Progresistas y desarrapados – Daniel Vilá

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Cierta concepción hipócrita, derivada de una formación ideológica liberal-positivista que no admite sino ligeros retoques a las estructuras económicas, sociales y culturales, se manifiesta crudamente en un odio visceral hacia el peronismo, que no apunta a sus limitaciones ideológicas, sino a su composición de clase.

En el proceso de descomposición de los sectores medios caracterizado por la asunción de valores correspondientes a los estratos superiores de la sociedad y la justificación de los planes de exclusión y empobrecimiento de las capas menos favorecidas, juega un rol fundamental cierta intelectualidad –que suele considerarse “progresista”- imbuida de la idea de que las instituciones vigentes son sagradas e inamovibles y no construcciones sociales que pueden y deben ser transformadas. De allí su apego al republicanismo vacío o la reivindicación de la “independencia de los poderes”, cuando es evidente la manipulación que sobre ellos ejercen los grupos económicos dominantes y las corporaciones mediáticas.

Esa concepción hipócrita, derivada de una formación ideológica liberal-positivista que no admite sino ligeros retoques a las estructuras económicas, sociales y culturales, se manifiesta crudamente en un odio visceral hacia el peronismo, que no apunta a sus limitaciones ideológicas, sino a su composición de clase. La impronta plebeya es lo que indigna, la transgresión a sus concepciones estéticas –esa fea costumbre de “la negrada” de vestirse con colores estridentes, hablar en voz alta, manejar un lenguaje limitado y grosero- es lo que está en juego. De allí las desmedidas reacciones de los Gargarella, Caparrós, Fernández Meijide, por solo nombrar algunos, ante la menor posibilidad de que el demonio populista vuelva por sus fueros.

En los prolegómenos de la Revolución Francesa, el club de los Jacobinos, integrado por intelectuales, miembros del clero, comerciantes, etcétera, discutía si era más conveniente promover una monarquía constitucional o exigir lisa y llanamente la destitución del rey, postura que finalmente impuso Robespierre. Pero el corazón de la revuelta fueron los sans-culottes (literalmente, sin calzones) un ejército popular de desarrapados integrado por las clases más bajas –artesanos, obreros y campesinos- que se distinguían por su arrojo en el combate y por vestir pantalones de paño a rayas y el gorro frigio que simbolizaba la libertad. Tenían otra mala costumbre: tuteaban a sus interlocutores, infringiendo el protocolo de los burgueses que imponía el trato de “señor”. Jacobinos y sans-culottes establecieron una efímera alianza victoriosa que culminó con la toma de la Bastilla. Pero no tenían el mismo objetivo estratégico.

Nuestra intelectualidad progresista y republicana puede, en determinadas circunstancias históricas, adherir a un jacobinismo descafeinado. Pero  jamás se aliaría con los sans-culottes para emprender una transformación radical de las estructuras económicas, políticas y culturales. Por eso su alianza vergonzante con quienes, teóricamente, deberían ser sus enemigos y los exabruptos gorilas con los que nos obsequian cotidianamente.

 

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