La agenda autoritaria de Trump – Barry Sheppard

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La amenaza del Presidente Trump de desencadenar una guerra nuclear contra Correa del Norte no era un “exceso” trumpiano. James Mattis, el nuevo Secretario de Defensa, un general de marines jubilado, ha aportado muy claramente su apoyo a las declaraciones de Trump. Lo que la administración demanda, es que Corea del Norte congele su programa nuclear, incluyendo las pruebas de misiles.

Cuando el Secretario de Estado Rex Tillerson pone el acento en la diplomacia no contradice en nada la posición de Mattis y de Trump. Lo que Tillerson expresa a través de la “diplomacia”, es la misma exigencia de congelación de su programa por Corea del Norte a cambio de nada en absoluto por parte de los Estados Unidos.

Pyongyang no puede acceder a esta demanda, sabiendo que la aceptación de tal congelación constituiría un primer paso hacia la renuncia completa a su programa nuclear. Si esto se produjera, Trump invadiría el país, y pondría fin así a la Guerra de Corea derrocando al Norte. Esto amenazaría directamente a China.

La situación se ha vuelto muy peligrosa

Esta crisis sostiene la pretensión de Trump según la cual los Estados Unidos tendrían necesidad de un régimen autoritario dirigido por él mismo.

Para comprender mejor cómo se ha llegado a esta situación, es útil echar una mirada sobre la trayectoria de Trump.

Donald Trump ha sido presidente durante poco más de seis meses. Durante este período, además de señalar con el dedo sus mentiras, sus cambios abruptos de posición, sus comentarios racistas y sexistas, etc., los medios del establishment se han quejado de que no haya actuado de forma “presidencial” rechazando en particular dar satisfacción a las personalidades de ese establishment político no solo a los demócratas, sino, cada vez más, también a republicanos.

Se ha podido leer en una tribuna libre publicada en el New York Times: “En la Casa Blanca de Donald Trump, Reince Pribus y Sean Spicer eran más que secretario general y director de comunicación. Eran el vínculo del presidente con el establishment de Washington: donantes, representantes y apparatchiks de los dos partidos cuya influencia en la política y en la economía querrían que desaparecieran mucha gente que apoya a Trump”.

“Despidiendo a los señores Priebus y Spiecer…, el presidente Trump ha enviado un mensaje: tras haber intentado durante seis meses comportarse como un presidente republicano convencional, se acabó. Sus opositores no son ahora solo los demócratas, sino las élites de los dos partidos”.

Al comienzo de su mandato, Trump despidió al Director del FBI, James Comey, un republicano que cuando estaba en la administración Bush defendía el recurso a la tortura (incluso el waterboarding, el simulacro de ahogamiento) y otras medidas reaccionarias que Trump apoya. No ha sido despedido, por tanto, por sus posiciones políticas, sino por su deslealtad a Trump.

Durante la campaña de las elecciones presidenciales de 2016, J.B.Comey tomó la iniciativa, inhabitual para un director del FBI, de intervenir en la elección abriendo investigaciones públicas sobre los dos candidatos mainstream, Hilary Clinton y Donald Trump. Quería, aparentemente, estar en la posición de poder disponer de algún recurso contra el ganador, cualquiera que fuera, como lo había hecho antes que el célebre cazador de brujas y antiguo director del FBI J. Edgar Hoover [En 1924, J.B. Hoover tomó la dirección de un nuevo servicio del Ministerio de Justicia, en Washington: el Bureau of Investigation. El servicio tomaría en 1935 su nombre actual Federal Bureau of Investigation (FBI) que no ha dejado de desarrollarse desde entonces. Hoover estuvo a la cabeza de esta institución durante un período que cubriría el mandato de ocho presidentes, de Coodlidge a Nixon. Murió, aún en su puesto, en 1972].

Una semana antes de las elecciones, Comey había dicho públicamente que la investigación sobre Clinton estaba aún abierta. Tras las elecciones, Clinton sostuvo que había perdido a causa de los rusos y de Comey. Cuando Trump prestó juramento, Comey abandonó sus amenazas contra Clinton y continuó su investigación sobre la pretendida connivencia entre Trump y Rusia para influir en las elecciones americanas. Repentinamente, Clinton y los demócratas se pusieron a cantar alabanzas a Comey. En cuanto a Trump, este le dijo: “Está despedido” (según su expresión favorita, “you´re fired”, en su programa de telerrealidad titulado The Aprentice), por no haber abandonado la investigación.

