Revolución Rusa. Julio 1917: Más que una demostración, menos que una revolución – Miguel Salas

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“Los que hacen la revolución a medias no hacen más que cavarse su propia tumba” (Louis Saint Just, revolucionario francés, 1767-1794) En Rusia la situación estaba llegando al límite. El gobierno de coalición no daba respuesta ni perspectivas para acabar con la guerra, la situación económica y de miseria de las masas era insoportable, no […]


“Los que hacen la revolución a medias no hacen más que cavarse su propia tumba”
(Louis Saint Just, revolucionario francés, 1767-1794)

En Rusia la situación estaba llegando al límite. El gobierno de coalición no daba respuesta ni perspectivas para acabar con la guerra, la situación económica y de miseria de las masas era insoportable, no se había hecho nada respecto a las grandes propiedades latifundistas, la rebelión campesina se iba extendiendo por todo el país y las naciones oprimidas por el zarismo empezaban a exigir sus derechos, especialmente Finlandia y Ucrania. Ningún proceso revolucionario es lineal. Ni hay un sendero recto hacia la victoria, ni lo hay hacia la derrota. Las revoluciones tampoco son simples expresiones espontáneas de la lucha entre las clases -lo cual no descarta que haya acciones que lo sean-, sino que tienen sus leyes, y los y las revolucionarias tienen el deber de estudiarlas, conocerlas y aprender a guiarse en esos momentos críticos de la conflictividad entre las clases sociales. En el mes de julio ocurrió lo que, con variantes, se produce en toda revolución: el momento en el que las masas intentan dar otro paso adelante y, sin embargo, no disponen todavía de la organización y conciencia necesaria, o no tienen la fuerza para lograrlo. En esos momentos de giro, de cambio brusco y enfrentamientos, es cuando más se necesita una organización política que pueda acompañar a las masas, vivir conjuntamente sus experiencias, incluso si son negativas, y organizar la retirada para que no se convierta en una desbandada; y, sobre todo, para poder sacar las lecciones que permitan preparar nuevas y decisivas batallas. En esas circunstancias es cuando una organización política, un partido, es puesto a prueba.

Las jornadas de julio

2 de julio: Los ministros burgueses (del partido kadete) abandonaron el gobierno después de conocerse la derrota de la ofensiva militar iniciada en junio (más de 56.000 soldados perdieron la vida entre el 18 de junio y el 6 de julio). Utilizaron como excusa las diferencias ante la crisis que había estallado sobre los derechos nacionales en Ucrania, pero la realidad es que querían presionar para que mencheviques y socialrevolucionarios tomaran medidas más exigentes contra el desarrollo de la revolución. En sus Memorias, el dirigente menchevique Sujánov escribió: “La ciudad tenía la sensación de hallarse en vísperas de una explosión”.

3 de julio: Demostración espontánea en Petrogrado. El periódico del soviet, Izvestia, relató así los hechos: “A las cinco de la tarde salieron armados a la calle el primer regimiento de ametralladoras, parte de los regimientos de Moscú, de Granaderos y de Pavl, a los cuales se unieron grupos de obreros… A las ocho, empezaron a afluir delante del palacio de Ksechinskaya (sede de los bolcheviques) fuerzas de los regimientos, armados y equipados, con banderas rojas y cartelones en los que se pedía la entrega del poder a los soviets. A las diez y media se dio un mitin en el patio del palacio de Táurida (sede del Comité ejecutivo del soviet). Una parte de los regimientos mandaron una delegación al Comité central ejecutivo, al cual formularon las siguientes demandas: separación de los diez ministros burgueses; todo el poder al soviet; suspensión de la ofensiva; confiscación de las imprentas de los periódicos burgueses; nacionalización de la tierra; control de la producción”. Para los bolcheviques la acción era prematura e intentaron que no se realizara, pero el descontento y presión de las masas la hizo inevitable. Durante la noche, tuvieron que cambiar de posición y acordaron que la manifestación fuera “pacífica y ordenada”. Kámenev (dirigente bolchevique) declaró: “Nosotros no hemos incitado a la acción; pero las masas populares se han lanzado a la calle por propia iniciativa […] Y puesto que las masas han salido, nuestro sitio está junto a ellas. Nuestra misión consiste ahora en dar al movimiento un carácter organizado”. El gobierno llamó a tropas del frente, cosacos y otros regimientos armados para que les defendiera y reprimiera a los manifestantes.

