Una mirada sobre otra: el Gramsci que conoció Mariátegui

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Nuestra ponencia recorre el itinerario de José Carlos Mariátegui (1894-1930) en Italia, entre 1919 y 1922, y pretende dilucidar el impacto que la experiencia ordinovista tuvo en la formación del marxista peruano. Es el resultado de una residencia de investigación doctoral realizada en Italia, principalmente en el Centro Studi Piero Gobetti y los Istituto Gramsci de Roma y Turín. Exponemos los resultados del seguimiento pormenorizado que hicimos del recorrido y  las lecturas del Amauta durante su estadía italiana y analizamos los vínculos de esta experiencia con la praxis editorialista que ejecutó a su regreso al Perú. Pretendemos explicar cómo se produjo el acercamiento de Mariátegui al marxismo italiano y, en particular, al ordinovismo. A pesar de los valiosos esfuerzos historiográficos realizados, que permitieron precisar el alcance real del fugaz encuentro entre ambos los pensadores en Turín, hacia 1921, no se puede, a estas alturas hablar de relaciones entre Mariátegui y Gramsci sin dejar sentado un presupuesto: José Carlos Mariátegui nunca conoció el intelectual italiano que el mundo leyó después de la publicación de los Cuadernos de la Cárcel. Toda coincidencia teórica entre ambos “agonistas” es producto de una época compartida, un universo discursivo común, pero fundamentalmente de la praxis social que cada uno desenvolvió en su país. Como veremos enseguida, el Gramsci que conoció Mariátegui fue el director de la primera y segunda serie de L’Ordine Nuovo. No se puede hablar en términos de influencia de un corpus teórico a otro. Se trata, entonces, de una mirada sobre otra mirada: nosotros sobre Mariátegui, Mariátegui sobre Gramsci.

Es conocido que las campañas de agitación que promovió Mariátegui desde el diario peruano La Razón (1919) le valieron la salida forzosa de Perú y esta becaexilio se transformó en un intenso periplo en el viejo continente. Al llegar a las costas europeas inició un itinerario que comenzó en Francia y se extendió a otros países durante más de tres años. Estuardo Núñez recuerda que su arribo a París coincide con el auge de las llamadas “novelas de guerra”, y que pudo conocer al poco tiempo a Henri Barbusse (1873-1935), que publicaba su manifiesto anti bélico, El fuego.
Mientras duró su estadía europea todavía no hacía su aparición el surrealismo, pero pudo conocer otras expresiones de la vanguardia y tuvo acceso a las principales revistas políticas y artísticas de la época. El breve paso por Nueva York y la llegada a las capitales europeas le provocaron a Mariátegui una “ilimitada sensación de libertad”, que contrastaba con el agobiante clima limeño que había dejado atrás en 1919. Lejos parecían quedar los escándalos y las agresiones que había padecido, desde el asunto Rouskaya hasta el atentado de los militares2. En diciembre de 1919 se trasladó a Génova y recorrió Italia hasta junio de 1922, cuando emprendió el peregrinaje por otras ciudades europeas. Su estadía italiana ocupó la mayor parte de su viaje y conformó el principal “lente” por el que Mariátegui miraría la realidad europea de la época. En una carta a su amiga Bertha Molina, fechada el 6 de marzo de 1920, decía que toda su actividad en Roma se restringía a estudiar italiano y leer3. También significó una intensa etapa en su vida: se casó con Anna Chiappe, escribió artículos acerca de la realidad italiana, tomó contacto con el periodismo político, visitó ciudades que dejaron en él impresiones estéticas duraderas y asistió al Congreso Socialista de Livorno en 19214. Fuera de sus conocidas “Cartas de Italia”, enviadas a El Tiempo, existen pocos documentos disponibles del período 1919-1923. No se han encontrado muchos artículos que testimonien una intervención importante en los medios periodísticos italianos5. Por el contrario, dejó de escribir al ritmo que acostumbraba en sus años juveniles y dedicó la mayor parte del tiempo a seguir la realidad política, estudiar idiomas, leer literatura y profundizar sus conocimientos teóricos.
Mantuvo correspondencia asidua con su amiga, Ruth (Berta Molina), y con ella siguió vinculado a su país. Esas cartas eran para Mariátegui “un rayo de luz limeña”. Las leía con avidez y placer, porque siempre tuvo en vistas regresar a su país. Absorbió todas las experiencias de las ciudades europeas, pero mantuvo el perfil de estudiante extranjero, corresponsal peruano, observador panorámico, viajero itinerante.

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