Trump ha humillado recientemente a Jeff Sessions, su ministro de Justicia, por haberse retirado él mismo de la investigación -una deslealtad evidente. Desde entonces, Sessions pende de un hilo, haciendo lo mejor que puede para adelantarse a todos los deseos de Trump, poniendo en pie sus políticas sobre la inmigración o prometiendo meter en la cárcel a quienes filtren cualquier cosa sobre las maquinaciones secretas de Trump.

Cuando los republicanos han sido incapaces de suprimir el Obamacare a causa de sus batallas internas, Trump ha hecho de ello el reproche al Congreso (donde los Republicanos son mayoritarios). Y ahora, continúa demandándoles proseguir sin cesar sus tentativas de suprimir el Obamacare (un proyecto del que sabe que está muerto antes de nacer), de forma que pueda continuar humillándoles por su incapacidad para hacer el trabajo.

Con entre el 35% y el 40% de opiniones favorables, las tasas de aprobación de Trump son bajas en comparación con otros presidentes en este estadio de su mandatoPero las tasas de aprobación de Hilary Clinton son incluso más bajas y las del Congreso, de un dígito, el 9%, peor aún. El hecho de culpar a este Congreso disfuncional que no hace nada, no aumenta sin embargo su popularidad.

A pesar de todo esto, Trump realiza una fuga hacia adelante. Cuando tribunales de justicia han bloqueado sus prohibiciones radicales contra los musulmanes, su Agencia Federal de Policía en la fronteras de los Estados Unidos (ICE-Inmigration and Customs Enforcement) no deja de recurrir al derecho de veto para realizar casi todo lo que quiere. La ICE ha sido así más o menos conminada a implicarse en brutales deportaciones de latinos[1], apoyándose en las orientaciones más tranquilas, pero no menos masivas, de Obama, el “deportador en jefe” hasta la llegada de Trump.

Éste ha recurrido a executive orders (órdenes ejecutivas, una herramienta para reforzar al ejecutivo a costa del legislativo que ha sido construida poco a poco durante decenios) a fin de dar luz verde a los gigantes de las energías fósiles, cuando su Agencia sobre la protección del medio ambiente está siendo desmantelada bajo la dirección de un climato-escéptico.

Un proyecto que intenta suprimir el derecho de voto de ciertos electores en Estados controlados desde hace poco por los republicanos ha sido acelerado por los esfuerzos de Trump para “investigar” la forma en que “tres millones de trabajadores sin papeles” han podido votar el pasado noviembre, lo que “explica” su pérdida de voto popular.

Desde la guardería hasta la Highschool, toda la escuela pública ha sido sometida a los ataques tanto de los demócratas como de los republicanos, con recortes presupuestarios progresivos, ataques contra los sindicatos de enseñantes, etc. Quien está a la cabeza del Departamento de Educación, la multimillonaria Betsy DeVos, prosigue el ataque. Es muy conocida por sus tentativas de desviar a las escuelas privadas (religiosas en particular) los fondos asignados a las escuelas públicas.

El rechazo de Trump a comportarse “de forma presidencial” y a detener sus incesantes tweets que atacan a los medios, al establishment y a toda persona de su administración que no esté al 100% personalmente con él, deja estupefactas a muchas cabezas pensantes de los medios y progresistas. Algunos han expresado la esperanza de que quien iba a reemplazar a Priebus a la cabeza de su equipo en la Casa Blanca, el general John Kelly, iba a domar a Trump.

El general Kelly era anteriormente (ya con Trump) el jefe del Departamento de Seguridad Interior, quien supervisa al ICE y la acción desencadenada de la agencia no solo contra los latinos sin papeles sino también contra la comunidad latina en su conjunto. Este hecho debería bastar para calmar los ardores de los progresistas; pero es eterna la esperanza de quienes creen ingenuamente en un capitalismo progresista.

Es ridículo creer que a la vez que lleva al seno de la Casa Blanca la disciplina militar al equipo de consejeros que no trabajan más que por sus intereses y la obtención de favores, Kelly podrá también disciplinar a Trump. Todo movimiento por su parte que pueda ser percibido como una falta de lealtad hacia el Comandante en Jefe hará caer sobre su cabeza el famoso “you´re fired”.

Lo que Trump está haciendo no es ni loco ni estúpido por su parte, sino algo fríamente calculado. Cada tweet, cada acto es utilizado para consolidar su base ultra[2].

Trump, igual que Sanders, sabía que el 80% de la población que había visto cómo sus rentas se estancaban o caían desde 2005 (según el Financial Times) y cuya situación global había empeorado fuertemente desde el crak financiero, la gran recesión y sus consecuencias, estaba harta del establishment.