4 de julio: La huelga fue general en toda la ciudad. Unas 500.000 personas ocuparon el centro de la ciudad bajo el lema “Todo el poder a los soviets”. Son columnas organizadas protegidas por soldados armados. También participaron los marinos de Cronstadt, una isla que cierra el golfo de Petrogrado y que era un baluarte revolucionario. “Si se prescinde de los resultados políticos, hay que reconocer que era imposible contemplar sin embeleso aquel admirable movimiento de las masas populares”, escribió Sujánov. Querían presionar a los dirigentes de los soviets para que tomaran el poder, pero éstos se pronunciaron en contra e incluso acusaron a los manifestantes de “hacer el juego a la contrarrevolución”. Diversos relatos explicaron una anécdota muy significativa de la situación. Chernov, ministro de Agricultura y uno de los dirigentes mencheviques en el soviet, se encontró con un grupo de manifestantes, y un obrero, dirigiéndose a él, le dijo: “¡Toma el poder, hijo de perra, puesto que te lo dan!”. Pero los mencheviques y los socialrevolucionarios no lo hicieron. Siguieron manteniendo su alianza con la burguesía. Pequeños grupos de cosacos, antiguos policías y gente armada de la reacción, escondidos en edificios, dispararon a los manifestantes y se produjeron los primeros enfrentamientos armados. Hubo 29 muertos y 114 heridos, repartidos aproximadamente entre ambos bandos. Cuando ya por la noche las masas de soldados y obreros y obreras se retiraron a sus barrios, el centro de la ciudad empezó a ser ocupado por las tropas leales al gobierno.

5 de julio: Empieza a desencadenarse la represión. En la madrugada, un grupo de cosacos y militares asalta la redacción del periódico bolchevique Pravda (La verdad) y destruye todas sus instalaciones. Un periodicucho de extrema derecha publica un vil y fantasioso informe que acusa a Lenin de ser un agente a sueldo del gobierno alemán. La prensa de derechas se hace eco inmediatamente y magnifica el infundio. Por todo el país la calumnia se convierte en el método para debilitar y desprestigiar a los bolcheviques. El príncipe Lvov, que había presidido el gobierno provisional, declaró sobre los hechos: “Estoy convencido de que la “profunda brecha” que hemos logrado abrir en el frente de Lenin tiene un significado incomparablemente mayor que la brecha abierta por los alemanes en nuestro frente suroeste”. La contrarrevolución está a punto. Lamentablemente contó con la ayuda de los mencheviques y de los socialrevolucionarios.

6 de julio: Los obreros y obreras vuelven al trabajo. Se llevan a cabo detenciones indiscriminadas de militantes revolucionarios y se desarma a algunos de los regimientos que participaron en las manifestaciones. Lenin y Zinoviev tienen que pasar a la clandestinidad para evitar ser detenidos. En el balance de estos días, escribirá Trotsky: “Los obreros y soldados, al tropezar con la resistencia armada precisamente del órgano al cual querían dar el poder, quedaron desorientados con respecto al fin que perseguían. El potente movimiento de las masas se vio privado de su eje político. El ataque de julio quedó reducido a una manifestación realizada, en parte, con los recursos propios del levantamiento armado. Con el mismo derecho se puede decir que fue una semiinsurrección por un fin que no permitía otros métodos que la manifestación”. (Historia de la Revolución Rusa)

7 de julio: Se forma un gobierno transitorio encabezado por Kerenski. Los kadetes, el partido de la burguesía, han abandonado el gobierno, pero mencheviques y socialrevolucionarios siguen buscando un acuerdo con ellos.

8 de julio: Kornilov, uno de los jefes militares, da orden de que se dispare contra los soldados si se baten en retirada. Previamente había solicitado que se restableciera la pena de muerte.

12 de julio: El gobierno restablece la pena de muerte. En Helsinki, no solo se detiene a bolcheviques sino también a socialrevolucionarios de izquierda, cuyos compañeros están en el gobierno. Se prohíben las manifestaciones en la calle, pero ante la amenaza de la rebelión campesina, el gobierno decreta la limitación de la compraventa de tierras.

13 de julio: El gobierno prohíbe que todas las personas inculpadas participen en los comités ejecutivos de los soviets. En la práctica, esto significaba poner a los bolcheviques fuera de la ley. Se proscribe toda la prensa bolchevique.

