muy abierto, incluyendo tanto el modelo insurreccional de la Comuna de París como las hipótesis reformistas y parlamentaristas que –implícita o explícitamente- circulaban en la socialdemocracia alemana, epicentro del debate marxista y del movimiento socialista de aquellos tiempos.

Desde principio del siglo XX, los vientos del este empujaban hacia formas disruptivas de la lucha de clase. En 1905, las huelgas de masas y los soviets rusos impresionaron a Rosa Luxemburgo y las corrientes más radicales de la socialdemocracia. Pero será hasta 1917 cuando el asalto al Palacio de Invierno en San Petersburgo, el triunfo de la revolución proletaria y la conquista del poder por parte de los bolcheviques encabezados por Lenin generaron un paradigma y un mito de alcance universal. “Hacer como en Rusia” se volvió la consigna de los comunistas en todo el mundo, a pesar de las especificidades de la situación rusa, de los rasgos de su formación económica capitalista, del impacto de la guerra en términos de debilitamiento del zarismo y de la consiguiente efervescencia y disponibilidad de las masas hacia un cambio radical.

Revolución volvía a ser sinónimo de insurrección triunfante, como la forma por excelencia para provocar y realizar la secuencia entre la caída de un régimen y la instauración de un nuevo orden. La destrucción del viejo orden como derrocamiento y la insurrección como ruptura, como acontecimiento destituyente, es decir que destituye a las clases dominantes y garantiza la profundidad del cambio. En el octubre rojo se produjo un vuelco en la correlación de fuerzas, un vuelco originado en una oportunidad de ruptura y en la capacidad de generarla y aprovecharla. En este intersticio de la historia, brilló el genio de Lenin y la política como arte estratégica -en la que solía insistir Daniel Bensaïd- se erigió en principio de acción revolucionaria, descolocando y recolocando el debate marxista entre acción y estructura, entre el peso de las condiciones objetivas y la posibilidad subjetiva de acelerar a la historia o subvertir su curso, según la perspectiva que se asuma.

Así que 100 años después, el octubre rojo planteó y sigue planteando el desafío de pensar la autonomía (relativa) de la política y, en particular, la insurrección de masas como punto de inflexión en la correlación de fuerzas. En tiempos en los que no estamos logrando acumular fuerzas suficientes para rebasar el umbral de la resistencia, difícilmente podemos prescindir de la hipótesis insurreccional, de un acontecimiento multitudinario de ruptura para pensar en la generación de escenarios emancipatorios. La irrupción de las masas en el escenario político e histórico, esporádica pero recurrente, como expresión condensada de la lucha de clases, como salto y como catarsis sigue siendo un recurso insubstituible.

Al mismo tiempo, el 17 también nos dejó como legado un fecundo debate marxista -que floreció a pesar de que cristalizaran los dogmas y se asentara el estalinismo- respecto de la relación entre masa y dirección en los procesos revolucionarios.

Antonio Gramsci, escribiendo desde la cárcel sobre su propia experiencia en el bienio rojo turinés de 19-20, pero aludiendo indirectamente a la revolución bolchevique, planteaba la cuestión de la combinación entre “espontaneidad” y “dirección consciente”:

“Esta dirección no era “abstracta”, no consistía en repetir mecánicamente fórmulas científicas o teóricas: no confundía la política, la acción real con la disquisición teórica; se aplicaba a hombres reales, formados en determinadas relaciones históricas, con determinados sentimientos, puntos de vista, fragmentos de concepción del mundo, etcétera, que resultaban de las combinaciones “espontáneas” de un determinado ambiente de producción material, con la “casual” aglomeración en éste de elementos sociales diversos. Este elemento de “espontaneidad” no fue olvidado y mucho menos despreciado: fue educado, fue orientado, fue purificado de todo aquello que siendo extraño podía contaminarlo, para hacerlo homogéneo, pero en forma viva, históricamente eficaz, con la teoría moderna. Se hablaba entre los mismos dirigentes de la “espontaneidad” del movimiento; era justo que se hablase de ella: esta afirmación era un estimulante, un energético, un elemento de unificación en profundidad, era más que nada la negación de que se tratase de algo arbitrario, aventurero, artificial [y no históricamente necesario]. Daba a la masa una conciencia “teorética”, de creadora de valores históricos e institucionales, de fundadora de Estados. Esta unidad de la “espontaneidad” y de la “dirección consciente”, o sea de la “disciplina”, es precisamente la acción política real de las clases subalternas, en cuanto política de masa y no simple aventura de grupos que pretenden representar a la masa”.

Pero Gramsci llevaba más lejos sus reflexiones y sostenía que la revolución no podía realizarse de forma voluntarista forzando actos y gestos insurreccionales sino que era necesario, en particular allá donde la hegemonía burguesa tenía raíces profundas en la sociedad civil, que la acompañase o precediese un proceso de acumulación de fuerzas, una guerra de posiciones y, parafraseando a Lenin, la capacidad de desarrollar un asedio antes del asalto. Partiendo de las enseñanzas leninistas y del octubre rojo sobre el papel del partido y la vanguardia y las tareas de organización, politización y movilización de las masas, Gramsci desarrolló la cuestión de la hegemonía, de la necesidad de cohesión ideológica de las clases subalternas y su capacidad de disputa y de irradiación en el terreno social y cultural.

De esta contribución se deprende que la alquimia revolucionaria no puede prescindir ni de la insurrección –como hipótesis extraordinaria de antagonismo y de ruptura–, ni de la batalla hegemónica que se libra cotidianamente en las trincheras de la resistencia y de la subalternidad.

Por toda esta carga teórica y práctica, a distancia de 100 años y a pesar de todas las ignominias que se cometieron en su nombre, la revolución del 17 sigue siendo “nuestra” revolución y nos plantea retos y lecciones de método.

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