Sanders propuso entonces sus reformas pro-trabajadores mientras que Trump tomó el camino contrario. El Partido Demócrata hizo trizas a Sanders mientras que Trump hizo trizas al establishment republicano, una tarea a la que está de nuevo consagrándose con gusto.

La respuesta de Trump era recurrir al racismo blanco y hacer de los inmigrantes, extranjeros, negros y no blancos los responsables de los sufrimientos de los blancos que forman parte de ese 80%. Ha ganado para sí a los racistas más duros de todas las clases y éstos se le han vuelto inquebrantablemente leales. Este grupo es más pequeño que la mayoría de blancos que ha votado por él, pero es significativo y se cifra en 10 millones de personas aproximadamente. Esta gente ha sido vista en sus mítines, alegrándose cuando, por ejemplo, manifestantes negros han sido maltratados.

Este grupo aplaude y no está consternado por los ataques constantes de Trump contra los medios y el resto del establishment. Se ha dirigido a los trabajadores blancos y a los pequeños empresarios de forma demagógica, a través de su nacionalismo económico (America first) que encaja perfectamente con su nacionalismo blanco.

A pesar de, o más bien a causa de, su beligerancia contra el establishment, este llamamiento sigue fuerte entre quienes han votado por él. Aunque los sondeos deben ser tomados con pinzas, éstos indican que poco más o menos el 90% de quienes votaron por Trump dicen que lo volverían a hacer. Entre los republicanos sigue estando muy apoyado.

En el Congreso el establishment ha marcado una victoria sobre Trump. Fue el voto partido “de lado” para imponer nuevas sanciones contra Rusia, supuestamente por “injerencia” en las elecciones americanas. A Trump, que quiere mejores relaciones con Rusia, no le ha gustado esta ley. Una cláusula dice que no podía cambiar estas sanciones ni otras le ha molestado particularmente, puesto que esto constituye, en su opinión, una usurpación de sus poderes presidenciales contraria a la Constitución.

Alemania se opuso entonces con vehemencia a una parte de las sanciones propuestas, porque éstas habrían puesto fin a sus proyectos de transporte de gas natural de Rusia hacia Alemania. El órgano de dirección de la Unión Europea (controlado por Alemania) amenazó incluso con ejercer represalias en caso en que las sanciones tuvieran que ser aplicadas. La ley ha sido reescrita a fin de retirar de ella toda idea de sanción contra empresas americanas que hagan comercio con Rusia sobre temas de energía. Esto se extendía probablemente también a las compañías alemanas, o quizás Trump les ha dado seguridades en los pasillos. Cómo va Trump a aplicar estas sanciones, e incluso si lo va a hacer, no está claro en absoluto.

La firma de esta ley por Trump, ha irritado al gobierno ruso que le ha acusado de haber capitulado ignominiosamente ante el establishment y de ser débil.

En su campaña electoral, al lado de propuestas blancas y económicamente nacionalistas, Trump se presentó a sí mismo como un hombre fuerte que podría responder al desconcierto reinante en el establishment político. Los dos partidos están atravesados por contradicciones internas profundas y ninguno de los dos ha presentado propuestas realistas sobre la forma de responder a los sufrimientos ya mencionados del 80% de la gente. Trump, con sus “soluciones” demagógicas, ha prometido que podría aportarles soluciones y que solo había que confiar en él.Ha dicho que tomaría personalmente a su cargo el gobierno y que indicaría el camino para salir del “pantano” en el que el establishment había metido al país; en otros términos, una presidencia autoritaria dirigida por un hombre fuerte, con el apoyo de la democracia burguesa y de un Congreso domesticados.Tendrá que luchar aún antes de haber alcanzado su objetivo. Todas las investigaciones sobre las conexiones rusas y sus finanzas constituyen la mejor esperanza que tiene el actual establishment de detenerle.

Concentrándose ahora en el refuerzo de su base, Trump está preparando a sus tropas para batallas en toda la línea. No está aún más que en el primer año de su mandato, el comienzo de su deriva autoritaria.

Una parte de su trabajo de refuerzo de su base se hace cortejando a grupos del ala derecha en el exterior del Congreso. Se acaramela con Sean Hannity de Fox News y los dirigentes de grupos como el Heritage Fundy el Family Research Council, cuya cabeza, Tony Perkins [que ha sido miembro de la Cámara de Representantes de Luisiana; Perkins acusa a los homosexuales de estar en el origen de catástrofes naturales en la medida en que se trata de un castigo divino] estaba detrás de la reciente decisión de Trump de no autorizar ya a las personas transgénero a formar parte del ejército.