19 de julio: Se nombra a Kornilov comandante en jefe del Ejército. Éste impone sus condiciones: devolución de la autoridad a los oficiales y restricción del poder de los comisarios (nombrados para vigilar a los oficiales zaristas); arresto y juicio sumarísimo a los agitadores en el frente; prohibición de las asambleas de soldados; censura de los diarios distribuidos entre las tropas; disolución de las unidades más revolucionarias y, posteriormente, la militarización de las fábricas y los ferrocarriles. Cinco semanas después Kornilov encabezará un golpe militar contra la revolución y contra el gobierno que le nombró. La burguesía se reorganiza, exige medidas contra los obreros y casi abiertamente empieza a preparar un golpe de Estado.

24-25 de julio: El comité ejecutivo de los soviets aprueba por 147 votos a favor, 46 en contra y 42 abstenciones la formación del nuevo gobierno. Nunca había habido tanta oposición. Formalmente la mayoría de los ministros eran socialistas moderados, pero la realidad es que estaban en manos de los burgueses y sus medidas políticas así lo confirmaban. Ese mismo día se detiene a Trotsky, Lunacharski y a otros dirigentes bolcheviques.

Las jornadas de julio representaron un pronunciado giro en el proceso revolucionario. Era la tercera crisis importante. En abril, las masas reaccionaron contra la continuación de la guerra; en junio, pidieron que los soviets tomaran el poder; en julio, la demostración armada volvió a exigir lo mismo. Lenin escribió: “Lo común a las tres es el descontento desbordante de las masas, su indignación contra la burguesía y su gobierno”.

Pero en julio, la burguesía logró imponerse a la clase trabajadora. Mediante la calumnia y la represión empezaron a mostrar sus verdaderas intenciones: había que domesticar o acabar con la revolución. Las jornadas de julio mostraron que las posiciones conciliadoras e intermedias, representativas de sectores de la pequeña burguesía, estaban perdiendo peso a pasos acelerados. En palabras del revolucionario francés Saint Just, se estaban cavando su propia tumba. La lucha política y las contradicciones de la revolución se orientaban hacia una dictadura militar de la burguesía o hacia la victoria de la clase trabajadora y los campesinos.

Las experiencias del mes de julio enseñaron a las masas que la toma del poder era un problema más complejo de lo que habían pensado. Habían presionado a los dirigentes, y éstos no solo habían hecho caso omiso, sino que les habían llamado contrarrevolucionarios. “Todas las esperanzas de un desarrollo pacífico de la revolución rusa -escribió Lenin- se han desvanecido para siempre.” Este hecho tuvo importantes repercusiones en el futuro. Hasta julio, la fuerza de la revolución y la debilidad de la burguesía habrían permitido un tránsito pacífico del poder a manos de la clase trabajadora, evitando con ello muchos sufrimientos y muchas pérdidas humanas y materiales. Este tránsito habría dificultado enormemente la capacidad de la burguesía y los militares para reorganizarse y declarar la posterior guerra civil que asoló el país y, finalmente, podría haber anticipado las negociaciones de paz con las potencias imperialistas. Es una reflexión que nunca se podrá comprobar, pero que vale la pena tener en cuenta a la hora de valorar que en un proceso revolucionario las políticas conciliadoras con los enemigos de clase suelen tener peores y más costosas consecuencias para las clases trabajadoras.

Algo se rompió definitivamente entre los obreros y los conciliadores. Los que eran sus dirigentes se habían enfrentado a la gente movilizada no solo con argumentos políticos sino con las armas, y les habían acusado de hacer el juego a la contrarrevolución, causando muertes y deteniendo a centenares de obreros y obreras. Las cosas ya no podían seguir igual. Sirva un hecho como ejemplo: el gobierno de coalición, encabezado por Kerenski y con la presencia de unos cuantos ministros, organizó con todo boato el entierro de los cosacos muertos en los enfrentamientos; los obreros fallecidos tuvieron que ser enterrados casi clandestinamente. La coalición ya no era un imaginario ni un punto intermedio (que nunca fue real), sino una apuesta por las fuerzas reaccionarias de la sociedad.

