Lenin, ¿dadaísta? – Sergio Abraham Méndez Moissen

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Lenin no consideró que las vanguardias históricas fueran una cultura pequeño burguesa: es más, según el historiador Dominique Noguez, Lenin fue atraído por la curiosidad del dadaísmo.

Los líderes bolcheviques, durante su exilio en Zurich, Suiza, fueron registrados como participantes asiduos del Cabaret Voltaire dadaista entre 1916 y 1917. Lenin, junto a Karl Radek, Grigori Zinoviev y Nadezha Krúpskaya (estos últimos importantes dirigentes bolcheviques) rentaba un pequeño departamento en un barrio pobre, Spiegelgasse, junto al Cabaret Voltaire.
Según el irreverente historiador Dominique Noguez (2009), Tristan Tzara y Vladimir Illich Ulianov no sólo se cruzaron, sino que fueron amigos asiduos y hasta crearon juntos. Existe una famosa fotografía en la que se puede ver a Lenin y a Tristan Tzara jugando al ajedrez a las afueras del Cabaret Voltaire en Zurich.
No deja de ser un acontecimiento fascinante pues en estos tiempos, sólo un año después de la Conferencia de Zimmerwald (1915), los solitarios bolcheviques se reunían con los solitarios dadaístas. La conferencia de Zimmerwald reunió en septiembre de 1915 a un puñado de socialistas que se oponían a la Primera Guerra Mundial.
Con una diferencia de meses, en 1916, Hugo Ball, Tristan Tzara y Jean Arp junto a otros artistas decidieron abrir un primer Cabaret Internacional que agrupara a los artistas de vanguardia. Lo que unió a los bolcheviques a caminar en común hacia el abismo fue su oposición a la guerra mundial. Dadaístas y bolcheviques en el exilio rechazaban la primer gran carnicería imperialista.
En una reunión del grupo “Huelsenbeck comienza a aporrerar un cajón, Tzara y Lenin en una reunión celebra con su vozarrón el espectáculo: “¡Da! ¡da! ¡Da! ¡da!”. El público le acompaña a coro: “¡Da! ¡da!”, “¡Sí! ¡sí!” Sí a la vida. ¡Sí a la irrisión!” ¿Será que “dada” es un “si, si” en ruso?
Tzara y Lenin jugaban ajedrez y eran buenos amigos. Según Andrei Codrescu: “Ambos compartían un profundo sentido de las injusticias. Sin embargo, discrepaban en el enfoque de cómo enfrentar la situación. Por un lado, en Tzara imperaba el caos, la libido, la creatividad y el absurdo mientras que, en Lenin, prevalecía la energía de la razón, el orden, las estructuras sociales”.
Uno de los modos que hermanó a la vanguardia artística y política fue el uso del manifiesto, en el que se expresarían programáticamente sus posiciones: el contenido de la crítica al mundo moderno o a las reglas imperantes en el arte de su tiempo. El manifiesto se convirtió en el modo en el que vanguardia política y artística expresarían una toma de posición ante la tradición. La unión del dadaísmo con los dirigentes bolcheviques en el exilio, por lo menos en el Cabaret Voltaire, no es un caso fortuito.
Es conocido que algunos del grupo de dadaístas alemanes eran miembros del espartaquismo dirigido por Liebknecht y Luxemburgo. Es más, participaron de la Revuelta Espartaquista de 1918 duramente derrotada por la soldadesca de Gustave Noske. Según el historiador Gilbert Badia el dadaísmo alemán fue una ¨verdadera arma de la revolución espartaquista¨ completamente olvidada por los historiadores de los revolucionarios dirigidos por Luxemburgo (Badia, 2008).
Lenin divergía radicalmente a Stalin. Este último impuso la censura, el realismo socialista en el terreno de la cultura. Lenin, al contrario, advertía que no era posible una “cultura proletaria” y que se requería una liberación del campo artístico. Un dato lo confirma: Lenin en Zurich fue un visitante del Cabaret Voltaire del dadaísmo.

Los caminos que se bifurcan

Con la llegada de Stalin al poder la URSS, después del fin de la Guerra Civil, la derrota de la revolución en Alemania, la muerte de Lenin y el exilio de Trotsky se dio un retroceso en la afinidad electiva entre arte y revolución.
La burocratización de la revolución de 1917 trajo como consecuencia una bifurcación entre los ismos y los Partidos Comunistas con el triunfo del llamado realismo socialista.
Sólo hasta la intervención de León Trotsky junto a André Breton en El Manifiesto por un arte revolucionario independiente, los ismos volvieron a ser escuchados por el marxismo. Dicho documento, escrito en México, es una toma de posición discordante con los postulados de la época: los artistas no debían someterse a los dictados de ningún estado, debían de ejercer libremente, subversivamente su acción creativa, su tarea de romper las reglas de la civilización occidental y burguesa (en contradicción abierta con los postulados del realismo socialista). Y los socialistas debían tener conciencia de la imposibilidad de dictar ordenes a los artistas, pues la emancipación del arte no se sometía a las ordenes de la política.

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