Trump y algunos miembros de su administración han sacado beneficio de estos seis primeros meses para solidificar el apoyo de estos grupos y de otros pertenecientes igualmente al movimiento conservador, “miembros sencillos del Tea Party, de los opositores al aborto, de los cristianos evangélicos y de otros votantes culturalmente tradicionales”, según las palabras de un artículo aparecido en el New York Times sobre el tema de la “forma calurosa” que tiene Trump de “estrechar el derecho”.

Trump ha dado un nuevo paso en la vía antiimmigrantes con su nueva política consistente en restringir legalmente la inmigración limitándola a los demandantes que hablen ya corrientemente el inglés, tengan diplomas escolares, tengan ya ofertas de empleo para trabajos muy bien pagados, etc.

Cuando Stephen Miller [antiguo responsable de la comunicación del entonces senador de Alabama Jeff Sessions], uno de los consejeros políticos de Trump, dió una conferencia de prensa en la que defendió las nuevas restricciones, un periodista señaló que eran injustas. Miller le atacó entonces, acusándole de haber revelado su “vertiente cosmopolita”. La palabra “cosmopolita” ha sido durante mucho tiempo una especie de palabra clave [en inglés dog-whistle] para querer decir “judío”, y es utilizada por el Alt-right [la derecha extrema americana], donde el antisemitismo tiene fuerza.

Otro grupo por el que Trump tiene debilidad es por la policía. En una reciente ceremonia de policía, ha animado a los maderos a vapulear a los sospechosos y no preocuparse demasiado por sus derechos, con gran alegría de las personas presentes. Los jefes de policía se distanciaron luego de sus declaraciones, pero no los líderes de las sociedades “benévolas” de policía.

Está dirigiéndose a los oficiales del Ejército y de la Marina nombrando a generales y almirantes para altos puestos en la administración. Ha dejado igualmente el campo libre a los generales para que decidan sobre la política militar en las guerras de Washington en Medio Oriente y otras partes. El apoyo de, al menos, una fracción importante de las fuerzas armadas sería necesario a Trump para realizar un real cambio profundo hacia el establecimiento de la presidencia autoritaria a la que aspira.

La mayor parte de los dirigentes de los grupos socialistas en los Estados Unidos no consideran como un peligro que Trump pueda establecer un régimen autoritario. En contraste con ellos, la activista y escritora Noami Klein, que está lejos de ser una marxista, es sensible a esta posibilidad. En una reciente entrevista en Democracy Now!, ha expresado su preocupación: en la hipótesis de un shock importante, como un ataque terrorista a escala de lo que se ha visto en Inglaterra o en Francia el año pasado, una crisis económica o un acontecimiento comparable, Trump podría declarar el estado de urgencia y esto podría desembocar en un régimen autoritario.

Una intensificación de la crisis en Corea podría ser uno de estos acontecimientos. No hay nada mejor que una amenaza de guerra para unir a la población alrededor de una bandera y de un líder.

Otro aspecto de la situación presente y futura del régimen Trump es la actitud de sectores decisivos de la clase dirigente capitalista. Es importante tener presente que al hablar del establishment, no nos referimos a las cúspides de la clase capitalista. Trump, él mismo multimillonario, no forma parte de ese Gotha, dominado por grandes familias de las clases dirigentes, con sus riquezas repartidas entre los miembros de la familia, y disimuladas, más o menos, en fundaciones [para disfrutar de exenciones fiscales] o dispersas en otras estructuras [como los fondos de inversión, los family trust fund-fiducie], etc. Pero no se opone a ellas y no las considera como miembros del establishment político, sino que les invita a apoyarle, y confirma esta opción nombrando a multimillonarios en su administración, así como a generales.

En el momento actual, a los grandes capitalistas les gusta lo que ven en esta administración, y esto se refleja en la subida de los índices bursátiles (que no están directamente relacionados con los factores económicos más fundamentales; movimientos a la baja pueden producirse como consecuencia de las tensiones geopolíticas no integradas en las expectativas de los “mercados”). Les gusta también la desreglamentación de Trump y de otros políticos favorables al llamado mundo de los negocios. Desean que se concreten más promesas, como un gran programa de infraestructuras [con una financiación favorable a sus intereses, además de los efectos multiplicadores de la inversión] y una contrarreforma fiscal que les convenga. Saben que el mayor escollo es de hecho el establishment político de Washington que no puede ponerse de acuerdo sobre la cuestión de saber si o cómo hacer todo esto.