Espontaneidad y conciencia

La complejidad de las jornadas de julio podría expresarse de la siguiente manera: las masas presionaron, de una manera confusa, para que la revolución respondiera a sus exigencias; los conciliadores no querían tomar el poder y la burguesía no tenía fuerza para actuar por sí misma, ¿podían entonces los bolcheviques tomar el poder? Para organizar la calumnia y la represión contra ellos se difundió el bulo de que habían preparado la insurrección. Nada más cierto. Ellos mismos se vieron superados por los acontecimientos, en ese sentido se expresó la espontaneidad de las masas. La conciencia, lo que se le debe exigir a una organización política, la pusieron los bolcheviques. Trotsky lo explica así: “Si el partido bolchevique, obstinándose en apreciar de un modo doctrinario el movimiento de julio como “inoportuno”, hubiera vuelto la espalda a las masas, la semiinsurrección habría caído bajo la dirección dispersa e inorgánica de los anarquistas, de los aventureros que expresaban accidentalmente la indignación de las masas, y se hubiera desangrado en convulsiones estériles. Y, al contrario, si el partido […] hubiera renunciado a su apreciación de la situación y se hubiera deslizado hacia la senda de los combates decisivos, la insurrección hubiera tomado indudablemente un vuelo audaz, los obreros y soldados, bajo la dirección de los bolcheviques, se hubieran adueñado del poder para preparar luego, sin embargo, el hundimiento de la revolución. A diferencia de Febrero, la cuestión del poder en el terreno nacional no habría sido resuelta por la victoria en Petrogrado. La provincia no hubiera seguido a la capital”. (Historia de la Revolución Rusa)

En ese sentido, acontecimientos como los de julio, que en otras revoluciones significaron una derrota definitiva, no fueron decisivos en Rusia. Fue una derrota, desmoralizó a sectores obreros, pero el trabajo de conciencia y organización permitió defenderse y reorganizar las fuerzas y, sobre todo, prepararse para luchas futuras. “No hay que mirar hacia atrás, sino hacia delante -escribió Lenin- Hay que partir del hecho de que la contrarrevolución burguesa triunfó; que triunfó porque los mencheviques y socialrevolucionarios pactaron con ella, y que solo puede ser vencida por el proletariado revolucionario.” (Sobre las consignas) A finales de julio parecía imponerse la contrarrevolución, pero pronto se vería que era un espejismo.

“Si no se actúa viene la revolución”. Reunión de parlamentarios en Barcelona

Si una cosa ha identificado a las clases dirigentes del Estado español -residan en Madrid, Barcelona o Bilbao- a lo largo de la historia ha sido su cobardía, su supeditación a monarcas y militares y su miedo a la acción de las clases trabajadoras. En ninguna ocasión osaron dirigir a la nación para romper con el pasado, modernizar el país y elevar su nivel material y cultural, ni siquiera cuando las condiciones históricas se lo pusieron en bandeja. Una de esas ocasiones tuvo lugar durante el verano de 1917.

La Restauración borbónica de Alfonso XIII y el bipartidismo de la época estaban tocados de muerte. Desde febrero de 1917 las Cortes estaban suspendidas y se gobernaba mediante decretos. Las consecuencias de la guerra se hacían sentir en la vida cotidiana de la población, el coste de la vida se había incrementado y cundía una enorme conflictividad social (en 1916 se duplicó el número de huelgas en Barcelona; los obreros ganaron el 29% de los conflictos, frente al 18% del año anterior). En el mes de junio, la protesta de las Juntas Militares había obligado al gobierno a ceder a sus exigencias, agudizando aún más la crisis del régimen. Parecía como si las repercusiones de la revolución rusa amenazaran con llegar a España. “La gran mayoría de dirigentes dinásticos empezaban a estar asustados y contemplaban como una posibilidad real el estallido de una revolución social”, se lee en el libro Alfonso XIII y Cambó, de Borja de Riquer. En abril de 1917, Francesc Cambó escribe a Joan Ventosa (dirigentes de la Lliga Regionalista de Catalunya): “Alba (dirigente monárquico) está convencido de que, si no se actúa muy internamente, viene la revolución al llegar el hambre”.

Ante esta amenaza de crisis, la burguesía catalana, encabezada por Cambó, tomó la iniciativa. Sus objetivos eran: dar una respuesta al incipiente movimiento nacional catalán, exigiendo una amplia autonomía, y encontrar una salida a la crisis institucional de la Restauración borbónica. En términos de clase, “se ventilaba quiénes debían llevar la dirección política de la nación, si los latifundistas castellanos y andaluces, o los capitalistas catalanes, apoyados en los vascos, asturianos y valencianos” (La crisis española de 1917. Juan Antonio Lacomba).

El 5 de julio de 1917 se reunió en el Ayuntamiento de Barcelona prácticamente toda la representación parlamentaria catalana: 20 senadores y 39 diputados. Acordaron solicitar un régimen de amplia autonomía para Cataluña, un régimen autonómico para España y la apertura de las Cortes, y, en caso de que no hubiera respuesta, decidieron convocar una Asamblea extraoficial de senadores y diputados de toda España para el día 19.