Si los grandes capitalistas concluyen que Trump es un obstáculo para el futuro, van a cortarle las alas. O si sienten impaciencia frente a las dudas en Washington, podrían dar su apoyo a una presidencia autoritaria tipo Trump, o de la alguna otra figura, para asegurar la estabilidad. (Artículo enviado a la Redacción de A l´Encontre).

Traducido de la versión publicada en http://alencontre.org/ameriques/americnord/usa/lagenda-autoritaire-de-trump-peut-etre-exacerbe-par-la-crise-coreenne.html

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur


[1] “La administración Trump ha dado manga ancha a la policía de la inmigración para multiplicar las devoluciones a la frontera. Los arrestos afectan cada vez más a clandestinos sin pasado criminal” (Le Monde, 10/06/2017)

[2] Ya el 8 de julio de 2017, slate.com indicaba: “Cuando miembros de los Loyal White Knight del Klux Klux Klan se han reunido en Charlottesville para protestar contra la decisión de quitar de Justice Park la estatua del general confederado Robert Lee, han encontrado frente a ellos a más de 1 000 contramanifestantes que habían rodeado el parque de Charlotesville y gritaban consignas hostiles al grupo supremacista”. La retirada de la estatua es un asunto polémico en Charlottesville, recuerda el New York Times del 8 de julio. El consejo municipal ha aprobado (por pocos votos) su venta en abril, pero un mes más tarde, un juez ha pronunciado una sentencia impidiendo esta retirada por seis meses después de que varias personas denunciaran ante los tribunales a la ciudad. “Manifestantes dirigidos por Richard Spencer, un supremacista blanco conocido, se manifestaron ya en mayo para protestar contra el proyecto de la ciudad de retirar la estatua. M. Spencer ha colgado fotos y videos de la concentración que muestran a manifestantes con banderas confederadas y una banderola en la que está escrito “No seremos reemplazados””.

Aseguran que quieren proteger su herencia cultural, mientras que los contramanifestantes explican que es importante “enfrentarse al Klan porque ignorarles podría permitir que tales opiniones proliferaran”. Spencer anunció entonces, una nueva concentración de los partidarios del White Power para el 12 de agosto. Ahora bien, este sábado 12 de agosto, partidarios de la extrema derecha racista blanca se han enfrentado a contramanifestantes. Un coche se ha abalanzado sobre la multitud de opositores a esta derecha supremacista matando a una joven de 32 años e hiriendo a una veintena de personas. El asesino se llama James Alex Fields Jr., ¡y tiene 20 años! Trump ha condenado estas “violencias”, sin pronunciarse sobre la responsabilidad de “uno u otro campo”, o, más exactamente, difuminando bajo el término genérico de “violencia” la provocación de quienes se reclaman directamente de la política esclavista, simbolizada por el general Lee. (Posteriormente, el 14/08/2017, ha hecho una declaración más explícita de condena al KKK, los neonazis, supremacistas blancos etc. Volveremos sobre el tema ndt)

Marie-Cécile Naves, investigadora en el Instituto de relaciones internacionales y estratégicas, autora de Nouveau visage des droites américaines (Editions FYP, 172 p.) explica: “Donald Trump toma muchas precauciones para no criticar a la extrema derecha racista y nacionalista-supremacista puesto que había ayer [en Charlotteville] gente neonazi, del Ku Klux Klan, porque tiene necesidad de esta franja ultraminoritaria en la derecha americana. Es una parte de su electorado, es sobre todo una parte de sus apoyos”.

Este despertar de la extrema derecha, en sus diversas componentes, revela por una parte, el “sentimiento” de retroceso, de marginación demográfica creciente de estos “supremacistas blancos” e incluso, se podría decir, de la cultura anglosajona inicial y, de otra parte, la reacción rabiosa de esos “supremacistas” cuya expresión ha sido liberada por la campaña y la victoria de Trump. De otra parte, Trump en su declaración ha insistido en la necesidad del “orden y la ley, lo que no habían sabido hacer ni Bush ni Obama”. La posición de Trump, dada la presencia abierta de neonazis y de cruces gamadas, ha sido criticada por su hija Ivanka cuyos lazos con el establishment sionista son directos y se producen por mediación de su marido Jared Kushner. Ivanka Trump ha declarado: “No hay lugar en la sociedad para el racismo, la supremacía blanca y los neonazis. Debemos reunirnos todos como americanos y ser un país unido”. La unidad detrás del clan Trump, en el marco de la ley y del orden sigue… al orden del día (Redacción de A l´Encontre).

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