La alarma estalló en el gobierno. El 7 de julio una nota oficial respondió amenazando con que “su realización constituiría un acto verdaderamente sedicioso, definido y castigado en diversos artículos del Código Penal”. Como ha ocurrido históricamente, las clases poseedoras del Estado español respondieron con amenazas y represión a problemas políticos. El gobierno lanzó una campaña para desacreditar la convocatoria y evitar su realización. Se suprimieron las garantías constitucionales, se estableció una estricta censura y se lanzó una campaña de desprestigio acusándoles de separatismo, movimiento revolucionario e incluso de maniobra aliadófila para que España entrara en la guerra. Nada de eso impidió la celebración de la asamblea.

El escritor Josep M. de Segarra escribió en sus Memorias: “Llegó el 19 de julio después de haberse creado en Barcelona uno de los climas públicos de más intensidad que yo haya conocido”. Los convocantes tenían que defenderse de los ataques gubernamentales, pero también expresaban un enorme temor a una posible intervención de las masas. Regionalistas, conservadores y republicanos publicaron una nota llamando a que se “evite toda manifestación pública que pueda dar lugar a conflictos y perturbaciones […] es indispensable que no se suspenda ni interrumpa el trabajo en fábricas y talleres; que no se formen grupos en las calles; que no se profieran ni secunden vivas, ni gritos de ninguna clase y, especialmente, que se dejen completamente libres y despejadas la plaza de San Jaime y calles afluentes”. La Lliga de Cambó envió una comunicación confidencial a sus cargos municipales: “Si saben que se ha producido una situación revolucionaria, cuiden inmediatamente de velar por la conservación del orden”.

A la Asamblea del día 19 acudieron 13 senadores y 55 diputados y 10 enviaron su adhesión (las dos cámaras españolas estaban conformadas por 769 parlamentarios). Que los presentes fueran una minoría no resta importancia política a la asamblea, ya que se trataba de un desacato y un enfrentamiento con el gobierno de la Monarquía. Políticamente estaban representadas la Lliga de Cambó (catalanistas), representantes del capitalismo asturiano (Melquíades Álvarez) republicanos de las clases medias (Giner de los Ríos, Lerroux) y Pablo Iglesias por el Partido Socialista. Acordaron insistir en la convocatoria de Cortes Constituyentes por un gobierno “neutral” y acordaron la formación de tres comisiones, una para estudiar la reforma constitucional y la autonomía municipal, otra para la defensa nacional y la enseñanza y una tercera sobre los problemas económicos y sociales. A pesar de los llamamientos a que no hubiera movilizaciones en la calle, la respuesta del pueblo barcelonés fue impresionante y la mayoría de las tiendas y comercios cerraron de 3 a 6, “como adhesión a la Asamblea de parlamentarios”.

Con la censura de prensa el gobierno de la Monarquía quiso restar importancia a la Asamblea, pero tuvo una gran repercusión política y social. Esta operación política no fue solo un intento de resolver la cuestión catalana, sino también de cambiar el régimen de la Restauración por parte de sectores burgueses. Para entendernos, un cambio controlado desde arriba sin que el pueblo interviniese, y esas operaciones cosméticas casi siempre suelen ser un fracaso. Más aún, cuando en noviembre el propio Cambó traicionó los acuerdos de la Asamblea y de la defensa de la autonomía para Catalunya para ser ministro de un gobierno de concentración monárquico. Él mismo lo expresó en un discurso en octubre de 1917: “La Asamblea […] era el único medio para evitar un estallido revolucionario”. Ahí acabó el intento de cambio burgués del régimen de la Restauración.

En junio, la oficialidad militar hizo tambalear el peso del Ejército en la vida nacional; en julio, los burgueses trataron de hacer sus propios cambios y en agosto la clase trabajadora organizó una huelga general. Los militares no quisieron saber nada de los burgueses y estos nos quisieron saber nada de los obreros, que a su vez tampoco fueron capaces de imponer sus reivindicaciones. Tales fracasos permitieron la supervivencia de una Monarquía mortalmente herida. De 1919 a 1923 se impuso el pistolerismo patronal contra la clase obrera en Catalunya. En 1923 Primo de Rivera dio un golpe de Estado. Hubo que esperar hasta 1931 para el triunfo de la República.

Miguel Salas , Sindicalista, es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso

 

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